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Un legado Sanmartiniano sobre el honor y la “guerra sucia” Por Gustavo Druetta

Días previos a la nueva efemérides del fallecimiento del Libertador José de San Martín un 17 de agosto de 1850, recrudeció la controversia sobre el número de desaparecidos durante los llamados años de plomo. Suficientes ensayos, libros, artículos y testimonios proveen aproximaciones a la verdad para quienes no admitan cifras “simbólicas” o interesadas que tiendan, o bien a aumentar, o bien a disminuir, la cantidad de víctimas.

Sean las de cuerpo presente causadas por enfrentamientos entre Unidades de Combate Guerrilleras Vs. FF.AA. y FF.SS, sean por atentados del terrorismo revolucionario, o hayan sido “vaporizadas” (G. Orwell dixit) por el terrorismo contrarrevolucionario estatal. Lo políticamente correcto parece impulsar al gobierno de “Cambiemos” a no querer inmiscuirse en esa discusión, al tiempo de mantener con matices y menor convicción la política del gobierno anterior respecto de los derechos humanos de los ´70. El reclamo de que el gobierno deje de ser parte querellante en las causas conocidas como de “lesa humanidad” hecho por la “Asociación de Abogados por la Justicia y Concordia” junto a la “Unión de Promociones del Ejército” y los familiares de unos 600 encarcelados a los que califican de “presos políticos” por considerar ilegítimos los juicios reiniciados en el 2005, ha sido rechazado por los titulares del ministerio de Justicia y secretaría de DD.HH. Un virtual paraguas frente a las sospechas de simpatía ideológica macrista con esos uniformados encarcelados, ex jóvenes cuadros subalternos entre 1970 y 1981, protagonistas de una victoria “a lo Pirro” sobre Montoneros y el ERP. El kirchnerismo y los ideólogos de la violencia “de abajo”, inamovibles del ícono “30.000 desaparecidos”, no soportan que aquéllos, ya septuagenarios u octogenarios y/o gravemente enfermos, accedan a prisión domiciliaria o se les restituya el derecho a ser atendidos en hospitales militares o policiales. Paradójica interpretación de los DD.HH. de quienes apelan a la justicia burguesa al mismo tiempo que la acusan de clasista.

Las certezas sobre el número de víctimas de un conflicto interno aumentan en proporción al tiempo transcurrido desde los hechos. Recordemos el mito de los “1.000.000 de muertos” en la Guerra Civil Española, que resultó refutado pasados 35/40 años de su fin cuando fue consolidándose una cifra en torno a los 300.00/500.000, incluidos los masacrados en ambas retaguardias y los fusilados en la postguerra. ¿Podemos ahora echar luz sobre el urticante concepto de “guerra sucia”? Si la guerra es un conflicto violento entre organizaciones armadas internacionales y/o nacionales, regulares y/o irregulares, no hay duda que la hubo en los ´70. No fue “limpia” como la de Malvinas pero tampoco fue la primera manchada de atrocidades en éstas latitudes. Varios historiadores tratan nuestras luchas de Independencia como una guerra civil internacionalizada -y bastante sucia- entre Patriotas y Realistas. En ambas filas revistaban “criollos” o sea españoles americanos, y españoles peninsulares. San Martin, que de joven oficial había sido prisionero primero de los franceses y luego de los ingleses en las guerras europeas, lo tenía claro. El “Código de Honor del Ejército de los Andes” dictaba: “La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de éstas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuando es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza a los gobiernos para ejecutarlas, y hacerse respetar de los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares”.

Tiempo después, el Libertador repudiaba el ensañamiento del gobernador español Marcó del Pont luego de la victoria realista sobre los chilenos en Rancagua: “… tal es el carácter de la guerra que hacen que ni edades ni sexos escapan al patíbulo (…) Al siglo de la ilustración, cultura y filantropía, estaba reservado el ser testigo de los horrores cometidos por los españoles en la apacible América. Horrores que la Humanidad se estremece al considerarlos…”. Y rechazaba como injurioso que se buscara hacer creer “que las tropas de la patria no dan cuartel a los vencidos”. Por un bando de septiembre de 1817 dirigido a los miembros del Ejército Real, reclamaría a más de 2.000 soldados y 80 oficiales hechos prisioneros el 12 de febrero de 1817 en Chacabuco, desmentir esa calumnia. Una vez capturado M. del Pont, San Martín le perdonó la vida aplicando la clemencia con el vencido.

¿Qué tiene que ver la exégesis de la actitud ético militar del “Padre de la Patria” con la discusión sobre guerra sucia y la controversia de sordos sobre los desaparecidos (cuyos nombres registrados no pasan de 9.000), tragedia ocurrida un siglo y cuarto después de su muerte? Ocurre que en 1812 creó el primer núcleo profesional el Ejército Argentino –el Regimiento de Granaderos a Caballo con el cual libró el único combate en territorio nacional- y sus cuadros lo veneran como el paradigma de estratega y conductor. El relato “setentista” que exalta como ejemplo de guerrillero heroico al Che Guevara, ha ensalzado y premiado sin ninguna autocrítica –salvo casos aislados- a aquellos “malvados” que en plena democracia acribillaban a mansalva a militares, policías y civiles en nombre de una revolución trotskista-socialista. Atacadas las FF.AA., primero los combatieron en legítima defensa propia y luego se desbarrancaron hacia aquel “mal ejemplo” sobre el que advertía el primer Soldado Argentino. Es lícito preguntarse qué hubiese hecho San Martín con asesinos a traición camuflados de inocentes compatriotas. Seguramente enjuiciarlos sumariamente y fusilarlos frente a tropa formada. Nunca imitando ni extremando con saña homicida el método terrorista, dejando a salvo su código de honor y las armas de la libertad. 

*Gustavo Druetta *Sociólogo  y periodista. Ex teniente de Artillería (1965-1970)