La dignidad no se cotiza: León XIV frente a la Ilustración Oscura
Lo que dicen Dilexi te y Magnifica humanitas, y por qué ofrecen un punto de apoyo para resistir.
Una aclaración antes de empezar, porque el rigor importa. León XIV, elegido en mayo de 2025, ha publicado hasta donde pudimos verificar una sola encíclica, Magnifica humanitas, firmada el 15 de mayo y presentada el 25 de mayo de 2026, y una exhortación apostólica, Dilexi te, firmada el 4 de octubre de 2025 sobre el amor a los pobres. La exhortación tiene menos rango doctrinal que la encíclica, aunque forma parte del magisterio. Leídas juntas, componen la respuesta más sistemática que hoy circula a la falsa filosofía que describimos como Ilustración Oscura.
Lo que dice Dilexi te
El texto, que Francisco dejó empezado y León XIV hizo suyo, parte de una premisa opuesta a la neorreacción: la pobreza no es destino ni castigo. Los pobres, dice, no existen por casualidad ni por un destino ciego. Hay estructuras de injusticia y sistemas económicos favorables a los más fuertes, y por eso la Iglesia debe comprometerse con las causas estructurales y no solo con la limosna. El documento retoma la expresión «dictadura de una economía que mata» para describir un mundo donde las ganancias de unos pocos crecen de manera exponencial y la cultura del descarte sigue vigente, a veces bien disimulada.
Y dedica un pasaje directo a la tesis que sostiene el edificio de la Ilustración Oscura. Rechaza la «falsa visión de la meritocracia» según la cual solo tendrían mérito quienes triunfaron, y critica los supuestos datos científicos que afirman que el libre mercado, por sí solo, sacará a la gente de la pobreza. Advierte incluso contra una mundanización de la propia Iglesia que busque acomodarse a las élites a cambio de privilegios. Es difícil imaginar una réplica más frontal al discurso de que quien no produce, sobra.
Lo que dice Magnifica humanitas
La encíclica trata de la inteligencia artificial, pero su materia es la que venimos discutiendo: el poder concentrado y lo que hace con los seres humanos. Afirma que la tecnología nunca es neutral, porque expresa los intereses de quienes la respaldan. Advierte que cuando el poder se concentra en pocas manos se vuelve opaco y esquiva el control público. Y sostiene que la IA tiende a amplificar a quienes ya poseen recursos, experiencia y datos, de modo que grupos pequeños pero muy influyentes pueden moldear la información, el consumo y los procesos democráticos en beneficio propio, socavando la justicia social. Es, casi punto por punto, el diagnóstico tecnofeudal de la tercera entrega, enunciado desde la teología.
Su respuesta no es técnica sino política: «desarmar» la IA, es decir, sacarla de la lógica de competencia armada, militar, económica y cognitiva, someter a las empresas a regulaciones estatales e internacionales y abrir la participación a las comunidades. Pide que la responsabilidad por las decisiones letales siga siendo humana, con trazabilidad y supervisión, un reclamo que vuelve intolerable la guerra convertida en flujo de datos donde lo procesado es un indicador. Y afirma algo decisivo: que una IA más moral no alcanza si esa moralidad la determinan unos pocos.
Lo más importante para este debate es, sin embargo, la antropología. La encíclica sostiene que la dignidad de la persona no depende de sus capacidades, de su riqueza ni de su posición social, ni de las decisiones acertadas o equivocadas que haya tomado, sino del hecho de existir. Y critica el transhumanismo y el posthumanismo porque tratan la enfermedad, la discapacidad, la vejez y la vulnerabilidad como obstáculos que hay que superar. La humanidad, responde León XIV, florece muchas veces a través de sus límites y no a pesar de ellos.
Pongamos ahora cada pieza de la serie frente a ese texto. Frente al «sobrar» del capital concentrado, la afirmación de que la dignidad no se gana ni se pierde por la utilidad. Frente al veto a la emergencia en discapacidad y a la mirada espartana que mide el ser por su rendimiento, una antropología que ve en la fragilidad una parte constitutiva de lo humano. Frente a «la justicia social es un robo», la tesis de que la justicia social tiene incluso una dimensión reparadora. Frente a «Si sos trapito vas preso», la insistencia en que los pobres no lo son por falta de mérito y en que hay que atacar las causas y no a las personas. Y frente a los tres votos de marzo, una encíclica que habla de nuevas formas de esclavitud y de una nueva cara del colonialismo que se apropia de los datos y de los minerales, y que, sobre la esclavitud histórica, pide perdón en nombre de la Iglesia por haber tardado en condenarla.
Sería deshonesto presentar a la Iglesia como un bloque ajeno a la historia que critica. Su relación con la conquista y la esclavitud fue cómplice durante siglos, y la propia encíclica lo reconoce. Tampoco hace falta compartir todo su magisterio, y muchos movimientos que hoy resisten el descarte discrepan con Roma en cuestiones de género o de derechos reproductivos. El argumento ofrece lo que la Ilustración Oscura necesita negar: un principio universal basado en valores humanitarios, éticos y morales.
Es, además, una voz que sale de nuestro suelo más de lo que parece. León XIV nació en Chicago, pero pasó buena parte de su vida como misionero y obispo en el Perú, hasta adoptar la nacionalidad peruana. El texto sobre los pobres retoma a Francisco, el papa argentino, y se apoya en una tradición latinoamericana que no nació en Roma sino en Medellín, en 1968, y en Puebla, en 1979, cuando los obispos del continente proclamaron la opción preferencial por los pobres. Esa tradición tuvo sus mártires: Enrique Angelelli en La Rioja, Óscar Romero en El Salvador, Carlos Mugica en Buenos Aires. El Sur global no recibe esa doctrina: la fundó.
Pero no hace falta ser creyente para ver lo que está en juego. La premisa de que la dignidad no se cotiza es el terreno común donde se encontraron los esclavizados de Haití, los redactores de la Declaración Universal de los Derechos del hombre en 1948 y los movimientos obreros y de derechos humanos de nuestra región. La Ilustración Oscura es el intento más audaz de nuestro tiempo por borrar ese terreno, y lo hace con la ventaja de estar financiada por quienes controlan los canales por donde circulan la información y el dinero. Las encíclicas no son un antídoto suficiente. Son un recordatorio de que el antídoto existe y de que lo construyeron, durante siglos, quienes estaban del lado de abajo.
La Argentina ofrece hoy una prueba concreta. Un Estado que veta la emergencia en discapacidad, un gobierno de ciudad que arresta a quien cuida autos y una cancillería que vota, junto a solo otros dos países, contra el reconocimiento de la esclavitud pertenecen a la misma familia de decisiones. La alternativa no es una nostalgia ni una consigna. Es una pregunta que cualquier persona, creyente o no, puede formular frente a cada ley, cada presupuesto y cada voto: ¿esto trata al ser humano como un fin o como un costo? Si la respuesta es la segunda, hay que decir con la claridad con que lo dijo el papa que ninguna ganancia vale lo que vale una vida.
Por Ignacio Stankewitsch

