Polémico, brillante y disruptivo, se destacó en gráfica, radio y televisión. Su dura infancia, su gran amor por Cristina Seoane y su trayectoria profesional. A los 82 años, se fue un grande del periodismo
La muerte de Samuel “Chiche” Gelblung representa el cierre de una de las trayectorias más influyentes, polémicas y brillantes del periodismo argentino. A lo largo de más de cinco décadas, dejó su sello en prensa escrita, radio y televisión, consolidando una figura sin concesiones y de gran impacto en la cultura de los medios nacionales.
El periodista falleció esta mañana en el Sanatorio Mater Dei del barrio de Palermo, donde había ingresado el martes por la mañana por un cuadro respiratorio. La noticia fue confirmada a Infobae por la familia del periodista. Era la cuarta internación que atravesaba en el año; pero a pesar de estas complicaciones de salud trabajó hasta sus últimos días.
Nacido en 1944 en Buenos Aires, se convirtió en un protagonista central de las últimas décadas en la historia de los medios, reconocido por su estilo directo y su capacidad para innovar en diferentes formatos. Su legado abarca desde la dirección de revistas emblemáticas hasta la conducción de programas de televisión que marcaron época.

Criado en Villa Devoto en el seno de una familia judía de clase media con activismo político, debió su apodo a que, según contó, “era un bebé tan lindo que me consideraban el chiche de la familia”. Su infancia estuvo signada por el rigor doméstico y la tensión ideológica que imponía la clandestinidad política. Su hogar era escenario de discusiones constantes y mandatos familiares rígidos, sobre todo ante el activismo de sus padres (Berta Kagan -apellido que más tarde cambiaría a Cohen- y Alfredo Gelblung -un industrial del cuero-) y el fanatismo religioso de su abuela. “Todos los días, a la hora de la siesta, mi abuela materna se ponía a rezongar y a llorar. Y lo hacía durante dos horas, sistemáticamente. Ella era muy religiosa, venía todos los días a joder sistemáticamente. Le decía a mi viejo: ‘Vos tenés la culpa de esto’, porque él era comunista”.
Su abuelo paterno había sido tesorero del Partido Comunista y sus padres eran militantes de manera clandestina, que temían ser perseguidos por el gobierno de Juan Domingo Perón. “Era insoportable. Sentí que debía irme o iba a enloquecer”, recordó el propio Gelblung, quien abandonó la casa a los 14 años.

Consiguió refugio en un depósito de huevos y, sin terminar el colegio, se dedicó a oficios informales y a la venta ambulante. Durante la adolescencia, tuvo un acercamiento temprano al mundo adulto y debió afrontar el dolor de perder a dos amigos de la infancia en episodios violentos, lo que, según relató, marcó el fin de su niñez.
La vida familiar de Gelblung se cruzó con retos importantes: su hermano mayor fue enviado a Uruguay por una relación amorosa mal vista, mientras que la menor, Olga, que tenía 8 años, quedó bajo su cuidado. Esa relación fue definitoria para ambos: “La crié yo… fuimos amigos hasta el final”, compartió al recordar la pérdida de Olga durante la pandemia y el papel central que tuvo en su educación. Durante un programa de Polémica en el Bar, la recordó así: “El otro día marqué su teléfono. Lo tengo en el listado y dije ‘la voy a llamar’ pensando que estaba viva. Murió hace tres meses mi hermana. Y sumó una reflexión: ”Necesité la ayuda del psicoanálisis para entender la muerte. Pero nadie lo supera fácilmente”.

El papel de la madre, Berta, era más intelectual que afectivo. Destacó su intuición: después de un atentado con bomba en su casa, fue su madre quien lo llamó “a los dos minutos”, incluso antes de que la policía se enterara, un hecho que interpretó como ejemplo de una conexión más allá de lo racional.
Sin muestras afectivas parentales y bajo la influencia de un pediatra de ideas renovadoras, Gelblung siempre remarcó que su manera de ejercer la paternidad fue opuesta a la de sus padres. “La forma de la paternidad fue uno de los aspectos que más cuidé en mi vida”, afirmó. La muerte de sus padres, tras 64 años de matrimonio, lo impactó profundamente: “Me costó mucho aceptarlo. Los tuve mucho más tiempo que la mayoría, pero igual fue duro”.

En una entrevista con Luis Novaresio, contó: “Mi viejo murió a los 86 años y creo que seis meses antes de morir fue la primera vez que me pudo decir ‘te quiero’. Nunca me lo había podido decir”. Y ante la repregunta del conductor, con lágrimas en los ojos, Chiche agregó que, si lo viera venir, “le diría que lo extraño, lo extraño mucho”.
De los primeros pasos al despegue profesional
Siendo aún adolescente emancipado, el periodismo lo llevó a nuevas experiencias y le permitió viajar a Europa como premio por su desempeño vendiendo la Enciclopedia Británica. “A los 16 ya conocía Londres, París, Roma, Ámsterdam y Lisboa”, destacaba. La autoformación en bibliotecas y el contacto temprano con la independencia forjaron una personalidad autodidacta.

