Chubut Para Todos

“¿Usted no piensa separarse?”: la decisión más difícil de una madre de tres nenas y una segunda oportunidad con un alma gemela

Elena creyó que el amor profundo que sentía por Martín alcanzaba para todo, hasta que la realidad se impuso y la obligó a mirar hacia adelante. Nunca imaginó que su historia podía tomar otro rumbo

“Soy de las que cree que todo está escrito en alguna parte del universo, como un diario que alguien viene redactando desde hace miles de años para cada uno de los seres humanos que habitamos esta tierra. Mi historia quizás es parecida a muchas otras, pero no es igual. Me casé en los años 80, a los 23, con el amor de mi vida. Estaba segura de que el matrimonio era para toda la vida. Claro que toda la vida es mucho tiempo…”.

Miedos irracionales y un diagnóstico

Elena es de zona Oeste. No quiere especificar barrio. Conoció a quién sería su primer marido, Martín, en uno de los bailes que hacían en el colegio secundario para juntar dinero. Le gustó, pero no se vieron más durante un año. Volvieron a cruzarse en un boliche. Ella tenía 16, él 18. Comenzó un buen noviazgo que duró siete años. En ese tiempo Elena terminó el secundario y Martín encontró trabajo. Ella pensó en estudiar, pero como él no lo hacía, no quiso hacerlo sentir menos.

“Soy del 57. Ya cumplí 69 años. En esa época pensabas distinto a cómo son las cosas hoy. Por inexperiencia creí que si estudiaba lo iba a hacer sentir mal”, aclara Elena.

Durante el noviazgo Martín tuvo un episodio puntual de ansiedad: “Hoy lo llamaríamos ataque de pánico. En ese momento lo atribuimos a que a él le tocaba ser sorteado para el servicio militar y eso lo había asustado. Al final, sacó número bajo, no le tocó. Fue algo puntual, que pasó de largo sin que le diéramos mayor importancia”.

Llegó el casamiento y la luna de miel. Habían sacado pasajes para ir a Uruguay. No pudo ser. Después de la fiesta, Martín tuvo otro ataque de ansiedad y no hubo manera de convencerlo para ir.

Elena reconoce: “Fue duro. Sucedió de golpe. Ya teníamos 23 y 25 años. No viajamos. Poco después él comenzó con terapia para ver de dónde venían sus miedos irracionales. Yo estaba muy, pero muy enamorada. Al comienzo no lo noté tanto, pero con el tiempo empezó a tener, también, delirios persecutorios. Un día, por ejemplo, salimos y él me decía que nos estaban siguiendo. Me lo creí y me asusté. Con los días me di cuenta de que eso no era algo normal, estaba paranoico. Se lo conté a su familia y todos entramos en modo alerta”.

El psicólogo se completó con un psiquiatra. Comenzó un tratamiento con medicación y Elena escuchó, por primera vez, su diagnóstico: esquizofrenia paranoide.

“Le fueron ajustando la medicación y tuvo períodos espectaculares. Así que yo no tomé verdadera noción del problema. Si no había nada que lo estresara, él estaba muy bien. Se estabilizó totalmente y siguió trabajando. Estábamos bárbaros y seguíamos super enamorados cuando llegó mi primer embarazo. Fue evidente que enseguida se desestabilizó. ¡Aparecía una responsabilidad y a él se le disparaba su trastorno mental! Un día de esos no quiso ir más a trabajar y volvió con sus miedos. Decía que lo vigilaban. Estuvo seis meses de licencia y después tuvo que renunciar. Tuvieron que ajustar lo que tomaba”.

Nació la primera hija de la pareja. A Elena, que trabajaba todo el día en una empresa, para que él tuviera algo que hacer y aportara a la casa, se le ocurrió poner un almacén en la planta baja de su casa. Martín lo atendía. Su madre y su suegra la ayudaban con su hija. Él volvió a ser el de siempre y las cosas retomaron su curso. Pero tres meses después una nueva noticia sacudió los laberintos mentales de Martín: Elena estaba de nuevo embarazada.

“Martín recayó una vez más. Y yo otra vez a tratar de recomponer la relación. Encima, una noche entraron a robar el almacén. Lo desvalijaron. Se puso muy mal. Eso hizo que yo decidiera cerrar el negocio. Martín empezó un curso de mecánica para ver qué podía hacer. Cuando nació mi segunda hija, él iba y venía con sus estados de ánimo pero con la terapia y la medicación, que se la iban cambiando, mejoró. Con dos socios abrió un negocio de mecánica y yo estaba feliz”.

Habían vuelto una vez más a la vida corriente.

“Pero el desequilibrio estaba ahí, latente. A los dos años Martín empezó a decir que sus socios le robaban. ¡Habían vuelto los delirios! Te resumo: cerramos el negocio y, por infinitésima vez, dejó de trabajar. Mi suegra y mi madre seguían ayudando. Estaba enamorada de Martín, pero la carga había ido desgastando ese amor. ¡La enfermedad es en sí muy desgastante! Entre psiquiatras, medicamentos, momentos de dudas, problemas económicos y mucha rabia por no entender lo que pasaba, siguieron transcurriendo los años”.

