Chubut Para Todos

Es obvio que el presidente no está bien

Entre el discurso triunfalista y la realidad cotidiana de los argentinos se ensancha una brecha peligrosa. Del análisis psicológico de la autocrítica presidencial al pensamiento grupal en la Quinta de Olivos, una radiografía sobre el sesgo de confirmación, la manipulación de datos y las lecciones de la historia sobre los líderes que eligen gobernar aislados en su propia cámara de eco.

Es obvio que Milei no está bien. Es obvio que vive en una cámara de eco, donde la realidad le llega filtrada. Hay algo que está por debajo de sus provocaciones y hasta de sus cada vez más sorprendentes explicaciones sobre la Argentina: la distancia creciente entre el país que describe y el país que aparece cuando uno mira los datos, o el que viven en su día a día millones de argentinos.

El discurso del Council of the Americas de ayer puede ser leído como un nuevo capítulo de esa paradoja. Milei habla de una economía que funciona, de salarios que no caen, de un desempleo que no aumenta y de una sociedad que estaría recogiendo los frutos de su programa.

Pero antes de entrar en el contraste entre los datos y la realidad, hubo una frase de Milei en el Council of the Americas en la que merece detenerse, tanto por su contenido psicológico como por lo que revela políticamente: mientras explicaba el “ensañamiento” que, según él, recibe de sus críticos, sostuvo que podía coincidir con quienes lo odian.

Vamos a escucharlo:

“Me odio a mí mismo”.

En términos psicológicos, la autocrítica no es necesariamente un problema; al contrario, reconocer límites, errores y aspectos propios que generan rechazo puede ser una condición saludable para revisar decisiones. El problema aparece cuando esa frase convive con un comportamiento político que parece funcionar en sentido contrario: una enorme confianza en el propio juicio, dificultad para aceptar cuestionamientos y una tendencia a convertir al que contradice al líder en enemigo.

La investigación sobre liderazgo y personalidad encontró precisamente que determinados rasgos narcisistas pueden combinar una enorme seguridad personal con resistencia a la crítica, sobreestimación de las propias capacidades y menor disposición a escuchar asesoramiento externo. Incluso estudios sobre liderazgo muestran que cuando predomina la dimensión de rivalidad narcisista —la necesidad de imponerse y desvalorizar al otro— la efectividad del líder tiende a deteriorarse con el tiempo. Por eso la frase de Milei plantea una paradoja política: ¿cómo puede hacerle bien a la Argentina un presidente que dice odiar partes de sí mismo si esas partes terminan formando parte de las decisiones con las que gobierna a 47 millones de personas?

Un presidente no tiene el privilegio de equivocarse solamente consigo mismo: sus inseguridades, sus impulsos, sus certezas excesivas y su capacidad —o incapacidad— para aceptar una crítica terminan convertidos en políticas públicas. La autocrítica presidencial no debería consistir en decir “yo también me odio”; debería consistir en poder escuchar a alguien que le diga “esto que estás haciendo está mal” sin sentir que quien lo señala se convirtió automáticamente en un enemigo.

Su reaparición también generó comentarios sobre su tono de voz, su velocidad al hablar y su aspecto cansado. Es necesario ser prudentes: una apariencia no permite establecer ninguna condición médica ni habilita un diagnóstico. Pero sí es parte de la caracterización y el análisis.

Por eso resulta tan sugerente aquel momento en que Milei juega con distintas voces, cita a Borges de manera muy extraña y convierte su propia voz en una especie de personaje múltiple.

Es evidente que este hombre no está bien. Pero vamos al contenido de sus afirmaciones.

Obviamente es un gran logro de Milei la reducción de la inflación, pero está lejos de cumplir el objetivo de inflación de un dígito anual este año estará por arriba de 25% anual que fue el promedio de los gobiernos anteriores a Alberto Fernández. Pero por sobre todo la inflación a la que todos nos referimos es siempre la minorista, que sigue en agosto estancada en alrededor de 2% mensual y no en cero como se comprometió.

Veamos la promesa que había hecho Milei en diciembre del 2025.

MINORISTA, dice en el último fragmento, bien claro. Ahora vamos a otra declaración polémica.

Aunque el desempleo no se encuentra en niveles críticos, sí aumentó, y además se precarizó. Hubo un gran crecimiento de la informalidad y destrucción del empleo formal.

Los datos dicen que la desocupación pasó del 5,7% al 7,8% en la comparación que permite medir el cambio de régimen. O sea, aumentó alrededor del 20%.

Milei dice: “tampoco cayeron los salarios”. Los datos dicen algo bastante más complejo. Según el indicador del SIPA que el propio Gobierno privilegia, el salario real privado registrado llegó en marzo de 2026 a estar apenas por encima de noviembre de 2023, pero luego volvió a retroceder y en junio quedó 0,6% por debajo de aquel punto de partida. Y si se utiliza el Índice de Salarios del INDEC, Chequeado había calculado para febrero una caída real del 3,5% en el sector privado y del 18,3% en el público desde noviembre de 2023, con una pérdida del 8,9% para el conjunto de los salarios formales.

