Image default

Eva Perón: arquetipo de la mujer argentina

La vida de Evita es testimonio de sacrificio y entrega por nuestro pueblo y por la patria de los argentinos y de todas las naciones del mundo donde dejó una huella perdurable.

La Argentina no tiene que recurrir a la legendaria Esparta para encontrar ejemplos de grandeza heroica de sus mujeres”. Dixit: Juan Domingo Perón.

En un nuevo aniversario del paso a la inmortalidad de María Eva Duarte de Perón, esta sentencia de su esposo es más que ajustada. La vida de Evita es testimonio de sacrificio y entrega por nuestro pueblo y por la patria de los argentinos y de todas las naciones del mundo donde dejó una huella perdurable.

Ríos de tinta se han volcado en torno a su nombre. Biografías, pasquines novelados, ficciones, documentales, musicales… No hay mujer en nuestra historia que haya sido más vapuleada, odiada y tergiversada puertas dentro de la Argentina y desde el extranjero como Eva Perón. Al extremo de utilizarla como símbolo del feminismo radical del que siempre abdicó: “Yo no quiero la feminista de Inglaterra que fue contra los hombres; quiero a las feministas que apoyan y luchan con el hombre para aportar valores. No queremos luchas entre mujeres y varones. Queremos unidad espiritual absoluta”, al límite de intentar quebrar a través del evitismo la unidad amorosa y doctrinal inquebrantable con su marido y conductor.

De la mano de Perón, Eva emprendió su triple labor en la Fundación de Ayuda Social, trazando vínculos con la Confederación Nacional del Trabajo y conformando el movimiento de mujeres más importante de Hispanoamérica.

Al respecto, con su honda sensibilidad continuó la senda que Perón había abierto para las mujeres argentinas en 1943. Porque si bien el proceso de incorporación de la mujer a la política no puede entenderse sin hacer referencia a su liderazgo, la demanda formaba parte de las realizaciones del entonces Coronel, quien desde la Secretaría de Trabajo y Previsión había creado la Comisión Pro Sufragio Femenino para otorgarles igualdad en sus derechos laborales y los derechos cívicos para equipararlas jurídicamente con los varones de su época, y había impulsado además el primer organismo dedicado a la mujer desde el Estado: la División de Trabajo y Asistencia en agosto de 1944.

 

 

Antecedentes sin dudas de la sanción de la ley del voto femenino y de la centralidad que la mujer tuvo en los planes estratégicos del justicialismo, donde sus derechos laborales, el cuidado de su salud y la protección de sus hijos, comenzaron a ser responsabilidad del Estado, amparados por la Constitución de 1949 y por los Planes Quinquenales en sentido integral. En palabras de Perón: “Mis ideas político–sociales las adaptó Evita influyéndolas con un sentido femenino hasta el punto de crear en ellas un segundo «yo»”.

Es en este marco que la defensa de la mujer, de los niños nacidos y por nacer, de la vejez y de la familia como célula básica de la comunidad organizada, fueron para Evita prioritarios y justificaron su encendida defensa de la justicia social, la dignidad del trabajo y el acceso universal al sistema previsional, de salud y educación, acciones que le valieron el amor incondicional de nuestro pueblo.

Eva, una mujer que asumiendo orgullosamente su sexo y su origen humilde, comprendió cabalmente el problema de la mujer argentina y convirtió en victoria una larga tradición de luchas femeninas hasta el momento infructuosas, lo que le permitirá afirmar que: “La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. Aquélla que se volcó en la Plaza de Mayo el 17 de Octubre; aquélla que hizo oír su voz en la fábrica, y en la oficina y en la escuela; aquélla que, día a día, trabaja junto al hombre, en toda la gama de actividades de una comunidad dinámica, no puede ser solamente la espectadora de los movimientos políticos. (…) La mujer argentina ha llegado a la madurez de sus sentimientos y sus voluntades. La mujer argentina, debe ser escuchada, porque la mujer argentina supo ser aceptada en la acción. Se está en deuda con ella. Es forzoso restablecer, pues, esta igualdad de derechos, ya que se pidió y se obtuvo, casi espontáneamente, esa igualdad en los deberes”.

