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El establishment se divide entre los aspirantes del PRO, algunos prefieren a Massa y muchos subestiman a Milei

Los empresarios, preocupados por la falta de dólares, buscan reunirse con candidatos para acercarles sus ideas. Ellos también los persiguen, pero para pedirles fondos para sus campañas.

Más de un empresario está más preocupado este fin de año por saber con qué dólares pagará las importaciones que necesita para producir en 2023 que por quién ganará las elecciones presidenciales de octubre próximo. Continúa la demora para que el subsecretario de Política Comercial de Sergio Massa, Germán Cervantes, apruebe las autorizaciones del Sistema de Importaciones de la República Argentina (SIRA) y temen que se agrave si la cosecha gruesa (la de soja y maíz, que comienza en abril) se acota por la sequía, más allá de las esperanzadoras lluvias de la última quincena. Gestores se les acercan con la promesa de que les consiguen sí o sí las SIRA, mientras se asombran de ver que a otros les dejan entrar ollas o fideos importados. Pero mientras el corto plazo los inquieta, piensan también en el mediano plazo, entre reuniones privadas con aspirantes presidenciales en las que ellos piden determinadas soluciones y los interlocutores van desde la exposición de recetas hasta los mangazos para fondear una campaña que cuesta, según cálculos habituales, unos US$ 100 millones. Esos recursos no terminan figurando en los aportes declarados sino que se trasladan en efectivo en bolsos o cajas de supermercados y se acumulan en departamentos desde el Microcentro hasta la Recoleta o San Telmo. Las filiales de multinacionales tienen restricciones de sus casas matrices para donar, pero los hombres de negocios locales no.

En el establishment argentino prevalece la esperanza de un “fin de ciclo”. Tantas veces se anunció que se terminaba el kirchnerismo y no ocurrió… con la muerte de Néstor Kirchner en 2010, con la victoria legislativa de Massa en 2013, con la de Mauricio Macri en las presidenciales de 2015, durante el gobierno de Cambiemos o al principio del de Alberto Fernández, cuando aún se desconocía su margen de autonomía respecto de Cristina Fernández de Kirchner. Por eso, algunos ejecutivos de empresas extranjeras más bien se ilusionan con un “fin de ciclo” de una forma de ejercer el poder polarizando, un método que no sólo le atribuyen a la vicepresidenta sino también a Macri. Son los que creen que sin Cristina Kirchner candidata, se debilitan las posibilidades de los Macri, Patricia Bullrich o Javier Milei y crecen las de postulantes que se observan más moderados como Horacio Rodríguez Larreta, Massa, incluso Eduardo “Wado” de Pedro o algún radical, ya sea Gerardo Morales o Facundo Manes. Admiten que, aunque la vice juega al borde y la Argentina amenace con convertirse en Venezuela o Perú, observan que al final ella también amaga y recula, como el Presidente con el desacato a la Corte, y cede ante un ministro de Economía que ajuste las cuentas y estrecha lazos con Estados Unidos. Otros hombres de negocios suenan más drásticos y no aspiran a la moderación sino al fin de la hegemonía de Cristina Kirchner, sea con quien sea el candidato de Juntos por el Cambio o de un peronismo renovado: “Hay confianza en un cambio significativo, que se termine esta pesadilla del kirchnerismo”.

Los huevos en varias canastas

La mayoría de los grandes empresarios suele poner huevos en las canastas de varios candidatos, no sólo en los que más les gustan o menos disgustan, depende el caso, sino también en los que pueden mantenerse en el poder, a pesar de sus deseos. La falta de definición clara de postulantes demora las decisiones de aportes. Pero algunos se juegan por unos en especial. En un banco nacional comentan que sus grandes clientes se dividen a mitades entre Bullrich y Larreta, ante la indecisión de Macri. No ven que tengan fuerza los candidatos radicales o los peronistas de centro, como Juan Schiaretti, y sólo confiarían en Massa si se sacase de encima la tutela kirchnerista. “Milei seduce a los jóvenes, pero no a la gente que peina canas”, completan el cuadro.

