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Otro Brasil y otro Lula

El veterano líder gobernará un Brasil partido por la grieta, con minoría parlamentaria y tironeado entre la presión de sus bases y sus socios conservadores.

Con la victoria electoral que conquistó este domingo por un estrecho margen (50,83% contra 49,17% con el 98% de los votos escrutados), al electo presidente Luiz Inácio Lula da Silva se le acabó el tiempo de las promesas y comenzó, para él, el momento para empezar a llevarlas a cabo. A partir del próximo 1 de enero, cuando asuma en Brasilia, tendrá la titánica tarea de gobernar un país en crisis económica que registra peligrosos índices de polarización. Todo ello, en un contexto internacional adverso que estará marcado, además, por un Congreso en minoría y por las tensiones políticas de su propia coalición gobernante. 

El principal desafío que tendrá es, a la vez, su promesa más importante: revertir el duro escenario económico que tiene el gigante sudamericano. Según distintas estimaciones, en Brasil existen más de 100 millones de personas en la pobreza, de las cuales 32 millones todos los días pasan hambre. Según un estudio de Fiocruz, en 2021 el país registró el número más alto de bebés internados por desnutrición en 14 años. Como relató Letra P, la campaña del PT se centró en el debate económico al rememorar los mandatos del propio Lula, por lo cual las demandas serán aun mayores alrededor de este tema. En una entrevista previa al ballotage, al hablar sobre este tema, Lula lloró. Ahora, deberá demostrar que no eran lágrimas de cocodrilo.

Deberá llevar a cabo esta tarea bajo una extrema polarización con la base bolsonarista dura, que no ve en el exlíder sindical a un adversario político, sino a un “castrocomunista borracho” que merece estar, como mínimo, preso. La característica de estas diferencias es que no se refiere a temas políticos o económicos, sino que es más estructural y sentimental. El bolsonarismo más duro no ve en la militancia del Partido de los Trabajadores (PT) un adversario al cual respetar; lo observa como un contrincante al que le encantaría proscribir o, como dijo el propio Bolsonaro, “fusilar”. Con esa oposición, Lula deberá gobernar.

“El bolsonarismo es más grande que el presidente. Pudimos derrotar a Bolsonaro, pero su movimiento va a continuar existiendo”, reconoció, en diálogo con Letra P, el jefe de comunicación de la campaña del PT, Edinho Silva. A pesar de haber perdido la presidencia, sus aliados gobernarán los tres estados más importantes: San Pablo, Minas Gerais y Río de Janeiro. Además, tendrá 99 bancas en la cámara de diputados, es decir, el bloque más grande, entre los que estarán figuras muy importantes, como Sergio Moro, el exjuez que encarceló a Lula; Eduardo Pazuello, su ministro de Salud en plena pandemia de covid-19, y Damares Alves, una dirigente evangélica ultraconservadora.

A la oposición legislativa le deberá sumar las tensiones internas de su propia coalición. Para las elecciones de este domingo, el PT formó una alianza con más de diez partidos diferentes y con figuras que en el pasado apoyaron a Bolsonaro, como el economista Henrique Meirelles y el propio vicepresidente electo, Geraldo Alckmin. La creación de lo que en su campaña califican como un “frente popular” encuentra sectores de izquierda dura y derecha liberal, ¿Cómo negociará? Es difícil pensar una posición unificada sin discusiones. La propia figura de Alckmin genera temores en algunos sectores porque recuerda a Michel Temer, el compañero de fórmula que destituyó a la entonces presidenta Dilma Rousseff

“Hay mucha gente que nunca fue del PT y participó en mi gobierno y así será. No será un gobierno del PT, será un gobierno del pueblo”, dijo Lula durante la campaña. Las críticas que recibió entonces por no anticipar ni detallar su plan de gobierno, especialmente en materia económica, ahora deberán ser despejadas, pero no sin antes protagonizar un período de discusión interna. ¿Cómo distribuirá los ministerios codiciados por los partidos más chicos? ¿Qué rol protagonizará Simone Tebet, quien salió tercera en la primera vuelta y le dio su apoyo público para el ballotage? Al lado de la coalición petista, el Frente de Todos (FdT) argentino parece un centro de estudiantes universitarios y el escenario nacional no permite pasos en falso. 

A estos problemas internos se le sumarán, además, los desafíos externos. El mundo vive un contexto de máxima tensión a partir de la invasión de Rusia sobre Ucrania, que disparó la inflación a nivel global y generó una vulnerabilidad impredecible para los países periféricos. Las tensiones entre Estados Unidos y China por la hegemonía mundial también serán parte del combo porque impactan con fuerza en Brasilia por su importancia geopolítica y económica para América Latina y el Caribe. El escenario que encontrará será muy distinto al que halló hace ya 20 años: las materias primas ya no registran el boom para potenciar su economía, la región no atraviesa un momento de despegue conjunto y el espacio de maniobra con las grandes potencias cada vez es más chico. 

Lula deberá negociar y maniobrar con las distintas fuerzas que lo apoyan y con la oposición para poder cumplir con las expectativas sociales y de cambio de un electorado que tiene muchas esperanzas puestas en su figura. Es decir, el próximo presidente de Brasil también deberá satisfacer a sus bases, que sueñan con dejar en el pasado al bolsonarismo y recrear los mejores épocas de las primeras dos presidencias del PT. 

La tarea será titánica y todavía no comenzó.

Por Lucio Garriga Olmo – Letra P