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Actores no estatales para la integración regional: diplomacia ciudadana en América Latina

La historia de la integración ciudadana para una sociedad global puede remontarse a la Roma clásica, con sus caminos y sus acueductos, pero desde los años 90 del siglo pasado asistimos a una serie de hitos fundamentales para la construcción de una agenda global, cuando la globalización comenzó a consolidarse y los actores no estatales de los países empezaron a ser interlocutores permanentes en la construcción de una agenda común, que ya no volvió a limitarse a la tutela del Estado nación.

En la década que comienza ya no es una novedad que las organizaciones de la sociedad civil tengan una participación complementaria a los esfuerzos diplomáticos tradicionales: la diplomacia ciudadana forma parte de las negociaciones tanto en organismos multilaterales como en la agenda de política exterior de los países. Los actores no estatales ya participan en foros especiales de Naciones Unidas como la Cumbre de Desarrollo Sostenible de 2015, son convocados para debatir anualmente sobre el desempeño de la gestión pública de sus países en el Foro de Davos, y forman parte activa en la construcción de puentes que complementa la acción diplomática de las naciones.

Esa labor complementaria ha sido clave para la transformación de la diplomacia ciudadana en una herramienta crucial para unir lo local con lo global: en la medida en que la sociedad civil no reemplaza al Estado en el plano institucional, su participación ha ampliado la participación, ha sumado nuevos actores –y futuros líderes- al espectro de interlocutores que discuten los términos del proceso globalizador, y ha permitido que no sean ignoradas las demandas en temas fundamentales como seguridad, medio ambiente o salud. La diplomacia ciudadana ha creado relaciones menos rígidas y una comunicación más cercana a la multipolaridad en un contexto internacional mucho más complejo e interdependiente, en el que los estados son atravesados por fuerzas globales que exceden el control político tradicional.

La relevancia de esta participación más directa de los actores no estatales en la discusión global ya está presente en las redes de expertos, en la especialidad de cada campo en particular, que discuten de manera diaria aquellas cuestiones que requieren una comunicación diaria y regular entre las partes interesadas de cada tema a discutir. Permite el trabajo a largo plazo mediante proyectos de investigación transnacionales, subsidiados por los estados y las empresas multinacionales, que articulan lo global con lo local para armonizar las relaciones entre gobiernos municipales y nacionales, entre privados e instituciones y entre naciones y organismos multilaterales. Su tarea de lobby, monitoreo, trabajos de investigación y campañas a través de las nuevas plataformas de comunicación –redes sociales- constituye un modo pragmático de abordar la complejidad del proceso globalizador en la dinámica de las relaciones internacionales.

Previsiblemente, América Latina ha intentado construir estos puentes con mayor o menor fortuna desde la última década del siglo pasado. Los primeros diplomáticos ciudadanos llevaron su voz a las cancillerías a través de las organizaciones ya existentes de la sociedad civil y una incipiente vocación de diálogo permitió la construcción de puentes a través de experiencias como el MERCOSUR o la CELAC (aún vigentes), y una miríada de intentos –algunos muy vigorosos y otros fallidos- le dieron participación a esos nuevos actores en una región que necesita, más que ninguna otra en todo el planeta, mecanismos de coordinación para articular los intereses nacionales con los de toda la región y una estrategia común para lidiar con los desafíos de una globalización a velocidad exponencial, en la que las reglas de juego cambian de un año a otro y en la que los actores, estatales o privados, muchas veces suspenden largos períodos de cooperación abierta por necesidades de corto plazo que imponen barreras proteccionistas y postergan a mediano plazo ciertos aspectos de la dinámica de la globalización.

La influencia de los nuevos actores mediante la práctica activa y frecuente de la diplomacia ciudadana ya no es un simple gesto de buena voluntad, sino una herramienta fundamental para adaptar las relaciones internacionales de los países de la región a la complejidad de los nuevos tiempos. Hemos mencionado con frecuencia la revolución tecnológica que hoy mismo atravesamos, y cuya lógica ha sufrido una aceleración exponencial como efecto de la pandemia global. El mundo se dirige a una cooperación creciente entre actores internacionales (gobiernos, ONG, organismos internacionales, grupos de presión, activistas, etc.) que configuran alianzas –y ocasionales confrontaciones- para abordar problemas comunes y nuestra región no puede sustraerse a esa nueva lógica. Este es el camino que, desde Argentina, construyen las nuevas organizaciones no estatales, ONG’s, fundaciones y otros espacios de liderazgo natural abocados al ejercicio de la diplomacia ciudadana. Se trata de ir un paso más allá de la sana confrontación de ideas entre los ciudadanos de la región, para proponer nuevos abordajes, demandar nuevas soluciones y supervisar el cumplimiento de los acuerdos internacionales actualmente vigentes.

Por Fernando Léon