Un día la psiquiatra de Martín la llamó para verla. Le preguntó sin anestesia: Usted, ¿no piensa separarse?”.Elena recibió la frase como un balde de agua helada y le respondió: “¿Por qué me dice eso?”. La profesional le explicó que bueno, que de esa enfermedad su marido no se iba a recuperar, que era muy triste una vida así. Elena respondió seca: “Por ahora, eso no está en mi cabeza”.

Pero desde entonces, de alguna manera, lo estuvo.

La decisión que no quería tomar

“Martín era muy bueno y cariñoso, siempre me quiso. Jamás un gesto feo. Pero ver su deterioro sin poderlo evitar de ninguna manera resultaba muy doloroso. Él seguía sin trabajar y ahí es que yo me empecé a plantear, con mis chicas en primaria, si no debería separarme. Mientras no tuviera situaciones que le provocaran estrés, parecía estar bien. Al punto que, si yo no hubiera sabido lo que tenía, podría haber pensado que era un cómodo. Yo lo pinchaba para que saliera a hacer algo y él me decía que lo iba a hacer, pero no hacía nada. El verano de 1994 mi cuñada se fue de vacaciones y nos dejó su casa con pileta para que la cuidáramos. Nos instalamos y fue ideal porque las chicas disfrutaron mucho del jardín y el agua. Fue un mes en el que él fue el mismo que yo había conocido, del que me había enamorado. Además, teníamos tiempo para estar juntos porque las chicas eran más grandes. Empecé a fantasear con estudiar algo que me diera placer. Tan bien estuvimos que al terminar ese mes estaba de nuevo embarazada. Fue un shock porque no me lo esperaba. Así fue que apareció nuestra tercera hija que vino a llenar de alegría y de amor todos los momentos. Justo en mi trabajo estaban haciendo un edificio y necesitaban a alguien que lo cuidara. Le dije a Martín y aceptó. Era una oportunidad. Estaba contento, pero como siempre la cosa duró unos pocos meses. Al tiempo apareció el pánico con sus miedos. La cosa no anduvo. Esta vez mi cabeza hizo un clic diferente. Ya no pensaba que iba a poder cambiar y con tres hijas, la menor de un año, no daba más. Yo le había anticipado que para mí era importante que el trabajo funcionara y cuando no anduvo le dije directamente que se había acabado. Que me iba. Busqué departamento y me fui con mis tres hijas sin llevarme nada de la casa. Podía pagarlo, yo ganaba muy bien, y no quería perjudicar a Martín que era el que tenía problemas. Mi hija menor había llegado para abrirme los ojos. No quería que ella pasara su infancia viendo a su padre sentado en una silla sin hacer nada productivo. Fue la decisión más difícil que tuve que tomar en mi vida. Dudaba. Tenía temor a arrepentirme. Pero lo cierto es que mi vida ya no era vida. Me apoyaron las dos familias. La mía y la de Martín. Entendieron perfectamente. Él estaba anímicamente mal, pero su familia lo contuvo y siguió adelante con su terapia. Mis hijas nunca dejaron de ver a su padre, él venía a visitarlas cada vez que quería a mi nuevo departamento. Las chicas veían la enfermedad, pero nunca nos sentamos a hablarlo hasta después de nuestra separación. Sé perfectamente que si Martín no hubiera estado enfermo yo hubiera pasado toda la vida con él. Extrañaba esa persona que había sido”.

La vida se encarriló con cada uno en su casa y en paz. Hasta que las circunstancias económicas cambiaron. En el 2001 el país convulsionó y Elena perdió su trabajo. Eso la hizo replantear las cosas. Tuvo que dejar el alquiler. La madre de Martín había muerto y ese departamento estaba alquilado. Martín se ocupó de recuperarlo y se mudó allí mientras Elena volvió a la vieja vivienda familiar. Ella vivía arriba en el primer piso; Martín, abajo.

Enseguida Elena volvió a conseguir un trabajo y una vez más fluyó la vida.

Un segundo gran amor

El tiempo siguió corriendo: las hijas crecieron y Elena pensó que había llegado el momento de pensar un poco en ella. Después de diez años sola, en el 2006, comenzó a preguntarse si podría conocer a alguien.

“Con 49 años todavía me consideraba una mujer joven y podía disfrutar un poco de la vida”, reflexiona al recordar esa etapa, “Empecé a indagar en las aplicaciones de citas que recién se ponían de moda. Una de ellas era Cupido Net y todo era por mail. Creé mi perfil y comenzaron a llegarme montones de correos de hombres que querían conocerme, saber de mi vida, a qué me dedicaba, qué buscaba”.

Fue entonces que apareció en la vida de Elena alguien llamado Jorge.

