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Napo, el alma de La Boca

Jorge Napoleone, dueño del mítico Samovar de Rasputin, es una celebridad no solo para los vecinos del barrio, sino para los amantes del rock y del blues. Por su bar pasaron desde Moris y Pappo hasta Chizzo de La Renga y Pavarotti. Y por su vida, todos los vaivenes de esa porción de tierra junto al Riachuelo que hoy pelea por no perder su identidad. 

– Me das un chori?

-No puedo, estas sentado al lado.

-Ya pague y me quede con hambre. Me mataron y me trajeron una milanesa con las papas frias, pero mi viejo queria ir ahi.

El que pide con urgencia es un bonaerense de veintipocos, con camisa a cuadros y jean, que llegó por la mañana a recorrer Caminito, en La Boca. El que responde es Napo, uno de los comerciantes más antiguos de ese pedazo de barrio que en los últimos años se convirtió en un ícono de la Buenos Aires turística, y sabe que no hay que robarle clientes al local de al lado. Pero tiene instalada una pequeña cocina en la puerta del bar, usa gorro blanco y delantal, y lleva unos bigotes estilo mutton chops como Lemmy Kilmister de Motörhead, que son un anzuelo infalible para los que pasan por el Samovar de Rasputín, un bar-restaurante que se hizo mítico en los 90 por su propuesta de “escenario listo”. Ahí no tienen precios para desvalijar turistas y la comida corre por cuenta de Napo, que aprendió a cocinar en el conventillo donde nació, a unos metros del Riachuelo.

Antes, mucho antes de cocinar una pizza Especial Pavarotti para el mismísimo Luciano o de tocar con James Cotton en el estrecho escenario del Samovar, Napo vivió en un lugar que no existe más. Gritó y lloró por primera vez en el cruce de Suárez y Caboto -aunque los vecinos más viejos siempre la llamaron Gaboto-, una esquina donde los italianos tejían sus redes para pescar: los hombres, en la calle; las mujeres, en los patios de los conventillos. Y en ese barrio, con puerto y rodeado de fábricas (“donde te tenías que esconder para no trabajar”), cruzado por todo lo que llegaba en los barcos, escuchó su primer disco de rock cuando estaba terminando la escuela primaria: Their Satanic Majesties Request de los Rolling Stones, editado en 1967. “En los patios de los conventillos se bailaba tango y rock”, dice Napo, que recuerda con claridad la tapa de aquel long play y la marca del sello editor y dibuja la tipografía sesentista de London en el aire. Por esos años todavía lo llamaban por su nombre, Jorge Napoleone.

“Este siempre fue un barrio alternativo, un lugar de mezcla total. Todo lo que llegaba al país pasaba primero por acá. Laburábamos en los barcos: limpiando bodegas o reparando válvulas. Había tanto trabajo que a la tercera vez que fui a trabajar ya era oficial valvulista”, describe. Esa zona de la ciudad apretada contra el Riachuelo comenzó a cambiar con el cierre del puerto, en los 70. El golpe del 1976 terminó de empujar la mutación cuando prohibió el carnaval y apagó el color de un barrio que se disfrazaba para recibir al Rey Momo.

1983. Los radicales se alegraron particularmente por el triunfo de Raúl Alfonsín, pero esas elecciones se festejaron en todos los barrios. En la Boca los vecinos salieron disfrazados. Estaban anticipando el retorno del carnaval, que había sido tan importante en la primera mitad del siglo. Los diarios que se imprimían en la Capital solo publicaban notas de dos corsos: Avenida de Mayo y La Boca.

En esos festejos se organizó Unión Boquense: una suerte de frente único murguero para los carnavales de 1984. Entre los que bailaron ese verano estaba Napo, que poco después participaría de la refundación de la agrupación humorística y musical Los Linyeras, un tipo de formación anterior a la murga, con bailarines de levita y bombo y platillo, que viene de la tradición de los inmigrantes genoveses: van disfrazados, hacen sketches y usan instrumentos típicos como acordeón, martillo y zambomba.

Jorge Napoleone, dueño del mítico Samovar de Rasputin, es una celebridad no solo para los vecinos del barrio, sino para los amantes del rock y del blues. Por su bar pasaron desde Moris y Pappo hasta Chizzo de La Renga y Pavarotti. Y por su vida, todos los vaivenes de esa porción de tierra junto al Riachuelo que hoy pelea por no perder su identidad.

