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Signos

Las claves del mensaje de Cristina en La Plata, señales para todos.

Volver a los diecisiete,

después de vivir un siglo

Es como descifrar signos sin ser sabio competente

Violeta Parra

Los motivos últimos por los cuales Cristina Kirchner decidió generar el acto del jueves 17 de noviembre los sabrán ella y su pequeño círculo.

Mar de fondo. En términos temporales el acto fue demasiado temprano para un cronograma electoral que ni siquiera tiene un marco formal. Como primera aproximación Cristina tiene la necesidad de volver a generar la mística del grupo militante más próximo. En efecto, en el Estadio Único de La Plata se reunió el 100% del cristinismo paladar negro, más algunos visitantes de último minuto que percibieron que ese acto era a su vez, la despedida del ausente Alberto Fernández. Otra lógica posible no excluyente es que se necesitó ese lanzamiento tácito para comenzar a rearmar la coalición nacional. El Mundial, las Fiestas y las vacaciones de verano abren un largo paréntesis que se ocupará para resolver los problemas internos.  

Las analogías, aunque trilladas sirven, para marcar singularidades. En el lluvioso 17 de noviembre de 1972, Perón volvía después de 18 años a la Argentina cuando José Ignacio Rucci le sostuvo el paraguas al General para que no se moje. En aquella imagen el metalúrgico quedó inmortalizado como un tipo de militante, el que está al servicio incondicional al líder. Menos de un año después Rucci caía bajo las balas, atentado que siempre se adjudicó a Montoneros. Perón ya grande y con problemas de salud había dicho que venía a unir a los argentinos, y se autodefinía como un “león herbívoro”. Se rumoreaba una fórmula con Ricardo Balbín, su enemigo de toda la vida (Balbín fue puesto preso por Perón en 1950), pero el propio enfrentamiento al interior del peronismo entre la derecha y la izquierda del movimiento confluyó en la única fórmula que evaluó factible: Perón-Perón, ¿podrá pasar algo parecido el año entrante?

Mi parte insegura. En su discurso Cristina mostró dudas no habituales en sus intervenciones. Vacilaciones que revelaban las propias incertidumbres sobre el capítulo que se empieza a escribir y sus dificultades. No fue fácil de dar un discurso donde se revisaba el último medio siglo de historia, saltando de la dictadura al modelo neoliberal menemista, pasar a defender su segundo gobierno, el más cuestionado de los tres del período 2003-2015, para llegar a su objetivo central de criticar al gobierno de Macri obviando la gestión de la cual era la Presidenta en ejercicio en el instante en el que hablaba. Un lío.

También es complejo mostrar con simpleza la homología que la vicepresidenta presentó entre el “partido militar” que con distintas modalidades y formas de intervención tuvo un fuerte protagonismo en Latinoamérica y en otras partes del mundo a lo largo del siglo XX y el opaco “partido judicial” que como un Plan Cóndor del derecho (Lawfare) habría acordado atacar a las figuras nacionales y populares de Latinoamérica.

Finalmente, resultó extraño que le dedicara la primera parte de su discurso al tema seguridad tratándose de ponerse por encima de la dicotomía garantismo-punitivismo. El tema es central, precisamente la semana anterior en este espacio se comentó el Vía Crucis cotidiano de los sectores populares asediados por el delito y el virtual estado de sitio privatizado en las barriadas populares donde el Estado ha abandonado la batalla. Pero esta nueva posición requiere una revisión completa de la política de seguridad del kirchnerismo que generó infinitas contradicciones (la posición frente a las armas no letales por ejemplo). La propuesta de trasladar la Gendarmería al Conurbano apuntó más a lanzar un dardo a Aníbal Fernández que a aportar una solución a la cuestión.

Bajo la luna hostil. Más allá del dispositivo presentado en La Plata se debe observar la titánica tarea que le espera a Cristina para intentar recuperar el conjunto electoral que supo tener el finalizado Frente de Todos. De ese 48,2 de 2019 aproximadamente la mitad permanece fiel a Cristina. Ese espacio la votará con ojos cerrados. Pero la Argentina no es la de tres años atrás, porqué, aunque tenga sus cartas y sus discursos como pruebas de sus reclamos a Alberto Fernández y sus famosos disgustos con los ex funcionarios (sólo quedó Cafiero entre los cuestionados), una parte del electorado tradicional peronista cree que ella le puso palos en la ruedas a la gestión. Ese dato es precisamente el que envalentonó a Alberto a pedir las primarias. Sin embargo, luego del acto de La Plata en donde ni lo nombró, se puede empezar a vislumbrar una ruptura (Cristina hizo una mención periférica a esta posibilidad).

 Las experiencias de los rompimientos en el peronismo en su historia reciente, muestran que al final, todo vuelve a confluir sin costos para los rupturistas. Pero al final del día le puede restar al kirchnerismo los puntos necesarios para llegar a la segunda vuelta, esto es quedarse en el 32 o 34% del electorado y que Juntos por el Cambio obtenga los diez puntos de diferencia que se requiere para el raro sistema electoral argentino.

Figuras sin definir, signos, oh. Pero supongamos otro escenario. Alberto rompe, pero en las generales a Juntos por el Cambio le va mal y se queda en el 36%, a Cristina le va bien y queda segunda con el 35 (levanta unos 10 puntos desde hoy), Milei queda tercero con el 16%, el peronismo albertista cuarto con el 7, y la izquierda con el 6%. El ballottage caliente queda en manos de Milei y en menor medida del albertismo electoral. Si los votos de Milei fueran directos para JxC quedaría en el 52%, pero esto no es automático. Ahí, obviamente entra a tallar quién sería la figura presidencial de Juntos por el Cambio. Cristina y el kirchnerismo esperan que esa figura sea Mauricio Macri. Allí se podrá desarrollar la memoria emotiva del período 2015-2019 en su Presidencia, y una campaña de miedo aumentado. Si los candidatos fueran Horacio Rodríguez Larreta o Patricia Bullrich, la estrategia deberá ser una diferente. Plenamente son acertijos bajo el agua.

Por Carlos De Angelis – Perfil