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Santa Fe y el modelo de asistencia selectiva a gobernadores

El acuerdo con Santa Fe revela una estrategia más amplia: Nación reparte hasta $400 mil millones en adelantos y prioriza a gobernadores con diálogo político.

El acuerdo entre la Nación y Santa Fe por la deuda previsional no es un hecho aislado ni un gesto administrativo más: es una pieza visible dentro de una arquitectura más amplia que el Gobierno nacional viene desplegando para sostener a las provincias en medio de la caída de la recaudación, sin abandonar su programa de ajuste. En ese delicado equilibrio se inscribe el convenio que garantiza el pago de $120.000 millones en doce cuotas para cubrir parte del déficit de la Caja de Jubilaciones santafesina.

La foto de Maximiliano Pullaro junto a Sandra Pettovello y el titular de Anses, Guillermo Arancibia, expone más que un acuerdo técnico: muestra la reactivación de un canal político que el propio oficialismo había enfriado tras el recorte de transferencias. La decisión de restablecer el flujo de fondos —interrumpido tras el decreto 280 de marzo de 2024— responde a una lógica pragmática: evitar que la crisis fiscal provincial escale a un conflicto sistémico.

Pero el caso Santa Fe cobra dimensión real cuando se lo cruza con el esquema que la Casa Rosada activó en paralelo. A través del Decreto 219, el Ministerio de Economía habilitó adelantos de coparticipación para un grupo acotado de provincias, con un monto total de hasta $400.000 millones. El dato clave no es solo el volumen, sino la selección: doce provincias quedaron habilitadas para acceder a esos fondos. Catamarca, Chaco, Chubut, Corrientes, La Rioja, Mendoza, Misiones, Río Negro, Salta, Santa Cruz, Tierra del Fuego y Tucumán conforman el lote que, en la práctica, ya negocia montos y cronogramas con el Ministerio de Economía.

Fuentes oficiales admiten que los pedidos ya están acordados y que cada jurisdicción solicitó adelantos en función de sus necesidades financieras. En términos gruesos, si se distribuyera el máximo autorizado de manera lineal —algo que en la práctica no ocurre— el promedio rondaría los $33.000 millones por provincia. Pero la lógica real es otra: asignaciones diferenciadas según urgencias fiscales, capacidad de repago y, sobre todo, vínculo político.

El contexto explica la urgencia. En el primer trimestre de 2026, las provincias perdieron alrededor de $1,1 billones en recursos coparticipables en términos reales. Frente a esa caída, los $400.000 millones disponibles apenas cubren, en el mejor de los casos, un tercio del agujero financiero. Es decir: no hay rescate pleno, sino alivio parcial y condicionado.

Ahí es donde el acuerdo con Santa Fe se vuelve aún más significativo. La provincia no figura entre las doce habilitadas para adelantos de coparticipación. Sin embargo, logra un esquema paralelo: $120.000 millones para su caja previsional, con desembolsos en cuotas y bajo auditoría. Es, en los hechos, otro tipo de asistencia, pero bajo la misma lógica: negociación directa, recursos acotados y condiciones específicas.

El mapa que se configura es nítido. Por un lado, un grupo de provincias con acceso a adelantos financieros negociados con Economía. Por otro, distritos que, como Santa Fe, avanzan en acuerdos bilaterales por deudas específicas. Y, finalmente, un tercer grupo —entre ellos Buenos Aires, CABA, Córdoba o Santiago del Estero— que quedó afuera del esquema de anticipos y debe administrar su crisis con menos margen.

En ese reparto aparece un dato político que empieza a consolidarse y que distintas lecturas recientes remarcan: los gobernadores dialoguistas no solo acceden con mayor fluidez a estos mecanismos de asistencia, sino que además muestran mejores niveles de imagen en sus distritos. La ecuación es directa. En un contexto de ajuste, la capacidad de conseguir recursos —aunque sean parciales— se traduce en gestión, obra, pagos al día y contención social.

El reverso también es claro. Los mandatarios con menor interlocución con la Casa Rosada enfrentan una doble restricción: menos acceso a fondos extraordinarios y, en consecuencia, una “billetera” más limitada puertas adentro. Esa escasez impacta en salarios, obra pública y servicios, erosionando su posicionamiento político local.

La Casa Rosada no lo explicita, pero el diseño funciona como un sistema de incentivos. No hay premios formales, pero sí una correlación evidente entre diálogo político y asistencia financiera. El propio mecanismo de adelantos —con tasas del 15% anual y devolución dentro del ejercicio— refuerza esa lógica: no es ayuda gratuita, es financiamiento condicionado.  La billetera sigue siendo una herramienta central, pero ya no como motor de expansión, sino como instrumento de poder en un federalismo cada vez más condicionado por la escasez.

Fuente: Revista Noticias