  • En La Boca hay más de 400 murgueros. Napo pertenece a los tradicionalistas.

En aquella fiesta de regreso también salió a la calle Facundo Carman, uno de los fundadores de la murga Los Amantes de La Boca, que desde hace 25 años salen a bailar todos los veranos en forma ininterrumpida y, en los últimos tres, se llevaron el primer puesto de los carnavales porteños. “Ese febrero del 84 fue muy importante, porque nos habíamos quedado sin corso, y esa primera salida permitió empezar a volver. Al año siguiente ya fuimos por separado: por un lado, Los Nenes de Suárez y Gaboto y, por otro, Los Xeneizes”, recuerda Carman.

“Lo más genuino del barrio somos los 400 murgueros que salimos cada carnaval en Los Amantes y no el pintor que individualmente retrata el barrio. Somos parte de una mirada de la cultura boquense que tiene vertientes: desde Los Xeneizes nacen Los Amantes y hay otros grupos más tradicionalistas que mantienen las agrupaciones humorísticas, pero todos nosotros expresamos una cultura barrial”, define Carman. Entre los tradicionalistas está Napo, que se viste de mujer para los carnavales y busca mantener viva la historia de genoveses y napolitanos que levantaron los conventillos. Fueron también los que fundaron Los Linyeras en los 50, cuando en los corsos solo salían los hombres disfrazados, muchos de ellos de mujeres.

1991. Primero fue la hiperinflación de finales de los 80 y después la convertibilidad. Ese tándem económico pegó sobre la economía del barrio: aflojó el turismo nacional y también el internacional. Unos ajustaron sus gastos, los otros buscaron otros destinos donde los billetes verdes les rindieran más. Napo también cambió.

Había comprado el Samovar siete años antes con una plata que había cobrado de un trabajo grande: en ese momento, tuvo que elegir entre irse unos meses a Brasil o comprar el fondo de comercio del negocio de antigüedades que tenía el ruso, al que llamaban Rasputín. Al principio fue vendiendo lo que acumulaba en el local, donde los vecinos iban a vender cosas viejas y los turistas se llevaban un souvenirs de La Boca. Algunas eran antigüedades, otras no. Pero todas se vendían por igual porque era lo único que había para los turistas; el resto eran negocios para proveer a barcos o algún bar.

“Con el uno a uno, Buenos Aires era más caro que Ámsterdam. A mí me gustaba cocinar y abrí el restaurante, que empezó funcionando de día y se escuchaba blues, que es la música que me gusta a mí”, recuerda y se entusiasma con esa crisis que para él fue una oportunidad. A ese bar -ubicado a la vuelta de Caminito- empezaron a ir a comer algunos músicos que frecuentaban La Boca para hacer fotos para sus discos; muchos de ellos terminaban usando el Samovar como escenografía: estaba decorado con todo lo que no se había vendido en el emprendimiento anterior, desde un triciclo antiguo colgando del techo hasta un maniquí de mujer, al que Napo le agregó el vello púbico. Era un lugar un poco “raro” para la época: las mesas se armaron sobre patas de máquinas de coser había una silla de cada pueblo y era difícil encontrar dos platos iguales.

El boca en boca sobre la cocina llegó hasta la Rock & Pop, que por esos años emitía desde los estudios de avenida Belgrano al 200, a 10 minutos en auto de La Boca. Varios de los conductores empezaron a frecuentar el lugar. Bobby Flores y Lalo Mir eran los que más aparecían por allí: almorzaban y escuchaban rock y blues, era casi una extensión de la radio, pero con comida casera. “Me venían pinchando para que abriera a la noche, querían venir a cenar y tocar. Y en el 90 me separé y andaba todo el día acá y me seguían dando manija, y un jueves dije: “Bueno, abrimos hoy”. Y ese día vino Pappo, que cada vez que podía se daba una vuelta. Dos semanas después tenía 50 personas en la puerta y así fui aprendiendo a tocar la guitarra”, recuerda.

Jorge Napoleone, dueño del mítico Samovar de Rasputin, es una celebridad no solo para los vecinos del barrio, sino para los amantes del rock y del blues. Por su bar pasaron desde Moris y Pappo hasta Chizzo de La Renga y Pavarotti. Y por su vida, todos los vaivenes de esa porción de tierra junto al Riachuelo que hoy pelea por no perder su identidad.

