El Presidente se refugia en Olivos mientras el humor social empeora, el oficialismo pierde la batalla en las redes y crecen las dudas sobre la sostenibilidad fiscal del modelo.
No importa dónde y cómo toma decisiones un presidente. Si jugando al golf como Menem, como Néstor y su cuadernito, o Milei encerrado en Olivos escuchando ópera o leyendo sobre teorías económicas. Lo importante es que el sistema de poder crea o sienta que el mandatario de turno sea consciente de las consecuencias de las decisiones que toma, o al menos, que sepa las que se toman en su nombre. Si la que baja el martillo en la política es Karina con los Menem, no es un punto. La cuestión es que haya algún tipo de conducción.
El Presidente, quedándose en la quinta, en un país de mal humor social acumulado de varios meses, permite que se disparen todo tipo de especulaciones sobre su estado emocional y su salud. No ayuda, sobre todo a los mercados, quienes se enteran de algunas cosas antes que el resto del mundo.
Sun Tzu dijo que el arte de la guerra es, sobre todo, una cuestión de impostura. Si estás débil, debés parecer fuerte, y viceversa. Si se instala un clima adverso, la tropa se desmoraliza, ya no lucha con el mismo ímpetu (cuando el Hada Patricia habla, es porque aguas trae) y se profundiza un círculo vicioso. Esto se está verificando particularmente en las redes, el territorio donde supuestamente los libertarios son fuertes. Sin embargo, como lo desarrollamos en la columna de la semana pasada, ahí también viene perdiendo batalla tras batalla. ¿Cómo debe desarrollar la guerra entonces? Por ejemplo, el gobierno de Morena en México, a sabiendas de que está en desventaja en la estrategia de aire –medios, redes– está supliendo esa deficiencia con su poder territorial: el viejo puerta a puerta (“lo viejo funciona, Juan”). Pero LLA no tiene estructura territorial y no cree mucho en ella: llegó al poder sin estructura, rémora del siglo XX. O Nokia vs. iPhone 17.
El Javo apareció esta semana para patear fuerte y al medio, de modo que a nadie se le ocurra que ya no es el de antes, que se emblandeció o que lo “psicopatearon”. Eso ayuda a marcar negro sobre blanco el debate político e ideológico en la Argentina, partiendo del supuesto –otra vez– del “no vuelven más”. Bastante de razón tiene al creer que este kirchnerismo pueda “volver mejor”. Pero claro, por ahí vienen otros que aún no conocemos. Como el propio Milei. “¡No, Fara, el electorado al final se polariza!”. ¿En serio? Porque en 2015 y 2023 apareció un tercero que rompió los esquemas previstos. Y una noticia peor: la franja “ni ni” se está agrandando. Ojo, porque donde hay una demanda, nace una oferta, parafraseando a Evita.
El clima adverso se sigue nutriendo de malas noticias, y las buenas no alcanzan a que cambie la onda. El boom exportador de 2026 y el crecimiento de junio –según el EMAE– donde minería aportó más que el agro, no sirven para tapar la caída de consumo masivo. El propio Bausili reconoció que se crece al 2 %, lejos de lo proyectado por el Gobierno y los organismos internacionales (que siempre arrancan arriba y van bajando a medida que pasa el año, algo así como cuando cantaban Los Chalchaleros). Una cosa que siempre genera expectativa es el Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella. Tuvo su segunda baja consecutiva –muy atenuada este mes– con incrementos en la situación macro y un poquito en las perspectivas futuras, pero con descensos en compra de bienes durables y la situación personal. Dicho índice al menos mejoró respecto a un año atrás. Para completar el cuadro, el viento global no viene a favor y el riesgo país volvió a instalarse por encima de los 500 puntos.
Frente a este entorno, esta semana el león volvió al “estamos mal, pero vamos bien” (“la foto sigue siendo horrible, pero la película es la mejor de la historia argentina”). A favor: sintoniza con la percepción negativa y les baja el precio a las estadísticas positivas, tratando de vender futuro. En contra: la mayoría de la opinión pública hace unos ocho meses que cree que “estamos mal y no creo que vayamos a estar mejor”. Es decir, la famosa frase de Carlos Menem sirvió para la primera mitad del mandato, pero al ganar con comodidad la elección de medio término, la expectativa social elevó la vara de exigencia, y ahora la realidad no cuadra. Tenemos un problema, Houston.
Cuando los problemas se consolidan, son más difíciles de darles vuelta. En este sentido, la inercia juega en contra del oficialismo. Pero el Gobierno no se queda de brazos cruzados. Sigue impulsando sus iniciativas en el Congreso, avanza con la reforma del Banco Central, continúa aprobando pliegos para el Poder Judicial, llega a un acuerdo con los gobernadores del norte por zona fría, y se apresta a negociar con el PJ alguna modificación a las PASO. Eso no va a modificar el clima de opinión pública, pero no está muerto quien pelea. El kirchnerismo puede escribir un tratado sobre eso (perdieron 2009 y 2013 en PBA, 2015, 2017, 2021, 2023 y 2025, y acá están…).
El propio Toto está preocupado porque la botonera no responde dentro de lo esperado. Entonces pide que la política no meta ruido, quizá para que no le echen la culpa de que algo no está funcionando bien. ¿Y si el problema no es la política, sino la economía? ¿Es cierto que el ministro sugiere cosas al Javo, que éste rechaza? Cada vez más economistas promercado, en reserva, dudan sobre la sostenibilidad del superávit fiscal. Éste cae en términos reales, entonces lo maquilla con las privatizaciones y se financia con los fondos fiduciarios. Nada que no hayamos visto en otros gobiernos de todo tipo de color.
Pero esta vez es distinto. Donde en el pasado se quedaron cortos Cavallo o Lavagna con sus candidaturas presidenciales, ahora tenemos a Milei y Kicillof, y se animan otros economistas como Melconian y Lacunza, además de un banquero, Brito. No es más la Argentina de los abogados. Es un país donde ganó una fórmula presidencial en la que ninguno de sus dos integrantes está en pareja conocida públicamente, ni tiene hijos, y a nadie le importa. Lo no habitual se destaca. Para bien y para mal.
Por Carlos Fara

