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Metástasis del terror Por Fernando León

Mientras el terror se adueña nuevamente de las calles de una Manhattan que nunca pudo salir del trauma de sus torres gemelas, la deliberación regresa a los despachos en las principales democracias occidentales. El fenómeno no es nuevo, y desde los tiempos de ETA en España, el IRA en Irlanda y las Brigadas Rojas en Italia, la inteligencia militar ha tenido que imaginar las caras posibles del terror: garras desconocidas de un enemigo que ha abandonado el campo de batalla y utiliza a las poblaciones como escudos humanos.

El dilema de los estados plantea preguntas desconcertantes: ¿cómo proteger a la población de un terror que no duda en cargarse vidas inocentes o en utilizar niños para detonar bombas? ¿Cuánta libertad estamos dispuestos a perder en aras de la seguridad? Y lo peor: ¿cuántas víctimas estamos dispuestos a admitir con tal de asegurar la sobrevivencia de la mayoría?

El tiempo fue dando algunas lecciones. La crisis que mantuvo en vilo a la administración Carter durante 444 días, entre el 4 de noviembre de 1980 y el 20 de enero de 1981, cuando la revolución iraní tomó como rehenes a 66 funcionarios y ciudadanos estadounidenses en su embajada en Teherán dejó una enorme lección para los gobiernos del mundo libre: ante el terror no se puede retroceder, no se debe negociar, no es lícito transigir. Van por todo. El peor error, frente al terrorismo, es admitir que sus responsables sean nuestros interlocutores.

Los ciudadanos argentinos, asesinados ayer en Nueva York junto a otras tres personas, son otra prueba fatídica de que ante esta monstruosidad no estamos a salvo ni en Rosario ni en Londres ni en Nueva Delhi. La globalización, que ha hecho posible la prosperidad en lugares distantes como Sudáfrica, China, Brasil o la India, también ha desatado fuerzas que nos hacen repensar las respuestas que damos ante todas las formas de violencia, vengan de donde vengan: los dilemas que esto conlleva son serios y no serán resueltos en uno o dos debates.

Estado Islámico perdió en julio la ciudad más importante de su “califato”, Mosul, pero aún controla otras regiones y su mal sigue haciendo metástasis en las grandes ciudades occidentales. Dos sentimientos encontrados: por un lado, la necesidad de detener la violencia y el odio que trae consigo en nuestras sociedades. Por el otro, el desafío de comprender el fenómeno de Estado Islámico, de su afán, su ideología destructiva y sus intereses contrapuestos a todos y cada uno de los valores de Occidente.

En el rostro de esta foto que compartimos se cristaliza el orgullo asesino al que no le tiembla el pulso para acabar con nosotros, un mal que nos mira como a simples “cruzados cristianos” que deben ser sacrificados: cuando sea, donde sea y como sea. Admitir esta incompatibilidad entre el terrosismo islámico y nuestras sociedades es dar el primer paso para comprender la dimensión de nuestro problema.

¿Qué ocurrirá cuando alguna de estas células, en plena metástasis, salga a nuestro encuentro con armas más poderosas que un cuchillo, una bomba casera o una simple camioneta? Ellos no van a dudar. Y nosotros: ¿vamos a estar preparados para ese tipo de escenarios?

Por su parte, el Presidente Trump ha pedido la pena de muerte…

*Abogado -UBA-. Analista internacional, especialista en Asuntos públicos.

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