Fue el inicio de “El banquete del blues”, adonde llegaban los amigos y comían lo que Napo cocinara ese día -fideos, empanadas, lo que fuera-, y cuando tenían ganas subían al escenario: siempre había algún instrumento disponible. Con el tiempo el lugar se fue volviendo mítico. De la vieja guardia, en los primeros tiempos, se podía ver a Moris, Edelmiro Molinari, Daniel Melingo. Entre los que aún van seguido, Chizzo de La Renga, Willy Crook, las Blacanblús y La Mississippi. Ahora funciona enfrente, pero mantiene el espíritu: un lugar muy libre donde cualquiera puede subir y tocar.

Ese mismo año sintió que tocaba a Dios con las manos. Volvía de hacer su programa de radio sobre blues y pasó con el colectivo por el Sheraton. Sabía que Clapton había llegado a Buenos Aires para su primer show y pensó: “¿Y si está acá?”. Antes de responderse estaba bajando del colectivo. Cruzó la avenida y entró al hotel. Vio algún movimiento que le llamó la atención, escuchó el rumor de que bajaba Clapton y los custodios empezaron a echar a los curiosos. “Yo me quedé a un costado, como mirando sin preocupación, esperando, y en un momento me doy vuelta, quedo de frente a un sillón y lo veo sentado ahí. Me quedé duro, empecé a moquear. Lloraba como un pibe, no podía hablar”, reconstruye Napo y sonríe como si se estuviera viendo de nuevo. Clapton se le acercó, le dio la mano, trató de calmarlo. Le dijo que volviera al día siguiente y se fue.

“Al otro día volví y me recibió el manager. Me preguntó si estaba bien porque Clapton se había quedado preocupado. No sé qué habrán pensado. Después lo llamó y bajó y nos quedamos hablando. Hablamos mucho y me invitó a verlo a Uruguay. Me regaló una toalla que todavía guardo”.

2001. El estallido político y social que se llevó puesto al gobierno de Fernando de la Rúa volvió a reconfigurar el barrio, que había nacido con inmigrantes italianos y que fue albergando nuevas camadas de refugiados económicos: los que llegaron de las provincias, los que llegaron de los países limítrofes. Sobre esos cambios volvió a surfear Napo, que para ese momento acumulaba oficios varios, emprendimientos que mutaban y un amor por su lugar que lo ata allí sistemáticamente.

El fin de la ficción de que un peso valía un dólar provocó un flujo turístico que tuvo su efecto sobre La Boca y, principalmente, sobre las manzanas que rodean Caminito. En los años que siguieron a la crisis empezaron a llegar capitales extranjeros a comprar conventillos para convertirlos en paseos comerciales for export, donde se ofrece un mate con un cuarto kilo de yerba por $ 120 y tazas impresas con figuras de tango o la imagen de Mafalda por $ 150. Trajeron dólares a un país en caída libre y compraron rápido y barato, y convirtieron la zona turística en un barrio dentro de otro: entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde, las seis manzanas que conforman el perímetro turístico burbujean de gente, pero después se vacían. Allí casi no hay viviendas.

El cambio que anticiparon quienes compraron a precio de remate y empujaron un proceso que va modificando la estructura del barrio fue acertado: los 931.026 turistas que llegaron a la Ciudad vía los aeropuertos Jorge Newbery y Ezeiza aumentaron más de un 50 % para 2004 y llegaron a 1.508.868. Esa tendencia se mantuvo en ascenso constante hasta 2011 y, pese a que el mundo atravesaba una crisis, se ubicó cómodamente por encima de los dos millones de turistas extranjeros y trepó hasta los 2.466.729 para 2014 según la Dirección General de Estadística y Censos porteña.

A ese ritmo, La Boca se convirtió en el primer destino turístico googleado de la Ciudad de Buenos Aires y el 51,13 % de las búsquedas llevan su nombre. Detrás aparece Recoleta con el 21,87 % y, en tercer lugar, San Telmo con el 11,81 %. Caminito también ranquea entre los primeros puestos: está sexto, apenas detrás de Plaza de Mayo y delante del Cementerio de la Recoleta. Todos esos destinos aparecen señalados como los “imperdibles” por la Dirección de Turismo porteña.

