Chubut Para Todos

Cualquiera puede ser presidente

La irrupción de Javier Milei dinamitó la idea de que para gobernar se necesita idoneidad y trayectoria. Entre el fantasma del "cualunquísmo" italiano y la política del espectáculo, cómo la crisis de representación redujo las barreras de entrada al poder y convirtió al outsider en la nueva norma.

“Si mi marido es Premio Nobel cualquiera puede ser Premio Nobel”

Esa frase célebre fue pronunciada por la inmunóloga británica Mary Collins en 2015, en referencia a su marido, el Premio Nobel de Medicina Tim Hunt. La anécdota ocurrió durante la Conferencia Mundial de Periodistas Científicos en Corea del Sur, donde Hunt hizo comentarios polémicos sobre las mujeres en el laboratorio. Collins utilizó esa expresión cargada de ironía para restar gravedad a las actitudes de su marido y destacar, con humor británico, la profunda y continua colaboración en el ámbito científico.

Esta historia desopilante de cómo una esposa intenta salvar a su pareja, replica su argumento en la política argentina. Si Milei fue presidente, puede ser presidente cualquiera.

Con la proliferación de precandidatos y lo incierto del panorama nacional, nos viene una reflexión. Lo insólito de que alguien como Javier Milei haya llegado a la presidencia, inclusive acompañado de su hermana Karina y de personajes como Lilia Lemoine, sin ninguna experiencia política o de gestión, rompieron la idea de que la función pública, el Estado, es para gente idónea, capaz y superpreparada.

Luego de que este tipo de políticos, que hasta hace algunos años eran totales desconocidos, se hicieran con el poder y demostrasen reiteradamente su inoperancia, hace a la idea de que cualquiera pueda ser diputado, crear un partido político o inclusive ser presidente. La situación hace recordar a la célebre consigna leninista de “todo el poder a los soviets”, que impulsaba a que las asambleas obreras se hicieran cargo del Estado, cambiando la democracia participativa y horizontal por una deriva más bizarra: cualquiera, alguien desconocido.

El efecto imitación generó que todo tipo de candidatos surgiera, algunos más formados que Milei, otros de dudosa procedencia. Antes del 2023, un deportista, periodista o panelista de televisión que quería ser presidente podía pensar: “Necesito meterme en política, ser primero diputado, luego pasar por algún cargo ejecutivo, construir o formar parte de un partido que construya una mayoría social para gobernar. Necesito una fuerza instalada nacionalmente para tener intendentes, gobernadores y mayoría en ambas cámaras”.

Ese tipo de idea disuadía a cualquiera por lo enorme de la tarea. Luego de Milei, el pensamiento cambió. “Necesito tener impacto en redes, construir audiencia y el vacío político hace que pueda aspirar a un 30% del electorado para meterme en un balotaje. El solo hecho de no haber gobernado ya me da las de ganar contra cualquiera que ya haya gobernado antes”. Este efecto imitación de Milei generó una primera camada de precandidatos.

Primero una excepción a lo anterior porque se trata de personas de larga trayectoria pública presidiendo el Banco Central, el Banco Nación y siendo ministro de Economía, y que además cuentan con partidos como el PRO y el radicalismo detrás, es el caso de los economistas, la idea de que alguien que se dedica a la economía puede resolver el principal problema de los argentinos hizo que se anotaran en las precandidaturas presidenciales Carlos Melconian y Hernán Lacunza, y para gobernador bonaerense Alfonso Prat Gay. Tiene lógica, hoy por hoy los dos candidatos con mayores posibilidades de llegar a un balotaje son dos economistas: Kicillof y Milei.

Pero el mejor ejemplo se encuentra en la idea de Milei, místico, predicador y religioso tiene un efecto imitación en la figura del pastor Dante Gebel, quien aún no dijo si será o no candidato, pero tiene un grupo de dirigentes haciendo campaña.

Y la idea de experto en comunicación, el Aaron con el que Milei se identifica, de alguien que logra hacerse del poder gracias a cautivar a las audiencias, impulsa la precandidatura de Daniel Hadad, quien logró crear el portal más leído en habla hispana.

Inclusive la idea de gobernar sin estructuras políticas y sin saber exactamente qué se va a hacer; esto lo demostraban tanto el Frente de Todos como este Gobierno dan la idea de que se puede definir meses antes de la elección y luego ir construyendo el programa de gobierno mientras se va gestionando. Esto viene de la idea de que las restricciones económicas generadas por la deuda y otros factores dan el norte de lo que en realidad se puede ir haciendo, más que un programa definido de Gobierno.

