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Nace una estrella Por Jorge Argüello

Con su facilidad para etiquetar, a los medios masivos les costó muy poco resumir todo lo que supone la candidatura presidencial del millonario Donald J. Trump en un solo término: el “trumpismo”.

La definición se debate intensamente en Estados Unidos. Hay quienes creen que el Fenómeno Trump acabará en noviembre con una sonada derrota ante Hillary Clinton. Otros, en cambio, vislumbran el nacimiento de un nuevo movimiento político que desafíe en adelante a republicanos y demócratas.

El trumpismo emergió de la debacle del Partido Republicano, que quedó atrapado en una lógica política de extremismo y de obstruccionismo opositor que le hizo perder su propio rumbo ideológico conservador y le pavimentó el camino al prepotente e intolerante estilo de Trump.
Pero apenas hecho candidato republicano, en julio pasado, Trump quedó envuelto en el caos de su campaña personalista y se hundió en las encuestas. En pocas semanas, terminó especulando él mismo con su derrota y hasta con su retiro de la política después de noviembre.

Ese debut pareció confirmar al trumpismo como una experiencia fugaz, sin un programa coherente y reducida a un líder mediático e ignorante. Un humorista neoyorquino ficcionó una escena en la que Trump, viéndose ganador de las primarias, preguntaba a un asesor: “Y ahora, ¿qué hacemos?”.

Pero Trump movió fichas e incorporó como estratega principal a Steve Bannon, un ejecutivo de medios ultraconservador que lo apoyó desde el inicio y que sueña con recrear las experiencias nacionalistas europeas.

Esa reafirmación ideológica de la cúpula trumpista explica que el magnate se haya definido como el “candidato Brexit”: fue Bannon quien le presentó al líder del independentismo británico, Nigel Farage (UKIP), hace un año, cuando nadie creía tampoco que el Reino Unido abandonara la UE.

El escándalo más reciente del trumpismo confirmó esa tendencia: el jefe de la campaña, Paul Manafort, renunció la semana pasada cuando se supo que había asesorado al ex gobierno ucraniano pro-ruso y antieuropeo respaldado por el referente internacional de Trump: Vladimir Putin.

Corriente subterránea
Para despejar la incógnita que encierran estos vaivenes de Trump, conviene analizar lo que subyace en el fenómeno que tomó por asalto el Partido Republicano, yendo más allá del movimiento Tea Party.

Las encuestas describen al núcleo duro del trumpismo como blancos de clase media baja o baja, la mayoría hombres y de escasa calificación académica y laboral; atemorizados por la globalización y una modernización que les quita empleos; resentidos con la competencia de minorías como la latina; enojados con el establishment político de Washington; dados a buscar chivos expiatorios y desinteresados por la suerte del resto del mundo.

Las bravatas de Trump contra mexicanos y musulmanes concentraron la mayor atención pública en la xenofobia de sus seguidores. Sin embargo, hay otros factores asociados que alimentan el trumpismo. Uno de ellos es la desigualdad económica (una minoría de 10% acumula el 76% de la riqueza).

En el libro White trash (Basura blanca), la investigadora Nancy Isenberg historia la pobreza estructural y desigualdad en Estados Unidos desde el siglo XVII. Según Isenberg, las clases bajas quedaron bien demarcadas en la matriz misma de la nueva sociedad desmintiendo el extendido relato tradicional sobre nobles colonos ingleses sin diferencias sociales, en busca de libertad religiosa.

Ese núcleo social blanco más o menos marginado de la América profunda, geográficamente alejado de las costas, siguió ahí, perpetuándose. Trabajó en los campos sin poseerlos (rednecks o cuellos enrojecidos), lidió después como “white working class” (clase trabajadora blanca) y hoy sobrevive en casas rodantes o, directamente, en la calle.

Los políticos republicanos y demócratas se disputaron su favor durante casi dos siglos. Tras la Depresión de los ’30, el New Deal les tendió la red del estado de bienestar. Pero la desigualdad económica y social, que se aceleró en los ’90, los hizo sentir otra vez ciudadanos de segunda.

Después de Trump
Es cierto: una parte de esos estadounidenses, directamente marginados, pasan de la política y ni siquiera se molestarán en votar en noviembre. Pero el núcleo duro del trumpismo, menos excluido, convirtió ese resentimiento en participación política siguiendo a un líder que les promete revancha.

Los votantes de Trump expresan un profundo rechazo a los cambios culturales y productivos que atraviesa la superpotencia y la esperanza de que su liderazgo los regrese mágicamente a tiempos en que la escala social estaba quieta y ellos ocupaban un mejor lugar, no solo frente a las minorías.

Los trumpistas quieren que su líder les devuelva aquel gran país (“Make America Great Again”) en el que crecieron desde la posguerra hasta el inicio de la globalización, y que lo anteponga a todo (“America First”). El mundo, más que nunca, les resulta una amenaza antes que una oportunidad.

Esto conecta al trumpismo con los movimientos nacionalistas y xenófobos de Europa (en Francia, Austria, Hungría, Alemania y Gran Bretaña). También reedita su desprecio visceral por la clase política tradicional. “Temo que las elecciones de noviembre estén arregladas”, se atajó Trump.
Así, puede perfilarse un movimiento político duradero, con o sin Trump. Una oferta política reaccionaria a los problemas que plantea el capitalismo globalizado que construya un enemigo (hoy los inmigrantes, mañana otro) y se abrace a un liderazgo autoritario como la única solución. Estados Unidos tiene algunos antecedentes similares, pero no tan potentes.

Hasta ahora, el trumpismo pareció un estado de ánimo frente a la crisis, una reacción populista disociada de la larga tradición conservadora. Pero el Partido Republicano pudo haber sido apenas su cascarón. Y la Historia ya nos demostró que, dadas las mismas condiciones, eso basta como punto de partida de fenómenos políticos más complejos. Y más riesgosos.