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Argentina se sube a la final y nosotros con ella

No nos dejes. Queda poco, muy poco. Llevanos con vos en este sueño eterno, contagioso. Ahora que la gente se ha puesto a comprar alegría. Esa alegría que estrangula el aire y lo hace felizmente respirable. Esa alegría honda, profunda, penetrante, que se mete en las entrañas y te atraviesa la mirada. Ese alborozo contagioso que baila en las aceras anestesiando la madrugada. Demasiada farra, demasiada “joda”, demasiado de todo. Necesitábamos de esos abrazos de piel, de huesos, de sonrisas. Esa necesidad de “huir”, de “desaparecer”, de fluir detrás de este sueño luminoso, ilusionante, con una Argentina que alcanza la final y nos sube a hombros de una esperanza colectiva, de pueblo amable, contento, festivo.

El fútbol tiene una verdad de la que carece el arte: no hay falsos prestigios. Pero ese prestigio también hay que creérselo, y Argentina hoy se lo creyó. Una victoria contundente, compacta, sólida, con esa elegante interpretación de un fútbol ofensivo sostenido en la belleza de los gestos humildes: la posesión del balón, un amague, un quiebre, una gambeta. Esa dialéctica del asombro que a uno lo mantiene vivo, lo hechiza y lo cautiva. De ahí la importancia de esta victoria. 

Ante Croacia la Selección se alejó del dolor y ganó con convicción, con carácter, con personalidad. Con ese fútbol encarnado en la belleza desatada de un Messi mágico, sublime, acompañado de un Álvarez imparable, con esa raza de goleador asesino. Argentina se sube a la final y nosotros con ella. Hoy volvemos a “ser”, a “estar, a “sentir”. La alegría reclama sus ceremonias: para que te abracen , para que te rodeen, para que te sostengan. Necesitamos liturgias para llorar juntos, para celebrar lo vivido, para extraviarse, palpitar, dejarse llevar, y bailar pegados hasta el amanecer bajo un cielo de halógenos .

No nos dejes ahora. Queda poco, muy poco. Llevanos contigo, de la mano, bajo ese sol sosegado de los humildes, con este fútbol de colores, de vida honda, de risas y alegrías, y de una lágrima, solo una, que se desliza en la primavera cálida sobre este sueño eterno, infinito.

Por José Luis Lanao-Ex jugador de Vélez, clubes de España, y campeón del Mundo Tokio 1979.