El primer gran salto aconteció tras una cadena de estrategias poco convencionales. Con el secundario incompleto y un título falsificado —avalado por una maniobra con un sacerdote jesuita— logró ingresar a una escuela de periodismo y, enseguida, colarse en redacciones emblemáticas como Editorial Atlántida, donde ingresó en 1966 como pasante. Allí consiguió su primera gran primicia a los 22 años, al infiltrarse en una reunión privada con el expresidente Illia, oportunidad que inició formalmente su carrera. Su jefe, Raúl Urtizberea, le comentó una frase que recordaría: “No sé si te irá bien en la letra, pibe. Pero vos tenés la música”.
En sus inicios firmaba notas sensibles bajo el seudónimo Mariano Ovejero, tanto en gráfica como en coberturas internacionales, como la Guerra de los Seis Días. En paralelo, tuvo una breve veta en el tango, presentándose en La Botica del Ángel, hasta que eligió centrarse en el periodismo. “Lo hice hasta que un día los dueños de la editorial vinieron a La Botica a ver el show y me vieron. Al otro día, me llamó mi director y me dijo: ‘Vas a tener que elegir: o el tango o el periodismo’. Ganaba más como periodista, así que ahí terminó mi carrera como cantante. Pero me divertía mucho”, explicó.

En la dirección de la revista Gente, entre 1975 y 1981, y de La Semana en los 80, apostó a la audacia y la creatividad, desarrollando investigaciones sociales empíricas. Gelblung no rehuía al sensacionalismo: “Me causa gracia que digan periodismo amarillo; hay una sola manera de hacer periodismo”, defendía. Estudió el modelo de los tabloides británicos y siempre priorizó la cercanía con el público.
El salto a la televisión fue, según relató, decisión de terceros: “Llegué a la tele a los 50; menos mal, si me agarraba a los 25 hubiera sido un desastre”. Los cambios de rutina y códigos le resultaron incómodos, pero supo aprovechar la oportunidad cuando Alejandro Romay —figura clave de la TV argentina— apostó por él y aprobó un presupuesto de USD 120 mil para una sola nota, un ejemplo de la dimensión de la producción en esa época.

Un innovador en el periodismo argentino
Durante los años 90, Chiche Gelblung se consolidó como exponente del periodismo televisivo con formatos que iban del análisis a lo declarativo y lo experimental. Programas como Memoria (Canal 9) marcaron época por la osadía de sus investigaciones y por cruzar con irreverencia los límites entre la crónica y la ficción. Entre las notas más resonantes se cuentan las investigaciones sobre el estafador Ricardo Gil Lecha y la desmitificación de la autopsia del extraterrestre de Roswell.
Con la mirada puesta en el compromiso personal, declaraba: “Guardias de 24 horas, de 48 horas, yo las hice. No le pido a nadie algo que no pueda hacer yo mismo”, explicó. Era reconocido como “jefe exigente”, pero defendía un liderazgo basado en el ejemplo y en la honestidad con sus equipos: “Nunca falté el respeto, jamás acosé a nadie. Soy gritón, pero bajo mis mismas reglas”.

La actividad periodística se extendió a ciclos radiales en La Red, Continental, Radio 10, Radio Rivadavia y La 100, así como la creación de portales digitales como Minuto Uno, Infoveloz y Rating Cero. Gelblung se definía a sí mismo como impulsado por la “curiosidad” y destacaba “el hambre como fórmula de vitalidad”.
Incluso en sus últimos años, al frente de su programa de Crónica TV, Chiche mantuvo una agenda intensa y realizó coberturas internacionales en zonas de guerra, como Ucrania en 2022, a los 79 años. “Hay que estar donde hay que estar. Roma, París, Vietnam, Biafra, Yom Kipur, la guerra de los Seis Días... siempre elegí los escenarios complejos”, decía.

En su etapa de madurez, evaluó de manera crítica la evolución del oficio: “Hoy todos los canales son policiales. Antes éramos únicos, originales. Ahora sos uno más y hay menos análisis, mucha coyuntura”, analizó. Pese a valorar los avances técnicos, resaltaba las carencias culturales: “No leen, no pueden referenciar el pasado”, lamentaba.
El reconocimiento profesional fue constante. Gelblung evocaba el consejo de Roberto Galán durante su debut televisivo: “Cuando se prende la luz, vos sos Dios; pero cuando se apaga, volvés a ser igual que todos”. Esa lección de humildad orientó su vínculo con la fama y con su audiencia.

