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Repeticiones icónicas para una apología

Alberto y Cristina, una novela sin fin.

Nada más aburrido que la política argentina. Las ideas y venidas de los protagonistas son predecibles para quien conozca las normas que organizan el argumento: te prevengo que puedo dejarte colgado, ojo que te corro de mi agenda, otros me gustan más, vos sin mí no sos nada, yo te inventé presidente. Esta última despreciativa afirmación se adapta perfectamente a los sucesos pasados, presentes y muy probablemente futuros.

Todo político o política importante sabe que tiene un capital con el que va a girar hasta que lo sorprenda un golpe del mercado (financiero, parlamentario o del propio gabinete). Y, aun en ese caso, tiene la convicción de que podrá recuperarse. Los puestos visibles y jerarquizados del gobierno y de la administración son los nidos en los que se espera una segunda vuelta, en caso de que se haya perdido la primera.

Hace algunas décadas, la Argentina parecía dispuesta a grandes renovaciones. Muchos tuvimos la equivocada esperanza de que nos convertiríamos finalmente en un país “normal” y dinámico, con un buen porvenir económico y sin los focos de miseria ya establecidos, que debilitaban las locas ilusiones de que éramos muy diferentes del resto de América Latina. Falso: esos focos de miseria son más visibles que nunca y, sobre todo, son mucho más numerosos. Quienes conocimos las villas en los años 60 comprobamos que, con alguna frecuencia, de allí era posible salir hacia un horizonte de progreso y que ese movimiento continuaría. Falso.

Tuvimos variadas dictaduras y gobiernos profundamente reaccionarios e insensibles a lo social, aunque hicieran publicidad con los pobres inventando figuras poco convincentes. Nuestro lenguaje político también se fue empobreciendo. 

Palabras de moda. Hoy repetimos palabras que no tienen sentido en el contexto donde se las incrusta. Por ejemplo “icónico”. Todo aquello que podría llamarse “característico” o “propio de algo o alguien” recibe el calificativo de icónico, como si el pretencioso adjetivo sirviera para encubrir el giro de las repeticiones. Quienes escribimos en la prensa deberíamos evitar estas palabras repetidas (“empoderamiento” es otra) para que el público no se aburra. 

Sobre “empoderar”, verbo usado dispendiosamente, el Diccionario Panhispánico de Dudas dice: “Calco del inglés to empower, que se emplea en textos de sociología política”. El diccionario acierta en lo primero (calco del inglés), pero deberá actualizarse en lo segundo, ya que no solo emplean ese verbo los cientistas sociales, sino todos los que hablan por los medios y pronto será más escuchado que “bolú” o “capo”. Algunos creen que, con ese anglicismo, se da jerarquía académica a los escritos. No me exijan agregar que también algunas usan así las palabras. Aclaro que el castellano estaba habituado al masculino genérico hasta que llegó la duplicadora renovación que volvió obligatorios ambos géneros. 

En vez de “empoderar”, ¿no sería más sencillo escribir otorgar o reconocer poder?  Ningún artículo periodístico ni pieza académica mejora por el uso del verbo empoderar. Tampoco mejora si designa a algo como icónico. Hasta las tortas de chocolate han pasado a ser icónicas. Por favor, ¡piedad con el vocabulario! Esto que sucede habla también del empobrecimiento lingüístico de las elites. Para abreviar, llamo elites a quienes han tenido la oportunidad de pasar quince o veinte años en instituciones educativas, si se suma primaria, secundaria y universidad, para los que les alcanzó la plata o el cerebro. 

Fotos y dichos icónicos. La política necesita siempre de símbolos e imágenes. Nada más icónico, en el sentido que venimos comentando, que la foto de Alberto visitando a Milagro Sala. El Presidente quiere “empoderarse” simbólicamente y busca acceso a los recursos que a Cristina le sobran. El mismo día que se anunció un paro del campo viajó a Jujuy, para inclinarse sobre la dirigente que yacía en una cama de hospital. 

Si existiera una tabla de movidas o maniobras “icónicas”, el viaje y la visita de Alberto a Milagro Sala equivaldría a unos cuantos puntos por la foto obtenida en los principales medios gráficos. Lo que cuesta vale, aunque valga brevemente. La prueba de que esos esfuerzos valen poco se la dio La Cámpora, que cubrió todo el Gran Buenos Aires con el nombre de Cristina y el año 2023, para decirle claramente al Presidente que abandonara la idea de que ese sería el año de su reelección.

El Cuervo Larroque criticó las pretensiones de Alberto bajo la apariencia de una descripción de las condiciones actuales. Con toda razón, Larroque cree que la “fase moderada” (Alberto) ya se agotó, pero que tenemos grandes esperanzas, que Cristina es capaz de generar y, se supone, sostener en un nuevo gobierno por ella encabezado. Con escasos amigos y vacilantes lealtades, el Presidente aceptó la renuncia de Guzmán y nombró en economía a Silvina Batakis, que se apresuró a declarar en TN que ella es peronista, sin otros aditamentos. 

