A seis meses de la entrada en vigor, muchos adolescentes ya volvieron a las plataformas; apuntan a posibles beneficios para la próxima generación.
A fines del año pasado, Australia se convirtió en el primer país del mundo en aplicar una prohibición a nivel nacional a los menores de 16 años para que no tengan cuentas en redes sociales.
Seis meses después, la mayoría de los indicios señalan que la ley fracasó en gran medida a la hora de mantener a los adolescentes fuera de las plataformas, en un comienzo decepcionante para una iniciativa observada con atención por familias y gobiernos de todo el mundo.
Pero algunos padres australianos sostienen que el verdadero efecto de la ley podría darse en la próxima cohorte de niños más pequeños que aún no estaban en las redes sociales y que podrían mantenerse alejados debido a la prohibición.
Tomemos el caso de Ethan, el hijo de 12 años de Naomi Parrish, quien recibió un teléfono inteligente para Navidad el mes en que entró en vigor la ley. Desde entonces, intentó convencer a su madre de que le permita ingresar a TikTok.
Varias veces al día, el teléfono de ella vibra con solicitudes de permiso para descargar la aplicación. Ethan rescató una vieja pizarra para escribir una lista de razones por las que debería permitírsele tenerla. Escribió dos cartas exponiendo su caso, las decoró con pegatinas y las dejó sobre la mesada de la cocina.

Naomi Parrish on su hijo Ethan, en los suburbios de SídneyADAM FERGUSON – NYTNS
Parrish se mantuvo firme en esta batalla de voluntades, rechazando sus súplicas día tras día, citando la ley de redes sociales del país. “Me da una razón por la que no puede tenerla, y eso es poderoso –explicó–. Le digo: ‘Es contra la ley, nos multarán’”.
Un comienzo difícil
La Comisión de Seguridad Electrónica de Australia, el organismo regulador encargado de hacer cumplir la ley, informó en marzo que siete de cada diez padres declararon que sus hijos todavía tenían una cuenta en uno de los servicios con restricción de edad. Otras encuestas reportaron hallazgos similares.
Los adolescentes describieron formas sencillas de eludir la norma: dibujarse un bigote en la cara para un escaneo de estimación de edad, crear una cuenta nueva con una fecha de nacimiento falsa o usar la cuenta de un padre o hermano mayor. Otros advirtieron que sus cuentas siguieron funcionando sin problemas.
“Los chicos se ríen de eso, ‘Qué broma, no nos quitaron nada’”, dijo Lauren Hillier, de 42 años, quien comentó que realmente esperaba con ansias que la ley entrara en vigor. Había esperado no tener que ser la única “madre malvada y desagradable” por ser estricta con el uso del teléfono de su hijo de 13 años y su hijastra de 15.
Su hijo todavía tiene acceso a Instagram y su hijastra permanece en Snapchat, reveló Hillier, y agregó: “No conozco a una sola persona que haya perdido una cuenta”.
Olivia Olsen, una adolescente de 15 años en Canberra, admitió que todavía tenía acceso a su cuenta de TikTok y que algunos amigos que fueron expulsados pudieron volver a entrar en la mayoría de las aplicaciones. “Siento que nada cambió”, sostuvo.