Según un informe de Equilibra, en junio el ingreso disponible registrado cayó 0,5% mensual y 6,9% interanual, mientras que el ingreso real registrado bajó 0,2% mensual y 4,1% interanual. La principal pérdida se concentró en los asalariados privados formales, cuyo ingreso disponible cayó 1,4% mensual y 6,6% interanual; además, el ingreso real privado retrocedió 0,9% mensual y 4,5% interanual.

Y si en lugar del salario aislado miramos cuánto dinero efectivamente queda después de pagar los gastos obligatorios, la fotografía se vuelve todavía menos amable. El ingreso disponible quedó 16,9% por debajo del promedio de enero-septiembre de 2023, mientras que el ingreso real se ubicó 10,9% por debajo de ese período.

La afirmación de Milei de que “sacamos a 14 millones de personas de la pobreza” es una de las mejores muestras de cómo el presidente transforma un dato real en una conclusión engañosa. La pobreza efectivamente bajó: el INDEC registró 28,2% en el segundo semestre de 2025, contra 41,7% en el segundo semestre de 2023, lo que equivale a unos 6,2 millones de personas menos en la pobreza respecto del momento en que Milei llegó al poder, no 14 millones.

Los 14 millones aparecen cuando Milei toma como punto de partida el pico de 52,9% del primer semestre de 2023, cuando la pobreza alcanzó niveles extraordinarios después de la devaluación y el salto inflacionario inicial, y lo compara con el 28,2% posterior. Después llega la parte más extraordinaria del discurso: la natalidad. Milei volvió a responsabilizar a los “pañuelitos verdes” y a la legalización del aborto por la caída de los nacimientos.

Veamos, al respecto, unas recientes palabras del Papa León XIV, sobre las contradicciones de quienes se dicen “provida”, pero apoyan, por ejemplo, la pena de muerte o el trato indigno a los inmigrantes.

El problema es que la cronología destruye la explicación presidencial: los nacimientos vienen cayendo desde 2014, mientras que la ley de interrupción voluntaria del embarazo fue aprobada a fines de 2020 y comenzó a regir en 2021.

Es más: los estudios recientes de Naciones Unidas ofrecen una explicación radicalmente diferente. El UNFPA informó este mismo mes que la tasa global de fecundidad argentina cayó a 1,2 hijos por mujer y que el 57% de las personas de entre 18 y 45 años todavía no tuvo la cantidad de hijos que hubiera deseado. El 62% de los casos en que las personas tuvieron menos hijos de los deseados está asociado a condiciones económicas y de cuidado. Es decir, la gente no necesariamente está renunciando a tener hijos porque haya ganado una batalla cultural del pañuelo verde: muchas veces no puede hacerlo porque no puede pagarlo. Porque el rumbo económico del Gobierno no se lo permite.

La paradoja es que Milei tiene razón en una cosa: la Argentina enfrenta un problema demográfico serio. Un informe elaborado por el Ministerio de Salud, UNFPA y BID advierte que la baja fecundidad y el aumento de la esperanza de vida están acelerando el envejecimiento poblacional y que durante los próximos años comenzará a aumentar la relación entre población potencialmente dependiente y población activa. El problema existe. Lo que no existe es evidencia para reducir semejante transformación histórica a una explicación ideológica sobre los “pañuelos verdes”.

Esta distancia entre discurso y realidad tiene antecedentes argentinos. Carlos Menem prometía en 1996 que desde una plataforma ubicada posiblemente en Córdoba podrían despegar naves hacia la estratosfera y permitir que desde Argentina se llegara a Japón o Corea en una hora y media.

Fernando de la Rúa tuvo su propio momento de desconexión: en abril de 2001, mientras el riesgo país se disparaba y los mercados estaban convulsionados, pedía no hacer caso a los “rumores pesimistas” y aseguraba: “Estamos bien, marchando bien”. Meses antes había presentado el blindaje financiero como una plataforma para el despegue y el crecimiento.

Otro caso fue el de Eduardo Duhalde. Durante la crisis de 2001, cuando estaba al frente de un país al borde del colapso, contó que llegó a tener una experiencia perceptiva que hoy él mismo describe como una alucinación: estando en la Quinta de Olivos le preguntó a su esposa, Hilda “Chiche” Duhalde, si veía un río con peces saltando; ella le respondió que allí no había ningún río y, según su propio relato, inmediatamente llamaron a los médicos. Duhalde explicó que estaba sometido a una presión psicológica enorme y llegó a decir que “la psiquis les juega una mala pasada a los que están en estrés permanente” y que “la función pública desgasta”.

Hay incluso una referencia histórica mucho más extrema: Nicolás II y Alejandra, en los últimos años del Imperio ruso, rodeados por una corte cada vez más aislada y por una red de influencias que reforzaba su propio universo.

