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Memorias patrióticas, homenajes faltantes y guías sepultadas Por Gustavo Druetta

El 17 de agosto pasado presencié en la plaza San Martín un módico homenaje al fallecimiento (1850) del “Padre de la Patria”. Aparte de un escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, su fanfarria y minúsculas formaciones militares, el acto presidido por el ministro de Cultura apenas contó con la presencia de un reducido puñado de escolares privados, unos cien transeúntes curiosos y miembros de asociaciones tradicionales. Juntos corearon el himno nacional y la “Marcha de San Lorenzo” en notoria ausencia total de delantales blancos. El 17 de octubre de 1815, el Coronel Mayor José de San Martín, gobernador de la provincia de Cuyo, dirigía desde el campamento de El Plumerillo, Mendoza, una circular a los directores de las Escuelas Públicas. Les recordaba que sus educandos “formarán algún día una nación culta, libre y gloriosa…” para lo cual debían “…inspirarles patriotismo y virtudes cívicas”. A tal fin habrían de cumplir su orden de que “todos los jueves se presenten las escuelas en la Plaza Mayor a entonar la Canción Nacional”. Recordé mi primera tarea al abrir el cuaderno de clase para escribir todos los días del año 1950: “Año del Libertador Gral. San Martín”. Cinco años antes, el decreto ley Nº 12.387 de 1945 del gobierno de facto del Gral. E. Farell, quien el año anterior había estatizado el Instituto Nacional Sanmartiniano, instituyó el 17 de agosto como “Día del Libertador” y del “Soldado Desconocido de la Independencia” representativo de decenas de miles de patriotas caídos.

Su vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión, Cnel. J. D. Perón, organizó los fastos. Agregados militares argentinos en Chile, Bolivia, Perú y Ecuador reunieron e incineraron restos de los caídos en los campos de batalla de Chacabuco, Cancha Rayada, Maipú, Pichincha, Riobamba, Junín, Ayacucho, Suipacha, Sipe-Sipe y Cerro de Pasco, para ser entregados en El Plumerillo, Mendoza. Los restos desenterrados en Bolivia se recibieron en La Quiaca y se unieron con de los caídos en las batallas de Salta y Tucumán y en las guerrillas de Güemes, trayéndolos por Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza. El despojos humanos incinerados fueron colocados en una gran urna confeccionada con el bronce de un cañón de la Independencia, la que viajó a Buenos Aires en el tren presidencial. En cada pueblo al que llegaba, era descendida y homenajeada por los habitantes y autoridades del lugar. Al final se les sumaron restos de granaderos caídos en San Lorenzo. Al arribar a la Plaza de Mayo cien antorchas iluminaron la noche. Una encendió la “antorcha de la argentinidad” en el frontispicio de la Catedral Metropolitana. Después de 120 años de que concluyera en Ayacucho (1826) la lucha por la libertad de las Pcias. Unidas de Sudamérica, las tumbas del Soldado Desconocido y la del Libertador San Martín yacerían gloriosamente juntas.

Un siglo y medio después irrumpirá otra guerra anticolonialista. Decidida por liberticidas con ambiguo propósito y pésima conducción que empero no empañó el valor de muchos combatientes. Hace 34 años los restos desconocidos de un centenar de soldados argentinos yacen en el cementerio de Darwin. Los nombres de más de 700 muertos están inscritos en el mausoleo de Plaza San Martín. Ni al mausoleo patriótico de la catedral, ni al de los caídos en Malvinas, invitó el presidente Macri a rendir homenaje a sus primeros visitantes ilustres. En cambio acompañó a los mandatarios de Francia, USA e Italia, a arrojar sendas ofrendas florales al Río de la Plata por unos 9.000 desaparecidos de la última y feroz dictadura cívico-militar. ¿Lo sabía proveedor al primero en los años ’50 del modelo torturador-contrainsurgente en Argelia, y al segundo instructor en los ’60 del entrenamiento militar y policial para el aniquilamiento contrarrevolucionario? ¿No debió hacer lo mismo en algún lugar emblemático para las más de mil víctimas del accionar guerrillero? Por ejemplo, en el sitio de la CABA donde hirieron al Tte. 1ro. E. Rusch y al soldado O. Dedged, y murió el Tte. Cnel. J. Duarte Hardoy –quien habría participado en los cursos de la Escuela de las Américas en Panamá- cuando al frente de soldados del Regimiento Patricios intentó recuperar el Cdo. de Sanidad del Ejército atacado por la guerrilla (6/9/74) en plena democracia, entregado por un soldado miembro del ERP, H. Invernizzi, y tomado entre otros por E. Anguita. Apresados en la acción y luego de purgar cárcel hasta mediados de los ‘80 amparados en la legalidad republicana, han gozado y gozan aún de puestos públicos, indemnizaciones y celebridad audiovisual, Hubiera sido justo éste otro homenaje con los altos mandatarios del occidente cristiano. Pero políticamente “incorrecto” ya que el escudo del trunco relato kirchnerista aún da frutos.

Por su parte, la sociedad brindó un cálido aplauso a los ex combatientes de Malvinas cuando el 9 de julio, en el festejo del Bicentenario, desfilaron orgullosos y emocionados por la avenida del Libertador. Homenaje que es difícil, imposible imaginar, se rinda alguna vez a los más de 1.000 presos militares, policías y civiles (cerca de 400 ya fallecidos en prisión) condenados o procesados por causas de lesa humanidad –entre ellos un reconocido héroe de Malvinas-. Aun cuando hayan sido denunciados por la “Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia” serios vicios jurídicos, reclamándolos como “presos políticos” y calificando sus condenas de ilícitas. ¿Podría S. Freud afirmar que cumplen la misión del “chivo expiatorio” en una sociedad culposa que se refugió en aquella muletilla del “por algo será” temiendo o soslayando las desapariciones de los ´70? Ya hace dos siglos, sin embargo, el “Código de Honor” del Gran Capitán de los Andes condenaría con mucha anticipación los métodos terroríficos. Su espíritu ilustrado aborrecía del trato cruel al enemigo rendido. La advertencia a sus tropas de que “la Patria no es abrigadora de crímenes” y que duras penas serían aplicadas, según la ley, a quién los cometiese, debería haber servido de guía inviolable a las instituciones herederas del legado sanmartiniano para haber combatido los crímenes terroristas de la guerrilla antidemocrática fielmente apegadas a la Constitución.

*Gustavo Druetta *Sociólogo  y periodista. Ex teniente de Artillería (1965-1970)