Según sus discursos, CFK debería advertir que es imposible “volver mejores” si su gestión fue perfecta

En esta primera y movida semana de julio, Alberto se reunió con Cristina. No se veían desde un mes atrás. Todos nos preguntamos si ese encuentro da comienzo a una nueva fase, en cuyo transcurso la vice se tranquilizará después de haber exigido una revisión que se llevó a un ministro y todo su equipo de expertos. Si la vice está tranquila, quizá le dé una bendita tregua al sufrido Presidente, que amanecería más fuerte y decidido. Y las redes sociales tendrán menos carne para la parrilla. Sin embargo, no hay que ser utópicos, porque Cristina Kirchner es de pegar gritos y sopapos. De su lado, La Cámpora entiende que si sabe esperar puede llegarle su momento, como lo entendieron algunos dirigentes sociales.

Razones de la duda. No lo sabemos por varias razones. El Presidente deberá concentrar un poder que, hasta el momento, se le mostró esquivo, por causas que no lo culpan y también por su propia debilidad para afirmarse como lo que es y dejar de hacer metáforas con “la lapicera” y otras entretenidas tonterías. No se trata de quién tiene la lapicera sino de quién tiene el apoyo de una parte importante del Frente de Todos, que incluye gobernadores tornadizos que negocian los adelantos del Tesoro a cambio de lealtad política y hay poca plata para esos adelantos. 

Por ahora, a La Cámpora le conviene seguir reconociendo como jefa espiritual a Cristina, mientras ella conserve poder y su hijo Máximo sea capaz de consolidar el linaje. Cristina, por su estilo, le habla a Alberto en modo imperativo: cambie el rumbo económico, fue su exigencia del 5 de julio, coincidiendo con las exigencias del peronismo K que encabeza Máximo. Entonces, si la fase moderada de Alberto se agotó, ¿será capaz de ofrecer la perspectiva de esperanza que le exigen? ¿Es verosímil esa perspectiva de esperanza o tal sentimiento ya ha perdido todas sus reservas?

La opinión generalizada entre los economistas es que se acerca la inflación más alta del año. Tranquilos: la vocera presidencial o vicepresidencial (como gustéis) nos informó que el embrollo social y económico está bajo el control del Presidente, que hace pocos días se encontró en Olivos con Massa y Cristina. Hay que celebrarlo, porque Alberto no la veía desde hace un mes a la vicepresidenta. Eso se llama un equipo de gobierno: se entienden por señas. No es justo pedirle demasiado a Batakis. Finalmente, Cristina puede llegar a maltratarla como maltrató, en su discurso del último viernes, al exministro Guzmán.

Novedades de Cristina. En efecto, la saña de Cristina Kirchner fue mucho más que un juicio sobre la oportunidad y la forma en que renunció Guzmán a su cargo. Referirse de ese modo al episodio, aunque le asistiera la razón, fue un acto de crueldad de esos que a la vicepresidenta le gusta ejercer sobre los que pierden. No vale un comentario más largo, porque ella es así. Es posible tratar una neurosis, pero no cambiar un temperamento.

Lo que sí merece ser tenido en cuenta es el balance exitoso que la vicepresidenta hizo de todos los años kirchneristas, balance que, naturalmente, incluye su gobierno. Ni una mención a las cuestiones que no pudieron ser resueltas. Aunque se hayan agravado fuertemente durante el gobierno de Macri, la pobreza y la desocupación estuvieron allí, mientras el INDEC cambiaba la etiqueta de “desocupado” por la de “inactivo”. La OIT, según informa Chequeado.com, conocía que los datos provenientes de la Argentina recibían un habilidoso toqueteo quirúrgico. A Cristina le gustan las intervenciones estéticas.

Esta cuestión donde metodología e ideología se cruzan peligrosamente debe ser abordada por especialistas. No lo soy. Por tanto, lo que me impresionó es el tono del discurso vicepresidencial, que prescindió de una perspectiva desde la cual fuera posible considerar límites y posibles errores. 

Cristina tiene una cabeza blindada a cualquier reflexión que disminuya la altura de los logros que se atribuye. Esto afectó el contenido del mensaje con que se movió la propaganda electoral de Alberto: “Volvimos para ser mejores”. 

Cristina hubiera debido advertirle que ya eran los mejores y que seguirían siéndolo para siempre. Según su discurso, “ser mejores” es imposible, porque fueron perfectos. Su balance del viernes pasado fue una apología sin fisuras.

Por Beatriz Sarlo – Perfil