La Comisión de Seguridad Electrónica de Australia informó que siete de cada diez padres declararon que sus hijos todavía tenían una cuenta en uno de las plataformas con restricción de edadMATTHEW ABBOTT – NYTNS
No obstante, hasta ahora estas señales de falibilidad no disuadieron a otros países que planean introducir leyes en el mismo sentido. El mes pasado, el ministro de Seguridad en Línea de Gran Bretaña, Kanishka Narayan, viajó a Australia para aprender sobre la implementación de la ley mientras su país considera medidas similares para proteger a los niños.
Cambiar la norma
Gran parte de la atención mediática, académica y regulatoria sobre la eficacia de la ley se centró en los adolescentes de entre 13 y 16 años que ya usaban redes sociales y que debían ser apartados de ellas por la prohibición. (La mayoría de las plataformas ya tenían establecida una edad mínima de 13 años, rara vez aplicada, en sus acuerdos de usuario).
Pero los padres con hijos menores de 12 años que aún no estaban en aplicaciones de redes sociales apuntaron a que los verdaderos beneficiarios podrían ser la próxima generación, que entrará en su adolescencia con la prohibición ya vigente.
Bec Barton, madre de dos hijos en Quakers Hill, en el oeste de Sídney, dijo que conversaciones entre familias mientras acompañan las prácticas de fútbol o dejan a los niños en la escuela, se perciben como el comienzo de un cambio cultural: los padres están eligiendo colectivamente retener teléfonos inteligentes o cuentas de redes sociales a sus hijos, una medida que podría terminar reduciendo el atractivo para la próxima generación.
El hijo menor de Barton, que tiene 10 años y está en su cuarto año en la escuela primaria, ya siente que se está perdiendo algo porque la mayoría de sus amigos tienen Snapchat y otras aplicaciones de mensajería. Pero los niños más pequeños que él pueden enfrentar mejores probabilidades, con menos de ellos teniendo acceso a las redes sociales por defecto, consideró.
“Los niños van a crecer en un entorno donde ninguno de sus amigos tiene acceso –señaló Barton–. Ya no será la norma”.
El gobierno tiene la intención de hacer cumplir la prohibición, lo que pone la carga sobre las empresas tecnológicas. Se enfrentan a multas de hasta unos 34,8 millones de dólares (49,5 millones de dólares australianos). La Comisión de Seguridad Electrónica dijo que tiene investigaciones en curso sobre cinco de las diez plataformas cubiertas por la ley por incumplimiento –Facebook, Instagram, Snapchat, TikTok y YouTube– y decidiría acciones sobre ellas a mediados de año. Los padres no serán multados, a pesar de lo que Parrish argumentó frente a su hijo.
Dany Elachi, padre de cinco hijos de Sídney, fundó un grupo llamado Heads Up Alliance en 2022 para que los padres tuvieran fuerza en los números a la hora de resistirse a dar teléfonos inteligentes a sus hijos.

Los estudiantes revisan sus teléfonos mientras esperan el colectivo, en SidneyMATTHEW ABBOTT – NYTNS
La ley de Australia, si funcionara perfectamente, debería haber convertido a todo el país en una alianza, sentenció Elachi, cuyos hijos tienen entre 9 y 16 años. Comentó que los miembros de su grupo, compuesto mayoritariamente por familias con hijos en la escuela primaria, expresaron su decepción porque la ley no tuviera un efecto más inmediato. Aunque reconoció que siempre estuvo claro que el verdadero cambio tendría que ocurrir en los hogares individuales y que el gobierno necesitaría responsabilizar a las empresas tecnológicas.
“En última instancia, los padres se están dando cuenta de que esta es una pieza del rompecabezas para evitar que la próxima generación de niños caiga en la adicción –dijo–. Los padres todavía deben ser los guardianes”.
Fuerza en los números
Carol Greive, madre de un hijo de 12 años, Jimmy, afirmó que intentó construir relaciones con familias que comparten sus preocupaciones sobre las redes sociales y fomentar sus intereses en actividades que no involucren pantallas.
En su vivienda en Newcastle, al norte de Sídney, también dejó libros de autoayuda por la casa, incluidos “Cómo decirle que no a tu teléfono” y “Criando humanos tecnológicamente saludables”. Y presentó un incentivo financiero: prometió a Jimmy que si logra abstenerse de las redes sociales hasta su cumpleaños número 18 obtendrá 2000 dólares australianos, unos 1400 dólares.
En una tarde reciente, camino a andar en bicicleta, Jimmy y su amigo Rocco Morgan, de 13 años, charlaron sobre cómo la mayoría de los otros chicos con los que suelen salir están en YouTube, donde publican clips editados de forma elegante.
Aunque a Jimmy no le interesa mucho estar en las redes sociales –“TikTok es lo peor”, murmura–, sus amigos le dicen constantemente que debería tener cuenta en YouTube. “No creo que sea genial, pero algunas personas piensan que uno no es genial porque no está en las redes”, detalló.
Para Ethan, el hijo de Parrish, el atractivo de TikTok es más fuerte en la espera diaria de 35 minutos para el autobús después de la escuela. Los aproximadamente 150 estudiantes de secundaria miran mayormente sus teléfonos y “no hay nadie con quien hablar”, describió.
Parrish expresó que aspira a mantenerse firme durante otros tres años y medio hasta su cumpleaños número 16, y espera que la ley signifique que más padres estén del mismo lado.
Si no hubiera sido por la prohibición, destacó, podría haber cedido y permitirle entrar en Instagram, donde parece haber contenido de fútbol útil de entrenadores. Pero la ley le dio la confianza en que sus instintos son correctos. En cambio, él puede entretenerse durante horas martillando clavos, hacia su sueño de convertirse en carpintero.
“Sigue siendo un no –le respondió Parrish en una tarde reciente al pedido que pareció ser el millonésimo–. No voy a ceder”.
Por Victoria Kim-LN