Sin experiencia pública, sin partido salvando el caso de los economistas, sin programa, con el único capital de no haber sido gobierno anteriormente, nuevamente exceptuando el caso de los economistas, este es el cualunquismo político argentino que proviene del descrédito de la política y, como todo síntoma de una enfermedad raramente resulta en su remedio.

De hecho, salió un muy buen informe de la consultora Pulsar UBA en el que afirma que el ningunísmo ya es el espacio más abarcador. El 42% de los encuestados no simpatiza ni se identifica con ningún espacio político. Es decir, a mar revuelto, ganancia para los outsiders. Además, el 63% de los encuestados manifiesta estar desinteresado en la política, con lo cual personas que son conocidas y vienen de otros ámbitos pueden tener mayores chances que funcionarios de probada capacidad y de años de cursus honorum.

Esto recuerda a un viejo movimiento político de mediados del siglo pasado nacido en Europa. El cualunquismo —o cualquismo— nació en la Italia de la posguerra, a finales de 1944, cuando el dramaturgo y periodista Guglielmo Giannini fundó el semanario satírico L'Uomo Qualunque (El Hombre Cualquiera).

En una nación devastada por la Segunda Guerra Mundial y desilusionada tras el colapso del fascismo, la publicación canalizó el descontento de las clases medias frente al nuevo orden sociopolítico y a las fuerzas del Comité de Liberación Nacional. Giannini promovía una postura abiertamente antipolítica, utilizando el eslogan "¡Abajo todos!" y recurriendo al lenguaje vulgar para ridiculizar tanto a los líderes comunistas como a la emergente Democracia Cristiana. El éxito del semanario llevó a la estructuración formal del movimiento mediante la creación del Fronte dell'Uomo Qualunque en 1946.

El partido concebía al Estado no como una entidad ideológica, sino como una mera administración técnica que debía limitarse a prestar servicios básicos sin entrometerse en la vida del ciudadano ni imponer impuestos gravosos. Rechazaba la división tradicional de izquierda y derecha, postulando que el "hombre común" estaba siendo exprimido por profesionales de la política a los que consideraba parásitos e incapaces. Durante las elecciones a la Asamblea Constituyente de 1946, el frente obtuvo un impacto notable, especialmente en las ciudades del centro y sur de Italia, consolidándose brevemente como una fuerza relevante dentro de la derecha conservadora y anticomunista.

Sin embargo, la falta de una estructura organizativa sólida y la escasa coherencia doctrinal provocaron una rápida fragmentación interna. Hacia 1949, el partido prácticamente había desaparecido tras perder a gran parte de sus simpatizantes, quienes migraron hacia la Democracia Cristiana o hacia corrientes neofascistas y monárquicas. A pesar de la brevedad de su existencia como partido, la influencia conceptual del cualunquísmo perduró profundamente en la cultura política de Italia y del resto de Europa.

El término pasó a definir una actitud de escepticismo, apatía y rechazo sistemático hacia los partidos e instituciones tradicionales. Con el paso de las décadas, esta corriente sirvió como antecedente para diversos movimientos populistas contemporáneos que apelan al descontento social contra las élites dirigentes.

El cualunquísmo trascendió rápidamente las fronteras italianas para manifestarse en diversos países a lo largo de los siglos XX y XXI. Aunque la denominación nació en la Italia de la posguerra, la postura de rechazo visceral a la clase política, la exaltación del hombre común ahogado por la burocracia y la pretensión de una gestión puramente técnica sin ideologías se reeditaron en muy distintas latitudes.

El paralelo histórico más directo fue el poujadísmo en la Francia de mediados de los años cincuenta. Liderado por Pierre Poujade, este movimiento surgió como una rebelión de pequeños comerciantes y artesanos contra la presión fiscal de la Cuarta República, utilizando una retórica antiparlamentaria y furiosamente crítica hacia las élites que logró un sorpresivo éxito electoral antes de diluirse. En una línea similar, durante la década de 1970 aparecieron en Escandinavia los Partidos del Progreso de Dinamarca y Noruega, fundados como plataformas de protesta fiscal contra el Estado de bienestar sociodemócrata y articulados en torno al resentimiento del contribuyente frente al gasto público.

En América Latina, la matriz cualunquista afloró de manera recurrente durante períodos de severa crisis de representatividad. Venezuela experimentó a fines de los años ochenta y noventa el fenómeno de la antipolítica frente al desgaste del sistema tradicional de partidos, abriendo paso a figuras independientes y comunicadores ajenos a la estructura partidaria.

En el Perú de 1990, el ascenso de Alberto Fujimori cristalizó la búsqueda de un gestor técnico no ideologizado frente a la dirigencia tradicional. Por su parte, la crisis argentina de 2001 reeditó la consigna original de Giannini bajo el lema del rechazo total a la dirigencia política e institucional. En la actualidad, esta lógica se ha integrado en diversos movimientos populistas y de protesta donde la apelación al ciudadano común frente a una casta o clase dirigente sigue siendo la herramienta central de movilización.

