El temor es una inminencia.
La de una emoción básica de los seres vivos. Es algo natural que genera el instinto de supervivencia. Algo provocado por la sospecha de la cercanía de un peligro.
De un peligro o de un daño, si el temor es muy fuerte.
Yo tengo miedo.
Sí, tengo.
Ayer tuve una tarde de esas que no se empardan.
De esas en que el destino parece ensañarse con los viejos héroes.
En Atlanta, bajo un cielo ajeno a las pasiones rioplatenses, Argentina se caía a cachos. Dos a cero abajo contra Egipto. La tribuna era un cementerio de ilusiones mudas y el aire pesaba como un tango mal cantado.
O mal parido, no sé.
Para colmo, cuando el fútbol ofrece una hendija de esperanza, llegó el penal. Messi se paró frente a la pelota con la carga de todos sus inviernos sobre los hombros. Pateó (predecible, me parece), y el arquero egipcio se lo negó con eficacia.
El abismo estaba ahí, a la vuelta de un tremendo descuido. O dos.
En las redacciones de los diarios del mundo se afilaban las trituradoras digitales de héroes.
Luego, debieron rectificar la masacre mediática y escribirían cosas como: Messi es faraónico, es un dios que resucita o un héroe de la puta madre. Los medios ávidos de sangre divina fueron vencidos por la grandeza de la hazaña deportiva.
Messi demostró (hasta el hartazgo) que los tipos que juegan al fútbol con el corazón remendado no se mueren así nomás. Tienen que dar una última batalla, aunque sea para cumplir con la milonga.
Messi levantó la cabeza. Tenía los ojos húmedos, acaso por las "Lágrimas en Atlanta" que después retratarían los diarios de Portugal, pero la voluntad intacta. Se calzó el traje de náufrago y decidió que no nos íbamos a ahogar tan cerca de la orilla. Primero inventó un pase de esos que solo ven los que hablan con los dioses, una asistencia quirúrgica para acortar la distancia. Y después, cuando las papas quemaban y el reloj era un enemigo implacable, mandó a guardar el gol del empate. El estadio estalló en un grito sagrado, un estruendo que cruzó el océano y llegó hasta Italia, donde la Gazzetta preparaba el molde para su "Éxtasis Messi" y el Corriere inventaba el apodo definitivo: "MaraLeo". Oh my God, claro que sí.
El golpe final lo dio Enzo Fernández, sellando el tres a dos que completaba la locura. Una remontada de esas que solo se cuentan en los boliches de mala muerte, entre vasos de vino y humo de cigarrillo, cuando la noche ya no tiene arreglo.
Al día siguiente, el mundo amaneció de rodillas ante el milagro. En París, los franceses de L’Équipe —siempre tan difíciles— se rindieron con un título de novela: “Los Milagros del Nilo”. En Madrid, AS apeló a la supervivencia pura con un escueto “Viven”, mientras en Barcelona hablaban del “Faraón Messi”. Al viejo líder, errático y glorioso, herido en su orgullo por el penal, pero gigante en su mística, le bastaron un puñado de minutos para volver a ser el centro del universo.
En definitiva, la clasificación a cuartos de final nos dejó el pecho caliente y las redes sociales desbordadas de romanticismo futbolero. Argentina volvía a sonreír con los ojos empañados. Habíamos estado en el infierno por un rato fulero, pero con el viejo capitán al frente, todavía nos quedaba una cartita más en la manga.
Pero bueno, ¡basta, campeón, terminala! dejá de subir la vara, Leo ¡Retirate, jubílate, ándate!
¡Basta, Messi!
¿Qué haremos sin esa genialidad, ese talento y esa hidalguía?
Tengo miedo, Leo.
Miedo de que el fútbol deje de gustarme cuando ya no estés.
¡Salí de ahí, Maravilla!
Por Alejandro Javier Panizzi

