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El gran interlocutor de occidente en la nueva ingeniería global Por Fernando León

El discurso de Xi Jinping en la apertuda del Congreso del partido comunista chino que se extenderá durante toda esta semana, duró la friolera de 3 horas y 23 minutos, y lleva, como si lo anterior no fuese suficiente, el siguiente título: “Cómo asegurar una victoria decisiva en la construcción de una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos y luchar por el gran éxito del socialismo con características chinas para una nueva era”.

Pero no nos confundamos: salvo por la duración de sus discursos, su insistencia con el socialismo y el conservadurismo en la vestimenta de los miembros del partido, Xi Jinping está transformando por completo a la China de Mao Zedong, y podemos darle crédito cuando nos habla de una “nueva era”, aunque su anuncio sólo sea más de lo mismo. El líder chino logró atenuar las críticas hacia su régimen, cambió su mala imagen en cuanto al cuidado del medio ambiente, logró modernizar su economía, aceptó la presencia de empresas extranjeras en su territorio, se comprometió a defender el libre mercado y, last but not least, ha venido creciendo a un promedio del 7 por ciento anual.

¿La occidentalización china es completa? De ninguna manera. Su tolerancia cero contra la disidencia, su sistema político, el manejo de la situación con Taiwan –un territorio que China reclama para sí- y la intransigencia con las aspiraciones democráticas de la occidentalizada Hong-Kong nos impiden ser optimistas.

Pero este Congreso, que confirma el poder absoluto de Xi Jinping para los próximos cinco años, nos habla de un liderazgo que difícilmente veremos en Occidente, y nos anticipa un clima de estabilidad para ese 30 por ciento del PBI mundial que descansa en una antiquísima cultura con el arcaico rótulo de socialista pero con el pragmatismo que ninguna otra nación, a excepción de los Estados Unidos, puede hasta el momento igualar. Nos guste o no, el siglo XXI estará asociado a esta tierra que los occidentales miramos con una mezcla de admiración y desconfianza.

La gran pulseada del presidente chino con Donald Trump sigue su curso y por momentos los dos líderes parecen socios que juegan a ser rivales para ocultar la increíble interdependencia entre sus dos economías. Pero, como en el ajedrez, las blancas siempre son blancas y las negras son negras: podremos ver, a lo largo del siglo, una serie de varias temporadas en las que las dos superpotencias se disputarán la hegemonía mundial.

敬请关注!
Stay tuned!

*Abogado -UBA-. Analista internacional, especialista en Asuntos públicos.