Trotsky, en su “Historia de la Revolución Rusa”, presenta a Nicolás II como un monarca incapaz de comprender las fuerzas históricas que estaban transformando a Rusia en medio de la revolución. El diario personal del zar, centrado en paseos, comidas, baños y actividades cotidianas mientras el país atravesaba profundas convulsiones, era la mejor prueba de su desconexión con la realidad. Su debilidad personal, paradójicamente, no redujo la violencia del régimen: la convirtió en una crueldad pasiva y defensiva frente a un proceso histórico que no podía comprender ni controlar.

La zarina Alejandra aparece como el complemento de ese carácter abúlico. Más firme y decidida que su marido, defendía con fervor la autocracia, rechazaba cualquier concesión a la Duma (parlamento) y presionaba al zar para que gobernara con dureza. Aislada del país y aferrada a la religión y la superstición, terminó convirtiéndose, junto con Nicolás II, en el centro de una corte cada vez más cerrada y desconectada.

En ese ambiente adquirió enorme influencia Grigori Rasputín, presentado como un enviado de Dios y convertido en intermediario entre la zarina y el poder político. Rasputín no fue la causa de la crisis del régimen, sino su síntoma más visible: una monarquía aislada y aterrorizada que, incapaz de adaptarse a una sociedad en transformación, terminó refugiándose en una camarilla palaciega cada vez más degradada.

El estrés del poder puede producir respuestas aparentemente opuestas. En algunos gobernantes se expresa como una especie de vertiente maníaca: hiperactividad, grandilocuencia, discursos interminables, enemigos por todas partes, proyectos gigantescos y la sensación de estar protagonizando una transformación histórica.

En otros puede aparecer como repliegue: aislamiento, encierro, desaparición de la escena pública, concentración de las decisiones en un círculo cada vez más pequeño. No hace falta diagnosticar a nadie para reconocer que ambas dinámicas pueden ser políticamente peligrosas cuando reducen la capacidad de un gobernante de recibir información que contradiga sus propias convicciones.

La nueva tapa de Noticias sobre el encierro de Milei en Olivos puede funcionar justamente como imagen de esa cámara de eco. El presidente detrás de las paredes de la quinta; afuera, un país que habla de salarios, empleo, deuda, consumo, tarifas y futuro. Y adentro, las voces que le repiten que la película es extraordinaria aunque la propia fotografía, según sus palabras, todavía sea “horrible”. La metáfora no necesita exageración: cuanto más se aleja el poder de las preguntas externas, más importante se vuelve escuchar las preguntas que todavía llegan desde afuera.

Existe una teoría clásica para explicar este fenómeno: el groupthink o pensamiento grupal, un concepto desarrollado por el psicólogo Irving Janis. Al estudiar decisiones como la invasión de Bahía de Cochinos por Estados Unidos, Janis observó que incluso grupos integrados por personas inteligentes pueden tomar decisiones desastrosas cuando la cohesión interna se vuelve más importante que el cuestionamiento.

En 1961, el presidente estadounidense John F. Kennedy y su equipo evaluaron un plan para invadir Cuba mediante una fuerza de exiliados cubanos entrenados y apoyados por Estados Unidos, con la expectativa de que la población local se sumaría a la rebelión contra Fidel Castro. La operación terminó en un fracaso rotundo: el desembarco en Playa Girón fue rápidamente derrotado y dejó en evidencia que muchas de las premisas sobre las que se había construido el plan eran equivocadas.

Lo que interesó a Janis no fue simplemente el error de cálculo militar, sino cómo un grupo de personas altamente capacitadas pudo avanzar hacia una decisión tan riesgosa sin cuestionar suficientemente sus supuestos. Según su análisis, dentro del círculo de Kennedy operaron mecanismos de groupthink: la presión por mantener la cohesión, el exceso de confianza y la tendencia a minimizar las advertencias externas hicieron que las objeciones fueran insuficientes para frenar una decisión que terminó en desastre.

El mecanismo suele repetirse: certeza moral, eliminación del disenso, autocensura, ilusión de unanimidad y decisiones cada vez menos contrastadas con la realidad. Pero hay un mecanismo todavía más interesante: la paradoja informativa del poder. Cuanto mayor es la capacidad de un gobernante para castigar a quien lo contradice, menor puede ser su capacidad para conocer lo que realmente ocurre.

Al principio, el líder aparta al crítico porque lo considera incómodo; después, los demás aprenden la lección y ya no hace falta expulsar a nadie: comienzan a autocensurarse. Finalmente, el líder termina escuchando exactamente aquello que quiere escuchar y, paradójicamente, el hombre aparentemente mejor informado del país puede convertirse en uno de los peor informados.

La Argentina no necesita un presidente que vea todo negro ni uno que vea todo color de rosa: necesita uno capaz de distinguir entre sus deseos y los hechos. La historia enseña que ningún gobernante puede permanecer indefinidamente aislado de los hechos sin que, tarde o temprano, sean los hechos los que terminen golpeándole la puerta.

Por Jorge Fontevecchia - Perfil

Día 982: Es obvio que el presidente no está bien | NET TV