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¿Por qué la gente vota contra sus propios intereses? (tercera parte)

Cómo se construye y se altera la identidad

Llamémoslos Juana y Pedro. Viven en la Baixada Fluminense, al fondo de un pasaje donde el asfalto se acaba antes que los vecinos. En la sala hay una Virgen con el manto descascarado, un rosario colgado de la repisa y una foto de Lula con la gorra del sindicato. Ella votó siempre al PT, como su madre rezó siempre el rosario.

Su nieto tiene veinte años y los mismos ojos. En el pecho lleva la remera de una iglesia evangélica. A la noche enciende un noticiero donde cada diez minutos aparece la palabra "corrupción". En octubre votó a un capitán retirado que prometía mano dura. Juana le preguntó por qué. Él contestó con una calma que a ella le dio miedo: "Abuela, no voté contra el PT. Voté para defender quien soy."

Misma sangre. Otra identidad. ¿Qué pasó en el medio?

Durante cinco siglos, la Iglesia católica fue en América Latina algo más que una religión: fue el sistema operativo. Bautizaba, casaba, enterraba. Y ofrecía cinco cosas que ninguna otra institución ofreció con tanta eficacia: comunidad, culpa, redención, jerarquía y destino. Sabías con quién pertenecías a la misma comunidad, de qué eras culpable, cómo te salvabas, quién mandaba y adónde ibas de acuerdo a tu conducta.

Ese sistema se apaga. El Pew Research Center midió en 2014 el derrumbe en dieciocho países: en 1970 más del noventa por ciento de los latinoamericanos eran católicos; hoy lo es el 69. Los protestantes pasaron del 4 al 19. En Brasil, el 61 por ciento se declara católico y el 26 protestante. En Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, la mitad o menos. Y dos de cada tres protestantes de la región se definen como pentecostales.

Quien deja de ser católico casi nunca se vuelve ateo. Se vuelve huérfano: pierde el relato antes que la fe. La mayoría de los que se fueron de la iglesia católica no se quedaron sin religión; se pasaron a otra. Ahí entra el neopentecostalismo, que no ocupa solo la fe. Ocupa la identidad completa: cómo se viste el domingo, cómo se habla, qué música se escucha, cómo se cría a los hijos, a quién se le da el diezmo y a quién se vota.

El catolicismo heredado era blando, parroquial, de una hora por semana. Esto es total, de lunes a lunes. La iglesia ofrece un templo abierto a cualquier hora de la desesperación, un grupo de WhatsApp que contesta a las dos de la mañana, una teología de la prosperidad que convierte el dinero en señal de gracia.

Y ofrece, sobre todo, un jefe. El pastor es consejero, empresario, a veces dueño de un canal y cada vez más candidato. Reemplaza al cura, pero también al puntero, al delegado sindical, al caudillo de la cuadra. Es el líder político-tribal que el siglo veinte había repartido entre varios.

Es la primera gran obra de reingeniería identitaria del siglo XXI en la región. Y se levantó a la vista de todos, con templos de ladrillos pagados por la CIA, mientras mirábamos para otro lado.

Si la religión provee el relato, el medio provee el enemigo. Un noticiero no necesita cambiarte la opinión sobre el precio del gas. Le alcanza con cambiar contra quién despotricar por el precio del gas. No se trata de informar, se trata de construir el anti-yo: ese espejo oscuro frente al cual tu identidad se vuelve nítida.

La técnica tiene tres piezas. La primera es el lawfare mediático: la causa judicial como espectáculo, la filtración como guion, el titular como sentencia mucho antes del fallo. La segunda es la repetición: la misma palabra, la misma foto, el mismo gesto, hasta que deja de ser una afirmación y pasa a ser certeza absoluta. La tercera, la más eficaz, es el asco moral. El rival no está equivocado: está podrido. Es corrupto, sucio, enfermo, diabólico, comunista, un zurdo que viene por tus hijos. Contra un error se discute. Contra un demonio no se discute: se lo exorciza.

Y ahí se cierra la trampa. Cuando el otro es un demonio, votar contra tus intereses materiales para que no gane se vuelve un acto de pureza. No perdés: te limpiás.

Brasil es el caso de laboratorio. Desde 2014, la Operación Lava Jato edificó la figura del "petista ladrón". En 2016, el fiscal Deltan Dallagnol presentó a Lula en una conferencia de prensa con una diapositiva de PowerPoint que lo ubicaba en el centro de una red de corrupción: más relato que derecho penal. Lula pasó 580 días preso y quedó fuera de la elección de 2018. En 2019, The Intercept Brasil publicó los mensajes entre el juez Sergio Moro y los fiscales; en 2021, el Supremo Tribunal Federal anuló las condenas y declaró parcial al juez. Para entonces, el relato ya había hecho su trabajo. Y su liberación para quienes siguen creyéndole culpable se convierte en sesgo de confirmación sobre la corrupción de un sistema que libera a quien se cree culpable de hechos que jamás ocurrieron.

Con otros matices, el libreto se repite: el "kirchnerista planero" en Argentina, el "chavista" que sirve de etiqueta para cualquier adversario en Colombia, el "castrochavista" que le rindió a Bolsonaro, a Duque y a Kast. Un adjetivo hace de sentencia. Funciona porque no pide pruebas: pide lealtad absoluta y fe ciega.

El medio no te cambia la opinión. Te cambia quién sentís que sos cuando estás cerca de su mensaje.

Falta la tercera fábrica. Durante décadas, las telenovelas enseñaron que la pobreza era un trámite: la sirvienta se casaba con el patrón hacia el capítulo ciento veinte. Hoy el mismo guion circula con otros formatos. El influencer que exhibe el auto alquilado. El coach de la libertad financiera. El algoritmo de TikTok que ordena a millones de pibes detrás de la misma fantasía de mañana. La narco-cultura, con sus corridos y su trap de patrón, que dignifica al que sube económicamente rápido y sin pedir permiso. Y por encima de todo, la cultura del emprendimiento: el relato que convierte el desempleo en espíritu empresarial y la precariedad en oportunidad.

El resultado es una mutación de clase. El pobre ya no se percibe como pobre ni como trabajador. Se percibe como millonario en potencia, como emprendedor que todavía no despegó, como futuro patrón, como clase media asediada por los impuestos que les cobran a los agroexportadores. El IBGE cuenta en Brasil más de 25 millones de trabajadores por cuenta propia y casi cuatro de cada diez ocupados en la informalidad; muchos se llaman a sí mismos, con orgullo, emprendedores. Lo que les falta no es capital, dicen. Es que los dejen.

Por eso vota como rico aunque sea pobre. Su identidad ya no es "trabajador": es "emprendedor". Y el emprendedor desconfía del sindicato, del impuesto, de la regulación, de todo lo que crea que le estorbe el despegue.

Es el mayor triunfo cultural de la guerra híbrida: que el dominado sueñe con ser dominador, y vote como él.

Si la identidad se puede vaciar, como hizo la sustitución de la Iglesia; demonizar, como hacen los medios; y reprogramar, como hace la cultura, entonces la batalla electoral nunca fue por el bolsillo. Es por el alma. Juana lo supo antes que los analistas: a su nieto no se lo quitaron con dinero. Y quien controla los talleres donde se fabrican las almas, controla el voto.

Queda otro taller, el más barato y el más eficaz. No fabrica dioses ni ideas: fabrica miedo. ¿Y qué le pasa al voto de alguien que está aterrado de perder lo poco que tiene? Descubrámoslo en la próxima entrega.

Por Ignacio Stankewitsch

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