No hay político argentino que haya hecho más networking en las últimas dos décadas que el ministro de Economía y ese cultivo de contactos, sobre todo entre empresarios y políticos locales y de Estados Unidos, le está dando frutos en su actual gestión y por eso ha conseguido contener el desmadre cambiario, bajar un poco la inflación y acumular las reservas necesarias para cumplir con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Hay banqueros que lo elogian por su pragmatismo capaz de evitar crisis, aunque no necesariamente de resolver los problemas a largo plazo. José Luis Manzano y Daniel Vila aparecen como los incondicionales de Massa. Su socio Claudio Belocopitt también mantiene buen vínculo, igual que varios popes de la Unión Industrial Argentina (UIA) o Marcelo Mindlin. En su momento, los Bulgheroni y el fallecido Jorge Horacio Brito fueron también sus baluartes, pero los primeros tomaron distancia y también estrechan vínculos con el PRO, con la esperanza de que deje de exigir la liquidación local de las exportaciones, como hizo Carlos Menem en los 90. Mientras, el heredero del fundador del banco Macro, Jorge Pablo Brito, está más preocupado por su papel como presidente de River.

Eduardo Eurnekian organiza asados con Massa, pese a que con frecuencia charla de economía con Milei, como si este no hubiera dejado su puesto en Corporación América para asumir en la Cámara de Diputados. Más allá de su enemistad con el kirchnerismo, Paolo Rocca ha logrado buenos contratos con el gobierno actual y mantiene un excelente lazo con Massa, que cobija en su equipo a Marco Lavagna y otros ahijados políticos de su padre, Roberto, como Gabriel Rubinstein y Leonardo Madcur. Igual, casi todos los políticos pasan a pedir apoyo a Techint, pero pocos los consiguen. Hugo Sigman, cercano a Fernández, y Aldo Roggio, próximo a Macri, son otros a los que muchos dirigentes siempre imploran. En conversaciones reservadas con sus colegas, Francisco de Narváez o Teddy Karagozian admiten que preferirían una victoria de Massa, que aún esconde sus ambiciones presidenciales. Ven que el dirigente peronista con pasado liberal está enderezando el rumbo de un gobierno en el que, pese a todo, crecen la producción y el empleo, en contraste con el de Macri, y prefieren un candidato previsible que asegure el orden social antes que opositores que se llenan la boca con promesas de libertad y ajuste, según describen. Por su cargo actual, el ministro profundiza su diálogo con empresarios. Muchos de ellos preferirían al PRO, pero encuentran en el jefe del Palacio de Hacienda un político con el que pueden desplegar sus negocios. Eso incluye a bancos y aseguradoras.

Como funcionario porteño, Larreta también aceita desde hace casi dos décadas sus contactos empresariales, más allá de los habituales con contratistas de la ciudad en negocios como la basura, la construcción, los comedores escolares, el mantenimiento hospitalario y el alumbrado público. En eso le lleva ventaja a Bullrich, que igualmente está recuperando terreno y llenando su agenda de meetings con empresarios que la ven ganadora aunque ocultan su preferencia. Ella tiene en Dante Sica al hombre que le abre puertas en el establishment, pero igual enfrenta escollos para financiarse: por ejemplo, su entorno invitó a ejecutivos de una multinacional a un almuerzo con ella en el que debían pagar honorarios que excedían el costo del cubierto y la respuesta fue no porque se los impedía el “compliance”, el reglamento ético interno de las empresas extranjeras sometidas a legislaciones que en sus países de origen prohíben estas donaciones.

