Image default

Yo también quiero ser presidente

Deseos inexplicables de la clase política.

En los últimos tiempos, una encuesta vocacional podría informar que el oficio de Presidente de la República figura bien ubicado entre las preferencias, si quienes diseñaron la encuesta tuvieran la precaución de sumarlo a las alternativas. Incluso es verosímil que las respuesta a favor de “presidente” superen las de quienes optaran por “millonario”. Por supuesto, es una encuesta inútil y nadie gastará plata en llevarla a cabo. Pero se me ocurre como imagen de las ambiciones políticas que se disputan el primer plano de la larga y repetitiva película argentina.

Facundo Manes fue uno de los primeros recién llegados que expresó con franqueza el deseo presidencial. En cuanto le acercaron algunas encuestas creyó que se le abría el camino. Pero aunque Manes se anticipó a muchos, hoy no es el único que se conduce como un plausible candidato a jefe de Estado. Lousteau se anotó en esa carrera.

Bien pensado, si Macri pudo ser presidente sin tocar ningún privilegio, ¿por qué el cargo le quedaría grande a quien en el 2008 anunció una nueva escala de retenciones a la soja? Lousteau tiene 51 años, una edad adecuada, ni demasiado joven ni cerca de las puertas de la vejez. Tiene un sólido álbum de títulos académicos emitidos por instituciones prestigiosas que no suelen regalarlos. Sobre las retenciones no puede emitirse un juicio sumario, porque en aquel marzo del 2008, los sojeros estaban en condiciones de aportar al Tesoro, y se alzaron contra las retenciones porque una cultura fuertemente antimpositiva legitimó que quienes más ganaban en ese momento se sintieran expropiados, como si hubiera llegado una administración maximalista.

Traigo estos recuerdos ya pretéritos y podría seguir mencionando los escalones de su carrera de funcionario. Lousteau no es, a diferencia de Manes, un recién llegado. Esto no lo vuelve mejor. Pero, si me atengo a lo que caracteriza la política en los países más o menos normales de Occidente, la experiencia burocrática en el gobierno es un rasgo apreciado, cuando no indispensable. Quien desconfíe puede repasar las carreras del presidente de Estados Unidos o de Angela Merkel, hoy retirada con todos los honores.

En América Latina, una larga historia nos ha acostumbrado a tener presidentes sin carrera política, porque hemos padecido dictaduras donde las cosas no se definen por el saber ni la experiencia sino por el poder de fuego de los candidatos o su capacidad para movilizar seguidores. Pero también les ha ido muy mal a presidentes que tenían todas las calificaciones. Basta mencionar a Raúl Alfonsín, un hombre inteligente, prudente pero no timorato, gran orador, formado en todas las internas radicales que no lo convirtieron en puntero ni prestidigitador de manipulaciones, sino en respetado jefe político.

Berni, ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires en el gabinete de Kicillof (cosa veredes Sancho), que en un lejano diciembre marchó, como insurrecto, sobre Plaza de Mayo, hoy declara, siguiendo todas las reglas y con buen tono, que quiere ser presidente. Y, reforzando el camino elegido, declara también que se ha alejado mucho de Cristina Kirchner, como lo hizo saber en la mesa de Juana Viale, adecuado lugar para iniciar una campaña, si vamos al caso. Sacudirse el cristinismo de la solapa es un ademán que veremos repetirse. La razón no proclamada pero obvia del ministro bonaerense es que no fue distinguido con una candidatura a diputado. Por eso, se confiesa dispuesto a competir por una candidatura presidencial en el 2023. Y santas pascuas.

Despoblar y escenificar. A la expresidente se le está despoblando el batallón de leales. La gente es leal mientras se demuestre que el poder está realmente en manos de quien recibe su lealtad. Así es la política, sobre todo en un país donde los grandes partidos se han convertido en plataformas de aterrizaje donde coexisten hombres y mujeres de las más diversas convicciones.

Tales cosas suceden cuando lo que ha tenido lugar es la crisis de los partidos. Fueron vilipendiados como máquina de favores y engranajes ultra burocráticos. Sin ellos, tenemos estas plataformas, donde cada cual calcula las ofertas antes de empezar un diálogo que tenga que ver con las ideas, los programas y la política. De todas formas, ya se ha repetido hasta la fatiga intelectual que las ideologías han muerto y que ha llegado el momento práctico.

También es el momento de las puestas en escena. Rodríguez Larreta se fue a Luján acompañado por su gabinete, para retirarse a una casa que, a falta de una, tiene dos capillas. Pero Alberto Fernández se adelantó a todos. Con el patetismo que tienen las imitaciones realizadas por actores desparejos, su gesto imita el de Alfonsín cuando anunció el proyecto de mudar la Capital a Viedma. Pertenece a ese tipo de iniciativas que aspiran a pasar a la historia, aunque luego se archiven en la carpeta de las salidas decorativas pero impracticables. Piénsese en el presupuesto de tal mudanza. Sería un gran momento para que la dirigencia sindical de los trabajadores estatales se incorpore activamente a la discusión sobre los recursos para tal desplazamiento gigantesco (una especie de transporte escenográfico que incluye personas y familias).

Gran momento también para que algunos gobernadores declaren, como lo hizo Capitanich, que un lugar ideal para el traslado sería el Chaco. Ideal sin duda para un modelo de la arquitectura egipcia cuyo monopolio se atribuyó Cristina en sus buenas épocas. Después, con el edificio del Congreso y la Casa Rosada sin ocupantes, se podría ofrecer sede a un futuro museo de las ilusiones nacionales.

Es triste decirlo, porque la comparación de Alfonsín con Alberto Fernández en todos los demás aspectos es inapropiada. Imitar aquel gesto de los años 80 refleja un momento de debilidad y no de fortaleza. Se intenta encontrar un nuevo comienzo a la simple inconclusa y modesta epopeya doméstica.

Algo bueno debía suceder, de todas formas, en este fin de año. No se produjeron saqueos en supermercados. No se repitió diciembre del 2001, quizás porque la prensa y muchos políticos repitieron una advertencia: debemos aprender de esas violentas jornadas históricas, y no volver a ellas como modelo. D’Elía las evocó como las “más fenomenal insurrección continental contra la instauración neoliberal”. Como muchos otros, olvidó mencionar que fue Eduardo Duhalde quien pudo contener la ira de los saqueos y las cacerolas. Duhalde es el protagonista más olvidado de este pasado reciente.

Este somero relato impone una pregunta: ¿por qué, en un país aplastado por la deuda externa y la deuda social, se abrió la lista de los que desean la presidencia? La ambición política es una respuesta demasiado sencilla. En cambio, no es sencillo conocer qué harían realmente esos candidatos si uno de ellos llegara al gobierno. Algunos no tienen destino, otros no tienen programa, y el programa de otros es agresivo para quienes más han sufrido en estos años.

Por Beatriz Sarlo – Perfil