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Y un día mi marido salió del clóset

Luego de que, hace unos meses, la Justicia de Rosario anulara un matrimonio porque el esposo le ocultara a su esposa que era gay, nos hacemos la pregunta, ¿es posible no recibir ni noticias durante tantos años de ser gay o lesbiana? ¿Por qué, en pleno siglo XXI, seguirse ocultando?

Y un día llegó con un nuevo amigo a comer, compañero del “gimnasio”, dijo. Otro día se quedó a dormir en su casa. Otro día ella, sospechando de qué algo pasaba, le revisó el teléfono y ahí se confirmó la sospecha: “mi marido es gay”.

Esta escena aún ocurre en este siglo XXI, donde pareciera que el clóset está entreabierto y solo basta un empujón para “patear” la puerta y abrirlo del todo. Sin duda, la represión, el miedo, la creencia de que es solo un deseo pasajero, la imposibilidad de romper con las normativas sociales, la vergüenza de encarar a pareja, familia, amigos, etc., aún pensan mucho. Para estos hombres el panorama de la verdad es desolador y deciden ocultarla, a costa de sufrir.

Deseo y orientación

El deseo sexual no se elige, se construye con la subjetividad, como un aspecto central que orientará en un futuro las motivaciones amorosas y eróticas. La elección será la manera de llevarlo adelante, de visibilizarlo u ocultarlo, de guiar los modelos de conquista, los proyectos personales y vinculares, las diferentes maneras que tiene la sexualidad de intervenir en nuestra vida. Por lo tanto entendemos que el sexo es un determinante de “lo natural”, sin embargo la sexualidad es diversa, nos comprende como seres humanos en toda su dimensión.

La heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad o la pansexualidad son distintas orientaciones del deseo y la atracción. En las personas estas orientaciones suelen ser congruentes con sus deseos y sus elecciones de pareja, pero en otros casos, el deseo no condice con la orientación que se muestra, como ocurre cuando una persona quiere estar con alguien del mismo sexo y no se lo permite, es más, hasta puede reaccionar con conductas homofóbicas.

Quisiera aclarar que todos podemos tener deseos homosexuales sin que esta orientación esté definida en la sexualidad. Estos deseos pueden aparecer en diferentes etapas de la vida, ser despertados por el contacto con el otro de mismo sexo, etc., hasta se puede concretar en un contacto sexual, pero en estos casos, el deseo homosexual será transitorio e indica la versatilidad del mismo. No obstante, el deseo puede quedarse (en realidad estaba reprimido) y comienza a pulsar en el interior buscando algún modo de salida.

El deseo como parte de uno mismo

Cuando el deseo homosexual aparece y se instala en el sentir de la persona, miles de imágenes aparecen en la mente: “¿qué hago?” “¿cómo hago para saciarlo?”, “¿lo comparto?”, “¿seré homosexual o bisexual?”, “¿cómo hago para vivir con esto?”. En algunos hombres el deseo homosexual aparece en la adolescencia y “aprende” a ocultarlo, con algún escarceo sexual ocasional, a veces marginal, sin que esto sea cuestión de conflicto, amparándose en el “soy macho y lo meto en cualquier agujero” (aunque sea él el penetrado). En otros hombres el deseo homosexual es cada vez más fuerte, no solo en lo sexual, sino en la aparición de afecto, amor, ganas de estar con ese otro ser que movilizó las estructuras defensivas hasta hacerlas caer. Y ahí viene el dilema, ese conflicto insomne que perturba y al mismo tiempo apura a una rápida resolución.

¿Qué hacer?

Cuando el deseo y la orientación homosexual aparecen y se configuran como una verdad sin vueltas en un hombre en “apariencia” heterosexual, la salida del clóset es la conducta más saludable. La congruencia entre el deseo, la orientación sexual y la proyección amorosa alinean las motivaciones de desarrollo y alimentan la estima.

Seguramente, antes poner en palabras la verdad, habrán ocurrido numerosos acercamientos al mismo sexo: levantes callejeros, contactos por las redes sociales, interés solapado por el “mundo gay”, concurrencia furtiva a algún boliche “de onda”; hasta que aparece la posibilidad de amar o de conectarse de una vez por todas con esa verdad oculta. No se puede vivir en el medio, tironeado por dos deseos dispares, porque será uno el más débil (sostenido por las convenciones sociales y el miedo), el otro más fuerte (transgresor, desafiante, pero con una carga de verdad intrínseca). Será, parafraseando a la maravillosa nouvelle de Marguerite Yourcenar “un inútil combate”.

Por el doctor Walter Ghedin, médico psiquiatra, sexólogo, autor de la obra “La Vagina Enlutada”, que podrá verse desde domingo 4 de septiembre, todos los domingos a las 20:15 hs, en el teatro El Tinglado de Capital Federal.