En cambio, Larreta le saca ventaja con el aparato de la administración de la ciudad y su robusto presupuesto publicitario, que le asegura el financiamiento de media campaña. En su objetivo de cosechar apoyos concretos del establishment, el intendente se vale de su hermano Augusto, su jefe de gabinete, Felipe Miguel, y empresarios como Nicolás Caputo, que busca reconciliarlo con Macri, y Edgardo Cenzón, que recaudó en la campaña presidencial de 2015. Caputo acaba de dejar el negocio eléctrico en Central Puerto y Edesur para concentrarse en la electrónica Mirgor, pero hay empresarios que lo ven como autor de un presunto pacto con el expresidente para que el ultra Waldo Wolff y el ex funcionario de gobiernos peronistas Martín Redrado se incorporen al gobierno porteño. Los que conocen al director general de la Fundación Capital recuerdan que él también es un experto en networking, desde funcionarios de Estados Unidos y la Unión Europea hasta empresarios, desde Cherñajovsky hasta banqueros de aquí y de Wall Street, pasando por muchos que financian su think tank. También presumen que habrá negociado su incorporación a cambio algún ministerio en un hipotético gobierno. Otros hombres de negocios fans del PRO consideran difícil que Caputo consiga un acercamiento entre Macri y Larreta, en parte porque el ex presidente no quiere que el PRO ceda la capital al radical Martín Lousteau, y entonces predicen una interna del jefe de gobierno porteño con Bullrich.

Sumando

A diferencia de Milei y su discurso antipolítica, Larreta busca sumar dirigentes. También entre los empresarios. Este miércoles se lo propuso a Antonio Aracre, que este fin de año deja el cargo de CEO de Syngenta y no sabe si dedicarse a la consultoría, aceptar el convite del jefe de gobierno porteño u otro similar de Fernández para integrar la administración nacional. En contraposición a otros máximos ejecutivos de multinacionales, que prefieren candidatos extremos que prometen reformas radicales con la esperanza de agrandar sus negocios, Aracre se inclina por los moderados como Larreta, el propio Presidente si buscase la reelección, Massa o De Pedro. Sólo le preocupa que el intendente de la capital venga reaccionando a las críticas por derecha con gestos hacia esa posición, como el ingreso de Wolff, en lugar de abrazar al centro. Otros ejecutivos también desconfían de Larreta por su afán de “acordar a cualquier costo” con tal de sumar apoyos políticos, aunque ellos le reprochan las inclinaciones hacia su pasado peronista, no hacia la inclusión de halcones.

Bullrich consigue respaldos sobre todo en la Mesa de Enlace, aunque también entre las empresas mineras. No obstante, la cadena agroindustrial está acercándose a todos los candidatos para presentar un plan para su sector, como el que intentó sin éxito en el gobierno de Fernández. Mientras tanto, más de un millonario que se había alejado de Macri después de la debacle de 2018 ahora se le acerca de vuelta, quizá para convencerlo de que es la mejor opción del PRO. Otros lo bancaron siempre, como Marcos Galperin o los Sielecki. De todos modos, ya no volverá a haber un 2015 en el que casi todo el establishment, salvo Rubén Cherñajovsky o Jorge Brito (padre), se encolumnó tras él. Ni por él ni por ningún aspirante.

Eso sí, hay un empresario jugado por el PRO y sin tapujos: Galperin. Volvió a vivir al país después de 13 años en 2015, fue fiscal de Juntos por el Cambio en 2019 y se fue en 2020 otra vez a Uruguay, con lo que inició un éxodo de millonarios que buscan no sólo tributar menos sino alejarse de tierras que ellos consideran “populistas”. “La democracia es para los chetos”, tuiteó la semana pasada el dueño de Mercado Libre, en un regreso a los comentarios políticos sobre la Argentina después de tres años de silencio y ante la amenaza de desacato a la Corte. En dupla con Martín Migoya, otro unicornio emigrado a la banda oriental del río de la Plata, son de los hombres de negocios más abiertamente críticos del kirchnerismo. Lo pueden hacer en parte porque sus números no dependen de la Argentina sino de una realidad global, que también presenta nubarrones de riesgo de recesión y que ya se tradujo en fuertes despidos en su sector, el tecnológico. Distinta es la situación de otros empresarios amigos de Galperin o Caputo, como Alejandro Macfarlane, dueño de la gasífera Camuzzi, que debe sentarse a negociar con el empoderado subsecretario de Hidrocarburos, Federico Bernal.

