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“Nuestro Cupido fue Dios”: dos monjas y el gran desafío de un amor que terminó en boda

Francilia Costa y Luiza Silvério son brasileñas y se conocieron en 2019 en el claustro de un convento de su país. Eran novicias que soñaban con los votos perpetuos y consagrarse a Dios, al principio no se llevaban bien, pero terminaron siendo mejores amigas y esposas

Que dos monjas se enamoren, revoleen los velos y votos para reemplazarlos por blancos vestidos de novias, puede ser de esas historias que alborotan y despiertan mucha curiosidad. ¿Cómo es que se pasa del concepto de prohibición y pecado a la libertad para celebrar un amor para muchos sacrílego? ¿Cómo se vence el peso de la culpa religiosa para vivir una historia de pareja en la sociedad laica? ¿Cómo se abandonan los preceptos inculcados desde la infancia para mirar el mundo desde una nueva perspectiva?

Ellas lo hicieron. Estas dos jóvenes brasileñas dejaron atrás el convento, sus largos hábitos y sus velos grises para amarse sin miedos. Y, aunque cueste creerlo, aseguran que siguen sintiéndose parte de su madre iglesia.

De caerse mal a una amistad

Francilia Costa y Luiza Silvério se conocieron en 2019 en el claustro de un convento (por respeto ellos no nombran la congregación ni el lugar específico). Eran novicias que soñaban con los votos perpetuos y consagrarse a Dios.

Francilia “Fran” tenía 23 años y venía de vivir con sus abuelos, extremadamente religiosos, en el interior de Piauí, en el norte del país. Morena, afrodescendiente, con una melena abundante y de carácter alegre contrastaba con Luiza. Luiza tenía 16 años, provenía de Minas Gerais y tenía una piel traslúcida, el pelo lacio y rubio. Pero arrastraba un vacío interior desde siempre, buscaba con desesperación un sentido para su vida.

Al comienzo no se soportaron. No podían ni verse. Luiza dice que pensó de Fran “qué monjita insoportable y presumida”, comenta hoy riendo, al tiempo que asegura que “entré en el convento con un propósito y ese propósito era servir a Dios”.

Superadas esas primeras suspicacias entre ellas comenzaron a hacerse amigas y en el 2020 ya no se separaban. Casualmente fue en esta etapa de sus vidas que descubrieron que las dos eran celíacas y debieron modificar sus hábitos alimentarios.

Lo cierto es que la vida reglada dentro del convento no les resultó fácil. Estando recluida Luiza perdió a su abuela materna y comenzó a experimentar episodios de ansiedad. Hubo terapia y llegó el diagnóstico: depresión. Terminó dejando el convento para poder dedicarse a recobrar su salud mental.

Poco tiempo después, fue el turno de Fran que también enfrentaba crisis de pánico. La asaltaban miedos de perder a sus seres queridos estando en el convento. Igual que Luiza, decidió abandonar los hábitos para cuidar su cabeza.

Las dos se habían dado cuenta de que no alcanza con la vocación para una vida religiosa. Ambas sabían que la vida afuera tampoco sería fácil. Había que lograr integrarse. Se preguntaban si podrían estudiar o conseguir trabajo para mantenerse. Como el dinero no les alcanzaba para vivir solas, terminaron decidiendo irse a vivir juntas. Dos buenas amigas que compartían un techo. Ninguna, todavía, pensaba en otra cosa. Eso dicen al menos.

Al dejar la vida religiosa, tuvieron que abandonar los hábitos y comprar ropa para circular en sus nuevas vidas. Todo era gasto e incertidumbre, pero la amistad edificada ayudó para que salieran de los miedos y la depresión.

Una película para el amor

Hasta que un día, sentadas en el sillón del departamento que compartían, después de ver una comedia llamada Amor en la Villa, Fran se dio cuenta que tenía que decirle a Luiza lo que le estaba pasando. En la película una joven viaja a Verona para recuperarse de una ruptura amorosa, pero sus planes se ven alterados cuando descubre que la casa que había alquilado ya tiene un inquilino y se ve obligada a compartir con ese hombre su día a día. No se caen bien, pero resulta que en esa guerra sutil terminan enamorándose. Fran pensó que esa era la historia de ella y Luiza. Estaba segura de que se había enamorado de su amiga. Tomó aire y dio el paso. Se lo confesó.