“Soy el más viejo. Los que estaban cuando llegué acá ya no están más”, dice Napo, con su gorro de cocinero blanco, y tira otro bifecito de bondiola a la plancha que instaló en la puerta del Samovar. Después abre un pan al medio, lo tuesta apenas un poco, le agrega verduras -pepino en rebanadas, un poco de berenjena en escabeche que preparó hace unos días, algo de lechuga- y hace un sánguche que va a dar que hablar este domingo al mediodía. Pero antes de colocarlo sobre el plato, le hace un comentario casi al oído a Geniol, que se llama Héctor Rosa y le puso voz a un fragmento de “La rubia tarada”, que solía cantar en vivo junto a Luca Prodan.

2016. La madrugada del 10 de febrero de 2013, Napo se despertó de golpe. Era su cumpleaños número 52, pero no había ninguna fiesta sorpresa. Los vecinos gritaban, hablaban de algo que él conocía, que había visto de cerca muchas veces, pero nunca tanto: el conventillo que crecía sobre el fondo del Samovar, que da a Caminito, se estaba prendiendo fuego. Las llamas habían comenzado en la última pieza y el viento hacía su aporte para llevarlo por toda la estructura.

“Siempre hubo incendios en el barrio. Antes no había tantas medidas de seguridad, pero siempre hubo y sigue pasando porque los dueños de los conventillos no invierten, no se hacen cargo de nada y el Estado tampoco”, dice y después describe cómo se le fueron metiendo las llamas por el fondo del bar, por la parte en que la construcción de material se convertía en madera y se unía al resto del conventillo. Es que la construcción del Samovar es la típica de la zona: al frente un local de ladrillo y cemento y atrás una edificación de maderas y chapa. El frente solía ser del dueño, que alquilaba las piezas de madera, a las que se ingresaba por un pasillo largo y con las que compartía un patio central.

Jorge Napoleone, dueño del mítico Samovar de Rasputin, es una celebridad no solo para los vecinos del barrio, sino para los amantes del rock y del blues. Por su bar pasaron desde Moris y Pappo hasta Chizzo de La Renga y Pavarotti. Y por su vida, todos los vaivenes de esa porción de tierra junto al Riachuelo que hoy pelea por no perder su identidad.

  • Napo prepara bondiolas y chorizos en el frente de su bar, el Samovar de Rasputín, en medio de Caminito.

“A las seis de la mañana, todavía había medio conventillo echando humo y el otro medio todo mojado y los vecinos lloraban en la puerta”, recuerda Natalia Quinto y se pone por fuera: habla como si ella no fuese una de esas vecinas y como si no se le hubiera apretado la garganta cuando presenció todo eso. Algunos habían visto quemarse otras casas en unas cuadras a la redonda y cómo muchos de sus vecinos tuvieron que mudarse a otros barrios sin siquiera poder sacar lo que había sobrevivido al fuego. En todos esos casos, un peritaje de la Guardia de Auxilio de Defensa Civil porteña dijo que había peligro de derrumbe, clausuró el ingreso y esos conventillos no volvieron a construirse. Quedaron como terrenos baldíos. Ese 10 de febrero lo que se veía en Doctor Del Valle Iberlucea al 1200 era la foto habitual de los incendios apagados; lo que cambió fue la decisión de quedarse: montaron un campamento en la puerta de su casa quemada, en medio de la zona turística, y como primer paso reclamaron que se reviera el peritaje oficial.

Los dos días siguientes llovió sin parar. Los vecinos se organizaron, elaboraron un petitorio y obtuvieron dos informes técnicos nuevos, uno hecho por un arquitecto y otro por la Secretaría de Tierra y Hábitat nacional. Ambos sostenían que se podían utilizar las unidades que no habían sido alcanzadas por el fuego y que no era necesario prohibir el acceso a toda la estructura. La negociación duró cinco días, pero lograron que se reviera el resultado del peritaje oficial y consiguieron subsidios del gobierno porteño para la reconstrucción del lugar -que se está haciendo de material- y avanzar en el proceso para la adquisición del predio.

Mientras el nuevo edificio se va levantando detrás del Samovar, con vista a Caminito, en el frente Napo se pone unos guantes de látex, como los que usan los médicos, y organiza unos chorizos y algunas bondiolitas sobre la plancha. Grita que hay chori y dos europeos rubios, con barbas rojizas un poco crecidas, olfatean el aire y lo miran con cariño. “A las cinco de la tarde les pinta el hambre otra vez y empiezan a volver. Mirá, ese viene derechito para acá”, se prepara Napo.

Por Pablo Waisberg. Fotos de Denise Giovaneli – Brando