Chubut Para Todos

Mando ejemplar o tortura: autoritarismo y obediencia indebida Por Gustavo Druetta

La absurda y condenable muerte de un joven aspirante a oficial de policía en La Rioja y los daños físicos y psicológicos sufridos por un grupo de sus compañeros internados con deshidratación extrema luego de un día de “baile” a 40 grados, han provocado horror.

Hay quienes han sugerido enfáticamente que la dura instrucción de futuros cuadros en la Argentina, no sólo policiales, sino militares, fue, es y será, sin remedio, violadora de los derechos humanos. Es verdad que esa forma de “iniciación” tanática podría haber ocurrido (y puede ocurrir) sobre todo en aquellas provincias de raigambre feudal, donde la discrecionalidad de sucesivas castas gobernantes deja en manos irresponsables la formación de sus policías. La Policía de la CABA sería el modelo superador a seguir.
Recurriendo a la literatura para analizar el crimen del cadete Emanuel Garay , un columnista señaló que Mario Vargas Llosa había advertido de la perversidad implícita dentro de los muros de todo cuartel militar – y por ende policial- al “imaginar” novelísticamente los episodios que cuenta en su primer libro “La ciudad y los perros” (1962). Quien no leyó la novela quizás pueda pensar que el compromiso liberal de V. Llosa no encaja con una formación adolescente en el antiguo ejército peruano. Sin embargo, el escritor describe magistralmente sus peripecias reales y personales en el Colegio Militar “Leoncio Prado” en los años ´40 (era equivalente a nuestros liceos militares) en medio de bromas pesadas y crueldades que propinaban cadetes de años superiores, y practicadas entre sus mismos compañeros, que no le impidieron cursar internado y de uniforme sus estudios secundarios. Ese manifiesto autobiográfico antimilitarista ¿condena in límine todo adiestramiento castrense o policial como “militarista” o “represivista”?. Así se denuncia desde el desconocimiento.
Sin poseer el genio ni la pluma del autor de “La fiesta del chivo”, no puedo menos que recurrir a mi propia experiencia sobre el trato a los cadetes recién ingresados en el Colegio Militar de la Nación a principios de los ´60. En esa década se formaron los oficiales subalternos a cargo directo de las tropas en la guerra contrarrevolucionaria de los 70, luego mandos medios en las Malvinas a comienzos de los ‘80. Una calurosa mañana de febrero, al día siguiente de ser provistos de los uniformes de aula, fajina, combate y salida, una cincuentena de cadetes de 1er. año (de 16 a 18 años) que optaron por la Batería de Artillería, marchan en pantalones cortos, remeras y zapatillas. a la pista de atletismo, a la cola de sus nuevos camaradas y superiores de 2do., 3ero. Y 4to. Participarán en un rito de iniciación al mando del carismático sargento cadete Julián Licastro, mejor alumno y abanderado del instituto. Será el futuro secretario político de la Juventudes Peronista en los ‘70, luego de ser exonerado en 1969, siendo teniente, por opositor a la dictadura de J. C. Onganía.
Cualquier varón de más de 50 años que haya hecho la colimba en la segunda mitad del siglo XX conoce los “palcos altos” para ejercicios de fuerza y destreza: son estructuras de caño y madera, como de 7/8 metros de alto y unos 10 de ancho. Arriba se extiende una angosta pasarela de madera con finas barandas laterales, desde la cual cuelgan sogas con nudos y escalas para ascenso y descenso, además de dos escalas de madera inclinada afirmadas en los extremos. La prueba de “subordinación y valor” de los noveles artilleros será trepar al palco alto, pararse en uno de los bordes de la pasarela (del cual se había sacado su baranda), dejarse caer de cabeza dando una “vuelta carnero” y terminar aterrizando de espaldas sobre una lona sostenida por compañeros. Empero, previamente, todos los cadetes más “antiguos” deberán hacer lo propio dando el ejemplo.
Puesto a incentivar y alentar a sus subordinados –lo que en la correcta formación militar (y entiendo policial) es condición indispensable del mando- Licastro sobreactúa y se impulsa con un salto, pero al caer a demasiada velocidad da una media vuelta más y un tobillo pega afuera del borde de la lona quebrándoselo. Ante el estupor de todos queda tendido hasta llegar la atención médica. El segundo de su promoción toma su puesto y la ordalía no se interrumpe. Varios titubean antes de arrojarse al vacío. Uno de los recién ingresados desiste. Nadie lo obliga a hacerlo. Pide la baja pocos días después. En esa prueba de fuego, los nuevos “reclutones” debían comprender que el imperativo moral de una orden dada por un superior que se adelanta a enfrentar el riesgo, es esencial a la formación de un verdadero jefe militar en todo tiempo y lugar. El ex subteniente Canevaro condenado por ordenar la paliza mortal al soldado Carrasco en Zapala, representa las antípodas de ese ethos guerrero. Aquella inolvidable mañana experimenté el mando ejemplar de un brillante cadete que, vuelto al CMN como oficial instructor, el Ejército expulsó de sus filas, mientras el autoritarismo y la obediencia indebida -redivivos hoy en La Rioja- fueron sepultando a la ética militar sanmartiniana.

*Sociólogo, periodista y Ex teniente de Artillería (1965-1970).