La respuesta fue el primer beso.

Estaban muy asustadas debido a su pasado religioso, pero decidieron que no iban a reprimir sus sentimientos ni a ocultarse. Lo que sentían era sano y real.

Comenzó el noviazgo y corría el año 2023.

Después de dos años de relación, en octubre de 2025, se casaron por civil en una ceremonia al aire libre. La celebración estuvo cargada de elementos religiosos y espirituales. Festejaron su unión, pero también su fe frente a un altar con una imagen de la Virgen de Nuestra Señora Aparecida (patrona de Brasil).

Fran se vistió con un sexy traje de novia con escote corazón y velo; Luiza con un camisa blanca, chaleco y un pantalón blanco.

Las familias de ambas respetaron la decisión. Para todos la prioridad fue verlas bien y que hubieran superado sus problemas anímicos.

Fran asegura que siempre quiso formar una familia, pero no había encontrado con quién hasta que conoció a Luiza y halló su propio modelo de familia. Ambas dicen que desean la maternidad.

Lo curioso de todo esto es que siguen siendo profundamente católicas. Es más: aseguran que el llamado que las condujo al convento ahora las hizo encontrar un nuevo lugar en las redes sociales. No solo para contar su historia de amor sino también como activistas del grupo Diversidad Católica, para brindar contención y refugio espiritual a personas que desean seguir practicando su fe sin ser discriminadas por su elección sexual. Es un espacio de encuentro pastoral para católicos no heterosexuales. Aconsejan a quienes están considerando abandonar la vida consagrada o tienen dificultades emocionales. Abarcan muchos temas desde la conciliación de ejercer la fe sin sentir culpa, la crisis vocacional, el miedo a volver al mundo regular, las inquietudes de parejas del mismo sexo que quieren llevar una vida espiritual activa… Dos frases que repiten a menudo son:“Dios no une personas, une propósitos” “el amor no debería ser nunca motivo de culpa”.

Luiza estudia psicología y trabaja en una inmobiliaria. Fran, estudió publicidad y se dedica al marketing digital. Su éxito en las redes no ha hecho que las autoridades religiosas católicas de Brasil emitieran un comunicado directo sobre el tema. Después de todo, ellas se retiraron de manera voluntaria y antes de los votos perpetuos y ya no pertenecen a la institución. Lo formal va por un lado, la realidad discurre por otro.

Para ellas no existe contradicción entre el amor que sienten y su fe: “Nuestra sexualidad y nuestra fe no deben separarse, porque forma parte de nosotros”.

Este año, aseguran en sus redes, agrandarán la familia porque los hijos forman parte de su sueño de amor.

Nunca perdieron la fe, simplemente explican que entendieron que su camino sería distinto al de otros y agregan, con humor y certeza: “Nuestro Cupido fue Dios”. Indiscutible.

No son las únicas monjas que dieron un paso hacia el casamiento. Otro caso conocido ocurrió unos años antes, en 2016, en Italia. Federica (44) e Isabel (40) eran dos monjas misioneras en África cuando se conocieron en un centro de rehabilitación para drogadictos en Guinea Bissau y se enamoraron. Fue en el norte de Italia que dieron el sí en un juzgado civil aprovechando la legalización de uniones de personas del mismo sexo. Ellas declararon que podrían haber hecho como otras religiosas, que se quedan viviendo juntas en un convento, escondiendo su relación, pero esa no fue su elección. Consideran que eso sería falsear la verdad y optaron por dar la cara. Debieron dejar su orden religiosa y revelaron al diario La Stampa: Nos sentimos solas, mejor dicho abandonadas por todos. Dios quiere que la gente sea feliz, que vivan el amor a la luz del sol”. Aseguraron, como Luiza y Fran, que no perdieron la fe y que no hubieran deseado alejarse de la Iglesia. El vínculo emocional nació, paradójicamente, donde nadie esperaba que hiciera su aparición, dentro de las paredes donde está prohibido amarse de una manera física.

El amor es un sentimiento tejido con un material valioso e inclasificable, que se lleva puesto como un traje hecho a medida. No debería ser sometido al juicio de la mirada escrutadora de nadie. Cada quien debería construirlo como quiere y puede. Por ahora, Fran y Luiza siguen tejiéndolo con las sonrisas soplándoles la cara.

Por Carolina Balbiani – Infobae