Luego de este momento de fuerte antipolítica en nuestro país, el auge del kirchnerismo trajo una década de reivindicación de la política y la militancia partidaria como algo necesario dentro de la democracia. En el momento de mayor hegemonía kirchnerista, Cristina lanzó el siguiente desafío a las clases empresarias y a cualquiera que criticara su espacio. Vamos a recordarlo: estas palabras son de abril de 2011, cuatro meses después, Cristina sacaría el 54% de los votos.

Volviendo a Mauricio Macri, comenzó su vida pública lejos de los cargos electivos. Ingeniero de formación y con una extensa trayectoria en las empresas familiares del Grupo SOCMA, dio el salto a la escena de consumo masivo a mediados de la década de 1990 al asumir la presidencia del Club Atlético Boca Juniors.

Su gestión en la institución deportiva, caracterizada por la obtención de múltiples títulos internacionales y un modelo de administración profesionalizada, funcionó como la plataforma perfecta para construir un perfil de gestor eficaz y proyectarse hacia la arena política en un contexto nacional atravesado por el colapso institucional tras la crisis del año 2001.

A partir de la fundación del think tank Creer y Crecer y del partido Compromiso para el Cambio, estructuró una fuerza de centroderecha de impronta liberal y pragmática que con el tiempo dio origen a Propuesta Republicana (PRO). Tras un primer intento fallido por la jefatura de Gobierno porteña en 2003 y un paso discreto como diputado nacional a partir de 2005, logró consolidar su base electoral en la Ciudad de Buenos Aires.

Ganó la alcaldía capitalina en 2007 y obtuvo la reelección en 2011. Durante sus ocho años al frente del Ejecutivo porteño, enfocó su comunicación en la modernización urbana, la obra pública, la creación de la Policía Metropolitana y el reordenamiento del transporte, posicionándose como la principal alternativa nacional frente al ciclo político del kirchnerismo.

Para las elecciones presidenciales de 2015, tejió la alianza Cambiemos al articular al PRO con la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica. Esta coalición le permitió disputar el poder a nivel federal e imponerse en el primer balotaje de la historia argentina frente a Daniel Scioli.

Como ven, el primer outsider que llegó a presidente tuvo muchísimo más recorrido que Milei. En Ecuador también sucede algo parecido de que los presidentes outsiders que vienen del sector privado antes tenían más cursus honorum que el actual.

León Febres-Cordero fue un ingeniero mecánico y alto directivo del consorcio Industrial Molinera del Grupo Noboa. Su paso a la política activa se dio desde la dirigencia gremial en las cámaras de producción de Guayaquil y mediante un clásico ascenso parlamentario como asambleísta constituyente y diputado nacional por el Partido Social Cristiano. Su figura representó la convergencia entre el liderazgo corporativo tradicional de la costa ecuatoriana y la estructura partidaria consolidada.

Guillermo Lasso desarrolló su vida profesional en el sector financiero privado como presidente ejecutivo del Banco Guayaquil durante más de dos décadas. Su paso previo por el ámbito público se limitó a breves nombramientos ejecutivos como gobernador del Guayas y ministro de Economía a fines de los noventa. En lugar de hacer un camino legislativo, construyó un liderazgo propio mediante la creación del movimiento CREO, apostando a un proyecto político personal con el que compitió en tres elecciones presidenciales consecutivas hasta ganar la magistratura.

Daniel Noboa es un administrador de negocios proveniente de la familia propietaria de la corporación bananera Grupo Noboa, donde ejerció cargos directivos antes de incursionar en las urnas. Su experiencia política previa se redujo a dos años como asambleísta por Santa Elena, presidiendo la Comisión de Desarrollo Económico. La disolución de la Asamblea acortó los plazos habituales de la política ecuatoriana, permitiéndole dar un salto directo desde su primera función legislativa hacia la Jefatura de Estado como el mandatario electo más joven de la historia reciente.

Entre otros ejemplos de outsiders que construyeron partidos de la nada y en pocos meses ganaron la presidencia, Alberto Fujimori en Perú representa probablemente el antecedente más cercano. En 1989, siendo un ingeniero y rector universitario prácticamente desconocido, creó Cambio 90 para enfrentarse en 1990 a Mario Vargas Llosa.

El paralelo con el caso argentino radica en la combinación de crisis económica, colapso de la representatividad partidaria, un candidato considerado inicialmente marginal, una estructura débil y una victoria explosiva en segunda vuelta sobre una figura plenamente integrada al establishment, habiéndolo logrado Fujimori a un ritmo aún más vertiginoso.

