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Las nuevas tecnologías en la construcción de las futuras democracias Por Fernando León

No hace mucho tiempo atrás el voto electrónico era probablemente lo único que nos venía a la mente cuando se nos planteaba la relación entre democracia y tecnología. El desafío que imaginábamos para la democracia de nuestro siglo era aumentar la participación y el intercambio de los temas de interés para la opinión pública a través de los mensajes instantáneos y asegurarnos de que nuestra opinión no fuera falseada o hackeada mediante la utilización de esa misma tecnología.

Los acontecimientos más recientes de la política , aún vigentes porque aún generan preguntas entre los partícipes de la democracia (¿Se puede dar marcha atrás al Brexit? ¿La trama rusa logrará desalojar a Trump de la Casa Blanca? ¿Bélgica acogerá a Puigdemont como refugiado político? ¿El peronismo logrará rearmarse a tiempo para contrarrestar el ascenso de Cambiemos en 2019?) nos muestran hoy que la tecnología ha modificado por completo tanto a los dirigentes como a sus votantes, y esos cambios no están sucediendo tan sólo de manera veloz, sino en estado de permanente aceleración. No hay vuelta atrás.

Un par de ejemplos recientes. La influencia de las redes sociales ha cambiado el resultado de las elecciones en la mayor democracia del planeta: la empresa Facebook tendrá que responder algunas preguntas sobre la financiación rusa en la campaña con falsas noticias contra uno de sus candidatos. La pretensión de los independentistas catalanes por imponer un único relato de la realidad en su comunidad ha generado, desde el fallido referéndum del 1 de octubre pasado, una reacción de autodefensa por parte de esa mayoría silenciosa compuesta por aquellos catalanes que quieren permanecer en España, lo que a su vez ha conseguido modificar la posición dominante en la opinión pública internacional, inicialmente inclinada a defender sin reparos la causa secesionista.

Los ejemplos son innumerables, y no se agotan si nos alejamos de las sociedades más avanzadas. En nuestro propio país hubo polémica cuando, durante las PASO, se acusó al partido gobernante de ralentizar la carga de datos durante la noche del 13 de agosto, para que el impacto de la noticia de la leve derrota oficialista de entonces, en las urnas, no quedara plasmado en los diarios de papel, el lunes siguiente. Más allá de la veracidad de tales aseveraciones, cabe subrayar que tanto la lentitud en el recuento como la influencia de los medios tradicionales –que hoy cambian la portada de sus páginas oficiales minuto a minuto en sus ediciones digitales- ya son problemas inexistentes en otras democracias, y sin embargo los votantes argentinos accedieron a los resultados provisorios a través de la red y esa misma constelación de interpretaciones diversas, en el campo tecnológico, estuvo en sus manos para confirmar –o modificar- su voto en las elecciones de octubre.

La pregunta es reiterativa porque no está bien formulada: el “¿qué deberán hacer nuestras democracias para estar a la altura de los cambios tecnológicos?” se transforma sugestivamente en un “¿qué características tendrán nuestras democracias cuando el impacto de esas nuevas tecnologías haya modificado por completo sus mecanismos de participación actuales?”.

Estamos en el ojo de ese huracán que muchos consideran una nueva revolución tecnológica, y a diferencia de anteriores revoluciones, como la industrial, aquí no hay tiempo para esperar que la tormenta se detenga y nos conceda algo de tiempo para deliberar: hay que surfear, hic et nunc, sobre esos cambios, y evitar quedar bajo la superficie de los mismos.

Pero en rigor ni los más avezados pioneros en estas nuevas aguas digitales saben con exactitud qué tipo de líderes y qué clase de votantes van a ser protagonistas en las futuras democracias. Por el momento las hipótesis más sugestivas sobre la participación colectiva en las decisiones políticas –o su supresión bajo posibles imperativos tecnocráticos- quedan en manos de series futuristas como Black Mirror, cuya última temporada recomendamos especialmente.

Habrá que estar atentos: puede que ya hayamos votado a nuestros futuros candidatos. Puede que en este mismo momento alguien los esté diseñando en base a las huellas que nuestras opiniones y nuestros hábitos de consumo hayan dejado en nuestros dispositivos electrónicos.

Happy Halloween,
and stay tuned!

*Abogado -UBA-. Analista internacional, especialista en Asuntos públicos.

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