Don Scalabri Ortiz define: “Soy más uno cualquiera que yo mismo” (El hombre que esta solo y espera). Gran libro, por cierto.
Es momento, creo yo, de empezar la reflexión que se posterga mezquinamente; esa necesaria recreación de pensarnos como Ciudadanos de una misma Nación. Es decir: pensar el proyecto País; pero todos juntos, sin que nadie se caiga del mapa. No se realiza esta reflexión partiendo de supuestos ideológicos, muchos menos, pragmáticos; se realizará, solamente, desde la honesta conciencia de sabernos ciudadanos.
Por eso es que la definición de Scalabrini llega a mi memoria; porque la aparente tristeza de la desesperación del Yo diluído en “uno cualquiera” dice mucho más del yo personal en relación con el otro, ese otro que da certeza al yo ausentado; pero que también es diluído por razones de la leguleya antipatía personal. De todos modos ese “otro” nos empuja a la reflexión, es quien nos interpela a la ubicación del tribunal inobjetabe de la conciencia personal.
Y es hora que dejemos el bombardeo habitual de la rutina mediática, de exteriorización de nuestras miserias íntimas, para dar lugar a ese Agora que se nos presenta real y concreto; aquel espacio-tiempo de la comunidad actualizada como pensamiento nacional; pero para esto resulta necesario un descanso y a la vez una resistencia mental ante la necedad y el capricho pequeño de los que detentan supuestos poderes mágicos.
Entonces el “uno cualquiera” muta en una desesperación inusual, muta en algo distinto en: “Yo, un don nadie”. Aqui lo ideal y lo pragmatico se estrellan con el muro de la Nada Misma. Scalabrini hablaba de otra cosa, pero dispara mil reflexiones aquella defición citada que da lugar a que yo, un don nadie , logre realizarme en una conciencia colectiva, común a todos y ajeno a ninguno.
Todo este rodeo solo pretende hacer una catarsis, casi terapeutica, en busca de expresar una contemplación cautiva de la desazón ante la realidad de la vacía idea de ser uno cualquiera. Porque ese Otro, razón de ser del Yo, exige, casi en silencio y oprimido, el bien común. Exige de mí lo que yo puedo, en el mejor de los casos, pretender de mí en relación a él.
Este Bien tan despreciado y esperado por todos es muy atendido por aquellos que, corrompidos, lo corrompen; pero suelen usar el instrumento casi quirurjicamente para mostrar su destreza en la gestión comunal. Vamos, es la politiquería el instrumento de estos que sobresalen mientras el resto espera, y desespera, en la sala social del “uno cualquiera”.
Vaya a saber alguno qué somos como comunidad!!! Ortega y Gasset enseña: la obligación de adoptar las ideas y gustos de los demás, y de todos.
La decadencia actual se encarna en la Nada misma, en la casta gestora y conductora de un Pueblo que ya no es masa, de un Pueblo que despertó una mañana con la certeza de la Alteridad… despertó de repente conociendo en el otro su ciudadanía, su razón social.
*Dirigente de Ser