A Galperin, el mayor millonario de la Argentina, le da igual que el candidato sea Bullrich o Larreta con tal de que se logre un “mercado libre” que, según él, es la receta para bajar la inflación y la pobreza y mejorar la administración pública al tiempo que se respete la división de poderes. Pero espera que esta vez el cambio sea real. Es la misma postura de la mayoría de sus compañeros de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) o la de muchos CEO que integran la Cámara de Comercio de los Estados Unidos (Amcham, según sus siglas en inglés) en la Argentina. Algunos dudan del jefe de gobierno porteño porque consideran que su discurso antigrieta resulta imposible de realizar en una sociedad argentina con cada vez más fanáticos. Mientras, entre bambalinas, empresarios anónimos financian en redes sociales campañas a favor de la inversión y el empleo privados. Sintonizan en ese sentido con los mensaje que procura enviar el coordinador de comunicación del PRO, Rosendo Grobocopatel.

Milei, “raro”

Milei también multiplica sus encuentros con empresarios, siempre escoltado por su misteriosa hermana Karina. Incluso ha dialogado con Galperin y Rocca, según cuentan en sus filas. Los involucrados en los negocios de las offshore y las criptomonedas lo apoyan, aunque él aclara siempre que los criptoactivos, ahora en derrumbe, no podrán reemplazar nunca al dinero estatal porque carecen de curso legal forzoso. Por fuera de esos sectores, muchos también ven con agrado sus ideas libertarias, de dolarización, ajuste del gasto público y represión de piquetes, pero no los convence de que puede llegar a la Casa Rosada y lo consideran un “raro”, “muy disruptivo” o “con reacciones vehementes”, que expone pero no escucha.

Algunos predicen que Milei obtendrá el 10%. Otros hasta el 25%. En reuniones con ejecutivos, el diputado alega que no entiende por qué Juntos por el Cambio lo ataca tanto y argumenta, contra la opinión de sus interlocutores, que él le quita tantos votos a esa alianza como al peronismo y puede lograr desplazar a este de un ballotage. Milei se vende ante los empresarios como el hombre que puede reducir a tercera fuerza al movimiento fundado por Juan Domingo Perón hace 77 años, de los cuales gobernó durante 36, menos de la mitad. Pretende capitalizar el sentimiento antipolítica, el misma que movió a los 26 campeones del mundo a esquivar los saludos de Macri, Fernández y De Pedro. Corriendo de atrás, Manes, médico de muchos empresarios, pretende pelear el mismo voto pero sin confrontación. En cambio, el diputado libertario promete fierro. En sus citas con el establishment anticipa que traería policías de Estados Unidos e Israel a capacitar a los argentinos para disolver cortes de calles y rutas, entre otras tareas de represión.

La incertidumbre actual y sobre el futuro político argentino demora grandes decisiones de inversión. Ningún empresario se esperanza con una economía en ascenso a partir de 2024, más allá de oportunidades de negocios que abre el contexto global para la Argentina, como el litio o el gas. Quieren ver cambios para creer. No habrá cheque en blanco como se lo dieron a Macri en 2015. Un alto ejecutivo argentino radicado en el exterior lo advierte: “Juntos por el Cambio tiene altas chances de ganar y pocas chances de gobernar, con todas las medidas drásticas que hay que tomar en los primeros 90 días, con los gremios en contra, vemos un 2024 negro, no van a llover dólares, la comunidad internacional quiere ver al próximo gobierno y en el siguiente decidirá”.

Por Alejandro Rebossio – DiarioAr