Chubut Para Todos

El discurso de Arsenal y la lógica del escorpión

Según los estudios más sutiles de opinión pública, el electorado de la provincia de Buenos Aires  contiene alrededor de un 25 por ciento de personas que manifiestan  simpatías por Cristina de Kirchner, otro tanto que  ve con buenos ojos a Mauricio Macri y (un poco más) a María Eugenia Vidal y un amplio 50 por ciento que tiene objeciones sobre una y otra alternativa, conformando una ancha “avenida del medio” por  el seno de la cual circulan  Sergio Massa, Margarita Stolbizer y –últimamente-  Florencio Randazzo.

Para  esos analistas, ese cuadro configura un paisaje electoral  potencial de tres  tercios, antes que  una polarización entre los  dos cuartos (opuestos/complementarios) Kirchner-Macri.  Si esto se confirmara  el día del  comicio, la adjudicación de los tres senadores por el distrito (dos para la fuerza más votada, uno para la que llegue segunda) dependería de  diferencias  muy  estrechas. Un punto  de votación en más o en menos podría determinar  la presencia  o la ausencia en el podio. En la carrera por las senadurías –y también en la competencia simbólica- el que sale tercero, pierde.  En ese podio sólo caben dos fuerzas.

La ansiedad por conquistar esos puntitos decisivos es probablemente la  mejor  explicación para el cambio de estética que caracterizó el reciente  acto de la señora de Kirchner en Sarandí.  Incluso en  decadencia, ella conserva fuerza electoral  principalmente en el conurbano  más pobre, pero  necesita ampliar su alcance más allá del  techo  que por ahora le transmiten las encuestas.

Desde 2008, cuando lanzó su guerra  al “campo”,  el kirchnerismo tiene complicado el  panorama electoral en las zonas  más rurales de la provincia que, por otra parte, son  las que han recibido  estímulos económicos de la temprana  gestión del gobierno de Cambiemos. La señora busca, entonces, abrir una ventana en otro sector  que le fue remiso durante su gobierno: el de las clases medias urbanas. Calcula que  esos puntitos que pueden  evitarle un fatal  tercer puesto  (y, eventualmente, hasta garantizarle un triunfo) pueden provenir de los, sectores desplazados hacia los bordes inferiores de la clase media, víctimas del  ajuste  gradualista  del gobierno de Macri  que, por otra parte, no cuentan con  la red de  subsidios y ayudas que todavía morigeran la pobreza de los más vulnerables.

Despojarse  de  vínculos con  el justicialismo forma parte de esa especulación. Víctima y cómplice de interpretaciones sociológicas anacrónicas, la señora de Kirchner  estima que las restricciones que su gobierno encontró en  las clases medias  no se debieron a su política y su estilo, sino a que “las clases medias  son antiperonistas”. En virtud de ello, no quiere  excitar ese sentimiento que íntimamente comprende.

Se trata, claro, de una simplificación conceptual. En cualquier caso, ella se habrá reivindicado como abogada exitosa o como arquitecta reencarnada, pero  nunca como socióloga y  tampoco  pretende  (al menos por ahora) enamorar al conjunto de las clases medias urbanas: sólo quiere  desplazar hacia su costado un fragmentito bonaerense de ese sector para sumarlo al caudal electoral que le atribuyen las encuestas y ella considera  incondicional. Con eso le basta, cree, para ganar esta batalla. Para evitar una derrota.

El acto de Arsenal  representó un esfuerzo de diseño y contención en función de esa estrategia. Habrá que ver  cuánto tiempo se sostiene ese estilo en la campaña del Frente de Unidad Ciudadana creado y orientado por la señora de Kirchner.  La moderación,  una astucia táctica, como en el cuento del escorpión y la rana, quizás no  coincida a la larga con la naturaleza de la protagonista. Ni con su programa de fondo, que  implica la restauración  de su régimen y, como condición para ello, la desarticulación del sistema  político que empezó a conformarse a partir de la derrota del kirchnerismo.

La base de ese sistema  se detecta en  ese abigarrado 75 por ciento que registran las encuestas como  alejado u opuesto al continuismo K,  en las fuerzas políticas que  coincidieron en el Congreso para  sostener legislativamente la nueva etapa, en  toda una red de autoridades provinciales y comunales  que aspiran a fortalecer la gobernabilidad nacional y local.

Los errores oficialistas y  los obstáculos y demoras al establecimiento de  un programa de políticas de Estado de amplia base retienen al país en la condición de “economía de frontera”, un arrabal  del  que  Argentina no emergerá  con  puras tácticas electorales y mucho menos con  el fortalecimiento de la amenaza restauradora.

Por Jorge Raventos