“Después de varios mails de ida y vuelta, en el transcurso de un mes, sentí que este hombre insistía mucho en conocerme y decidí no responderle más. No terminaba de acostumbrarme a esa modalidad de conocer a alguien. Tenía 53 años, trabajaba en una papelera y estaba recién separado. Eso me hacía dudar. Un recién separado por ahí lleno de conflictos. Por mail estaba bien charlar pero ¿conocerlo en persona? No tenía ganas. Siguió insistiendo y se lo conté a una amiga que me dijo: Pero ¿por qué no te tomás un café con él y lo conocés? Así que al final le respondí y el 12 de mayo del 2006 pusimos un lugar de encuentro, a la salida de mi trabajo, a las cinco en punto de la tarde. Yo llegué y él ya estaba ahí. Lo reconocí de inmediato porque me había mandado fotos por mail. Me agradó su forma de hablar. Al rato de conversar sentía que lo conocía de toda la vida. Nunca pensé que íbamos a tener tanta química. Que podía ser tan natural. No me costó nada el comienzo de la relación. Nos quedamos hablando tres horas y, al final, me preguntó si quería que fuésemos a comer. Después me llevó a casa en un taxi. La tercera vez que nos vimos nos fuimos a un hotel. Ya estábamos de novios. Éramos grandes, no había mucho más que pensar”.

Elena reconoce que volvió a enamorarse como nunca pensó que lo haría. Reconoce que Jorge era muy diferente a su exmarido: Era distinto en todo. En su forma de ser y de pensar. Era un hombre que había estudiado ingeniería, con un amplio conocimiento de la vida. La conversación con él era muy interesante. Pensá que con mi ex marido había sido siempre una conversación limitada, poco nutrida, de las cosas de todos los días”.

La relación prosperó pero Elena no lo llevaba a su casa por sus hijas. En el 2007 Martín se enteró de la existencia de Jorge. Todo estuvo bien.

“En el año 2009 Martín murió. Fue durante una operación por un aneurisma abdominal. Tenía 54 años. Yo ya llevaba unos tres años saliendo con Jorge. Un poco después a Jorge se le terminó su contrato de alquiler. Mi hija más grande ya vivía por su cuenta y la del medio trajo a su novio a vivir a mi casa. Así que bueno fue el momento de irnos a vivir juntos con mi hija menor. Alquilamos algo para los tres cerca. La convivencia fue buena. Con sus hijos, Jorge tenía dos de su primera pareja, fue más difícil, pero a la larga funcionó. Venían a visitarlo los fines de semana. El año pasado, finalmente, nos quedamos solos porque mi hija menor se mudó sola”. Arrancó una etapa distinta.

“Creo que él está mejor desde que estamos solos. Porque siempre con el hijo de tu pareja algo de celos hay. Discutimos menos que antes. Lo que pasó ese 12 de mayo de 2006 cambió la historia que parecía haber estado escrita para mí. Me di cuenta de que con Jorge éramos almas gemelas con muchas coincidencias: su primera hija se llama como la mía, su ex mujer tiene mi nombre y su ex suegra se llama como mi madre. Hoy estamos juntos, acompañándonos después de casi 20 años, pasando momentos buenos y malos, pero con la certeza de que, como dije al principio, nuestros destinos estaban escritos y unidos en algún sitio desde siempre”.

Elena admite que en su vida hubo dos grandes amores: “La vida, si estamos atentos, siempre da segundas oportunidades. ¿Mirá si se me hubiera ocurrido no conocerlo? ¡Me lo hubiera perdido! Buen consejo el de mi amiga. No será el hombre perfecto como tampoco soy yo la mujer perfecta, pero somos dos personas comprometidas con la vida del otro y que nos queremos”.

El 2021 golpeó fuerte: “En el mes de abril, estuve internada por COVID. Nos contagiamos los dos. Yo tuve una neumonía bilateral y me pesqué una bacteria intrahospitalaria. Dos semanas de terapia y milagrosamente zafé. Él, que tiene EPOC, estuvo internado menos que yo y en otra clínica. Cuando me fui de la internación me mandaron tomografías de control. Y ahí apareció un tumor maligno en mi riñón derecho. Me lo extirparon en junio de ese año. Casi sin tiempo de pensar. Me fue bien porque no tuve que hacerme quimioterapia. ¡Resultó que el COVID me había venido a salvar del cáncer! Después de esa movida, dejé de trabajar. Y mi hija mayor nos regaló dos pasajes a España. Nos fuimos tres meses. Al año siguiente repetimos la experiencia porque tengo una prima allá. Con Jorge somos salidores y nos gusta divertirnos. Intentamos, si podemos, irnos de vacaciones dos veces al año a dónde podamos. Quizá, en este momento de la vida, me gustaría que Jorge trabajara un poco menos. Ya tiene 72, está jubilado y sigue trabajando. No hay nietos todavía por ningún lado jaja así que tenemos todo el tiempo libre para nosotros”, cuenta.

Le pregunto para cerrar su historia qué es el amor para ella. Se toma su tiempo para responder: “El enamoramiento se pasa. Lo pasional a esta edad no es tan importante. El amor para mí hoy son las pequeñas cosas: que me prepare una comida rica, salir de la mano, proyectar algo juntos, un día al sol en un sitio agradable… Te diría que son situaciones donde se lo ve brillar con toda su intensidad y sin interferencias”.

Por Carolina Balbiani – Infobae