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Ni religión verde ni agenda ecofrendly: por un conservacionismo responsable

El cuidado del planeta es uno de los pocos temas en el que sin dudas se puede tener una agenda común.

La dinámica de la globalización ya ha convencido a las nuevas generaciones de que lo que ocurre en una región nos afecta a todos, pero esta es precisamente la razón por la cual debemos primero llegar a un acuerdo: desde Maquiavelo hasta el presente es también cierto que abundan los relatos distorsionados y exagerados bajo los cuales se esconden ya sea los ideólogos del progresismo transformados en lobistas de la revolución cultural global que une a socialistas y a liberales, o bien los simples intereses del globalismo, que desde hace varios años nos impone una agenda desligada del bien común.

Reiteramos: es necesario un acuerdo. Hay que subrayar desde un principio que los episodios concretos en los que las variaciones del clima han ocasionado catástrofes naturales (incendios, sequías, heladas, huracanes, etc.) no pueden quedar en manos de quienes sólo están ocupados en confirmar sus preconceptos en lo que podríamos llamar la “religión verde”. No son ellos –ni las agendas ocultas que asignan a ciertas naciones la función de reservas naturales para asegurar a otras la continuidad de su desarrollo económico, industrial o minero-. En todo caso debemos asegurarnos primero de que la comunidad científica nos provea la cristalina evidencia de los datos y las conclusiones para que los líderes políticos, atentos a la realidad y no al lobby ideológico verde, orienten las decisiones comunes de toda la comunidad internacional hacia el ejercicio de un conservacionismo responsable y concreto, y evite aterrorizar a la población con conclusiones apresuradas no sólo respecto de las evidencias concretas sobre la influencia de la actividad humana en el clima, sino también sobre los remedios más adecuados para enfrentar el problema.

La comunidad científica, entonces, no debe gobernar al respecto –y no debemos dejar que el progresismo global gobernante nos imponga su agenda, muchas veces disparatada, por el mero hecho de que los datos reales sean preocupantes. Por eso subrayábamos la necesidad de un acuerdo previo sobre cuál es cabalmente el problema que enfrentamos. Afortunadamente ya hay ejemplos de este protagonismo de ciertos actores clave en la política internacional y de quienes buscan acuerdos en el campo de la diplomacia internacional con una base de sinceramiento respecto de los recursos y del fin que se persigue.

En nuestro país también podemos encontrar iniciativas muy positivas que desde el campo político intentan hacer frente al desafío conservacionista, sin intentos de instrumentalizar el cambio climático para llevar a cabo reformas en nuestras vidas a espaldas de las comunidades locales, sino apelando al sentido común. La legislatura de Misiones, por iniciativa de su presidente, Carlos Rovira, discutió la posibilidad de “empezar a contabilizar lo que sería nuestro activo ambiental”, vale decir, poner en consideración lo que una región del país de las características de Misiones ya está produciendo en cuanto a la emisión natural de oxígeno, así como a la retención de dióxido de carbono: dos elementos clave en el equilibrio atmosférico terrestre. La iniciativa, destinada a la manutención y preservación del patrimonio ambiental, que provee a través de un sistema de gestión global para determinado stock de activos ambientales, es una alternativa económica en franco crecimiento de cuya trazabilidad podría beneficiarse toda Iberoamérica, en los próximos años, si logra articular una estrategia regional basada en la incipiente experiencia misionera. Por otro lado la experiencia de la pandemia por el Covid-19 nos ha demostrado, a escala global, que efectivamente es la política la que acaba encontrando soluciones a los problemas, y no el revoleo de datos científicos o la imposición de reformas no consensuadas apelando al miedo de la población.

Una vez más: sólo el acuerdo basado en la defensa del bien común más preciado -nuestro entorno y nuestras culturas en su conjunto-, podrían transformarse en decisiones conjuntas. De otro modo cada cual seguirá imponiendo preconceptos que sólo calman la conciencia a corto plazo sin resolver el problema de fondo –como creer que el simple hecho de combatir los combustibles fósiles constituye la única solución al problema- o imponen agendas que empobrecen a las comunidades como si la prosperidad de éstas estuviera reñida con la salud y la limpieza del medio ambiente. En definitiva: debemos dejar de creer que el problema se resuelve con simples gestos de progresismo militante, como reducir el consumo, dejar de comer carne o reemplazar los combustibles fósiles por baterías eléctricas. La cuestión es más compleja y frente a ella no bastan los ejercicios de contrición de los fieles a la religión verde.

La lógica indica lo contrario: la mejor garantía que tenemos para cuidar nuestro planeta es precisamente la prosperidad de las comunidades lo que asegura un cuidado sistemático, interesado y consciente de cada lugar de nuestro planeta. No debemos dejar algo tan importante en manos de las ideologías impulsadas por la agenda de la izquierda liberal. La apuesta del conservacionismo a largo plazo, es decir, la acción conjunta de la comunidad global, debe partir de un acuerdo ciudadano que articule lo global con lo local.

Por Fernando León