Confesiones, desafíos y salud
Gelblung nunca evitó hablar sobre sus experiencias límite. Desde niño vivió en entornos de riesgo político y social, adoptando un temple fuerte para subsistir. La amenaza de la persecución política, episodios como la bomba en su casa y un exilio en Madrid en 1981 marcaron su biografía. Los recuerdos del estrés postraumático de las guerras —Vietnam, Biafra, Yom Kipur, la guerra de los Seis Días— lo acompañaron durante años: “El miedo te agarra después. Lloré y temblé, no hay peor olor que la sangre”, relató.
En materia de salud, fue transparente respecto a sus últimos episodios graves: sepsis y neumonía en 2020, insuficiencia renal en 2023 y 2024, y sucesivas internaciones en el Sanatorio Mater Dei. “Estoy transitando algunos problemas. Pero sigo para adelante; ¿qué voy a hacer?”, declaró.

Entre sus costumbres excéntricas se encuentran la acumulación de objetos, una inclinación que achacaba a su carácter compulsivo. “Llegué a tener 3 mil lapiceras y mil corbatas”, reconocía, junto a inversiones arriesgadas en sus programas. A los 79 años, se inscribió como voluntario para un eventual viaje a la luna a través de la NASA: “Me apasiona el viaje en sí mismo”, aseguró.
El humor negro y la forma de lidiar con la muerte también fueron parte de su personalidad mediática, desde ensayar “caras de muerto” frente al espejo hasta relatar con tono anecdótico su único contacto con la cocaína en una comisaría, según contó en el programa La Noche Perfecta, donde también asumió que fue “el primer argentino que tomó Viagra”.

Una vida junto a Cristina Seoane: amor y superación
El vínculo entre Cristina Seoane y Chiche Gelblung abarcó casi medio siglo y estuvo marcado por crisis y reconciliaciones. Se conocieron en la revista Gente, cuando él era director y ella una modelo reconocida. Aunque Seoane estaba casada, se sintió atraída por el carisma de Gelblung y, luego de sumarse al equipo de la publicación, comenzó una relación que atravesó infidelidades y rupturas.
El propio Gelblung admitió haber sido “infiel serial”, lo que provocó escándalos y hasta un episodio en el que Cristina, junto a otras involucradas, irrumpió en su departamento. “Por la única que luché fue por ella”, relató, mencionando que debió esforzarse y recurrir incluso a la terapia de pareja para lograr la reconstrucción.

Se casaron en 1977. Anteriormente, Chiche había estado casado en primeras nupcias por Iglesia católica y civilmente con Marta Inés Velasco. Pero fue con Seoane con quien tuvo a sus tres hijos, Maggie, Mary y Federico, que le dieron siete nietos. “Mi mujer es el gran amor de mi vida, es mi equilibrio”, definió alguna vez.
La pareja consolidó más de 45 años juntos. Ambos destacaron las diferencias de carácter, pero subrayaron el respeto mutuo. Para Gelblung, las virtudes de Cristina abarcaron la inteligencia, solidaridad y ternura; ella valoró su humor y humanidad. Y siempre señaló que el amor fue el motor para superar cada dificultad: “El amor, la base de absolutamente todo, tiene el poder de anular cualquier peligro. Te hace cruzar fronteras inimaginables”, expresó Gelblung.

Reconocimientos, homenajes y el legado de Chiche Gelblung
Hasta los últimos meses, Gelblung mantuvo su vigencia con la conducción de programas como Chiche 2024 en Crónica TV. El punto más alto de sus reconocimientos recientes fue la distinción al mejor programa de magazine en el Martín Fierro de Cable 2025, entregada en el Goldencenter de Buenos Aires por la Asociación de Periodistas de la Televisión y la Radiofonía Argentina (APTRA).
Durante la ceremonia, fue ovacionado, acompañado de Cristina Seoane. Al recibir el premio evocó a El Eternauta con la frase: “Lo viejo funciona, Juan”. Esa noche, la presencia de su familia fue símbolo de resiliencia y fortaleza.

Enfrentó sus últimos desafíos médicos con la compañía y el afecto de sus allegados, incluso tras internaciones por insuficiencia renal, sepsis y neumonía. “Le tengo miedo a la muerte, sí. Pero yo no me hago cargo de eso. Yo encaro mi día como si fuera a vivir 200 años. La verdad es que no me frena. He tenido problemas de salud no hace mucho tiempo. Estoy transitando algunos problemas. Pero bueno, sigo para adelante, ¿qué voy a hacer?”

Continuó, hasta el final, convencido de que “uno tiene la edad de sus proyectos”. Conservó el deseo de lanzar un diario de papel y de no retirarse del periodismo.
Chiche Gelblung dejó un legado de audacia, curiosidad y pasión por el oficio. Marcó a generaciones de periodistas y espectadores, demostrando que desafiar las convenciones y apostar por la originalidad es posible incluso en entornos de máxima adversidad.

Su vida, marcada por el desafío constante y el impulso de la curiosidad, permanece como testimonio para quienes buscan comprender la historia reciente de los medios en Argentina. El recorrido de Gelblung confirma que, mientras existan sueños, la historia personal nunca está realmente concluida.
Por Hugo Martin-Infobae