Eva Perón 20191101
Eva junto a Juan Domingo Perón

Encarnando el sentir popular, otorgó a la masa femenina una identidad y una fe fundante ligadas a la nacionalidad, ya no al colonialismo cultural de las feministas vernáculas encandiladas con las ideologías importadas de Europa y Norteamérica: “Hasta entonces, por comodidad y rutina, todos habían seguido las huellas que marcaban los demás países (…) sólo se buscaban soluciones dentro de fórmulas postizas y aparentes, que importaban con la misma ligereza y falta absoluta de conciencia nacional, los partidos de derecha que se negaban a evolucionar y los partidos de izquierda, que buscaban en la evolución una forma de agitar conciencias laboriosas para aprovechar políticamente la lucha de clases e imponer una dictadura contraria al espíritu del pueblo, a las esperanzas de la nacionalidad y a la moral cristiana y argentina. Fue la obra de Perón (…) la que hizo posible que el país tomara en sus manos la orientación rectora de la tradición humanística, base insustituible y raíz imperecedera de toda libertad económica, soberanía política y justicialismo social”.

Nuestro país, orgulloso hijo de España, insertado en Hispanoamérica, trazaba su propio destino histórico, cuyos eslabones épicos estaban cifrados en junio de 1943 –“Cuna del justicialismo”, en sus palabras– y en octubre de 1945. Finalizaba así el feminismo de imitación y comenzaba a erguirse orgullosa la mujer argentina con tradiciones culturales y políticas propias, y con un rol trascendente en la propuesta de civilización alternativa de la Comunidad Organizada y la Tercera Posición justicialista.

Tal es así que al momento en que Perón promueve las políticas de integración regional con el ABC y el Atlas, Eva convoca a las mujeres de las naciones hermanas a fusionar esfuerzos en el mismo sentido: “Mujeres de América, compatriotas continentales: esto es un llamado a todas las mujeres americanas, para que se enrolen y trabajen por la afirmación de una doctrina que impulse hacia los principios por los que debe luchar la humanidad presente. La mujer representa la mitad de la población americana y no reclama sus derechos con actos de requisitoria en favor de la justicia de su causa. Reclama, en cambio, un lugar para compartir con el hombre sus jornadas y para trabajar con él para el triunfo definitivo de la fe, por la voluntad y por la vida que se nutren en su espíritu generoso.

Sus reivindicaciones en relación a lo femenino no tuvieron nunca un cariz sectario sino que estuvieron incluidas en el programa de justicia social de Perón y en la colaboración con el varón: “Nuestro movimiento femenino peronista está, pues, perfectamente definido. Teóricamente, por la doctrina justicialista del General Perón en su triple aspecto de libertad económica, soberanía política y justicia social. Prácticamente, por nuestra decidida cooperación para el logro de estos postulados.

Su acción política interpeló a las mujeres enfatizando la importancia de su rol en el hogar como madres y esposas y como trabajadoras en la consecución del bien común y la integración comunitaria, material y espiritual, de las miles de mujeres que durante décadas habían sido olvidadas por el Estado: los Hogares de Tránsito para madres solas con hijos, el Hogar de la Empleada para mujeres solteras, los Hogares–Escuelas donde las mujeres que trabajaban podían dejar sus hijos pupilos o medio pupilos, sin olvidar la distribución de millones de máquinas de coser para que las madres pudieran ganarse la vida sin tener que trabajar fuera de sus casas.

La mujer para el justicialismo simboliza las mejores cualidades de la persona humana: abnegación, trabajo, sensibilidad, generosidad, humildad y servicio. Es la primera maestra del pensamiento nacional porque educa al niño y forma al hombre en valores. Es un modelo con una fortaleza espiritual a prueba de toda avidez materialista e individualista. No en vano, Eva elige como arquetipo de la mujer argentina a la Virgen María, Madre de Dios hecho Hombre, a través del que la mujer recobra su dignidad como fundamento y guía de toda la humanidad. María Santísima es ejemplo del mayor acto de amor y de entrega, el intelecto del amor que sofrena la primacía del individualismo y permite la armonía: “Nuestro símbolo debería ser el de la Madre de Cristo al pie la cruz”.

Este ideario, ajustado en la brevedad de estas líneas, no es cualquier cosa como intenta naturalizar el relativismo cultural actual que todo lo envilece, lo troca, lo falsea. Es un capítulo de la doctrina justicialista, expresión humanista, cristiana y comunitarista, basada en principios y en valores eternos. Es una ética del compromiso y de la Verdad. Es la expresión más genuina de la entrega heroica de una mujer extraordinaria que quemó su vida por los demás.

Arquetipo a través del que seguirán mirándose generaciones de hombres y mujeres que ansíen un poco de luz en medio de las tinieblas de la decadencia modernista de un mundo que se desmorona.

Por Ignacio Cloppet. Miembro de la Academia Argentina de la Historia- Perfil