Por su parte, Volodymyr Zelenskyy en Ucrania constituye el equivalente contemporáneo más puro de este fenómeno. Sin trayectoria en la gestión pública pero con una alta celebridad mediática, lanzó su candidatura en 2018 bajo el sello Servidor del Pueblo, bautizado en honor a la serie televisiva que protagonizaba, y alcanzó la presidencia en abril de 2019 con cerca del 73 % de los votos en el balotaje. En este esquema, la fama previa al armado político determina la dinámica: la figura pública antecede a la estructura y el partido se edifica en función del personaje.

Existen también variantes donde la celeridad organizacional convive con matices respecto al origen de los protagonistas. Emmanuel Macron fundó En Marche! en abril de 2016 y accedió al Elíseo en mayo de 2017, mostrando un despliegue partidario más veloz que el de Milei, aunque con la salvedad de que no se trataba de un outsider estricto, sino de un insider de las élites administrativas y exministro de Economía.

Por otro lado, Silvio Berlusconi ostenta el récord de velocidad al crear Forza Italia a comienzos de 1994 y ganar las elecciones en marzo de ese mismo año, demostrando cómo un líder con alcance mediático puede producir a su partido e invertir el modelo político clásico. En un carril distinto se ubica Donald Trump, quien pese a la rapidez de su triunfo en 2016 no construyó un vehículo desde cero, sino que capturó una estructura centenaria como el Partido Republicano.

Esta distinción permite clasificar estos fenómenos en tres categorías: los outsiders que capturan un partido existente como Trump, los insiders que fundan una fuerza nueva como Macron, y los outsiders que erigen su propio instrumento político casi de la nada y alcanzan inmediatamente la presidencia, espacio compartido por Fujimori, Berlusconi, Zelenskyy y Milei. Lo excepcional en la experiencia argentina de La Libertad Avanza es la ausencia total de poder territorial previo a la asunción presidencial en 2023, careciendo de gobernadores propios al momento de asumir el Ejecutivo.

La secuencia articulada por Fujimori, Berlusconi, Zelenskyy y Milei refleja la transición del partido que selecciona a su dirigencia hacia el líder que fabrica su propia herramienta política mediante la televisión y las redes sociales, abriendo el debate sobre los tiempos que requirieron históricamente diversas figuras globales desde su irrupción inicial hasta la conquista del poder.

La irrupción de Javier Milei redujo la barrera de entrada imaginaria a la Presidencia en Argentina: si antes de 2023 una figura pública de alto perfil asumía que para llegar a la Casa Rosada requería diez años de trayectoria, gobernaciones, intendencias y una vasta estructura nacional, hoy puede considerar suficiente construir una audiencia intensa, alcanzar un tercio del electorado y forzar un balotaje, lo que inevitablemente multiplicará las aspiraciones de nuevos outsiders.

Sin embargo, esta dinámica encierra una paradoja, ya que la multiplicación de aspirantes fragmentaría el propio voto antisistema que hizo posible su ascenso, sumado al riesgo de que sus imitadores confundan la viabilidad del método con la irrepetibilidad del momento.

Mientras que la ruta institucional que va de la notoriedad en redes y la identidad radicalizada hacia la creación de un pequeño partido-vehículo resulta fácilmente copiable, la combinación histórica de una inflación desbordada junto al desgaste simultáneo de las dos grandes coaliciones constituyó una ventana excepcional.

En última instancia, el legado político más profundo del caso argentino reside en haber demostrado que, en la democracia contemporánea, el recurso más escaso para conquistar el poder dejó de ser la estructura partidaria tradicional para convertirse en la gestión de la atención, donde quien logra transformar el alcance mediático en identidad, la identidad en comunidad y la comunidad en votos, consigue comprimir una carrera presidencial de dos décadas en apenas un par de años.

Como pudimos ver en estos ejemplos y en el nacimiento mismo del cualunquismo político, la idea de que cualquiera puede gobernar y que la política es en sí misma un delito contra los ciudadanos de a pie es un síntoma de un sistema político atravesado por el descrédito y el fracaso. Como decíamos, un mismo fenómeno nunca puede ser síntoma y remedio.

Que Milei baje la vara y haya quienes piensen en ser presidentes porque ahora es más fácil es algo nocivo para la democracia. Los argentinos tenemos que pedir mucho más a los candidatos y si para resolver la mala praxis de un cirujano nunca llamaríamos a un peluquero o si para arreglar nuestro auto después de sufrir los errores de un mal mecánico, no se lo llevaríamos a un bicicletero, no podemos entregarle el país a cualquiera para resolver los problemas de una clase política que no da respuestas

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

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