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María Kodama: “Borges escuchaba a Pink Floyd”

La mística, el legado y un posible reencuentro en el más allá son algunos temas de esta entrevista con la viuda y albacea del escritor, a horas de celebrar un nuevo aniversario de su nacimiento con las tradicionales jornadas sobre su obra

En el día del 123° aniversario del nacimiento de Jorge Luis Borges, su viuda y heredera de la obra, la escritora y traductora María Kodama, estudia kanjis -sinogramas de uno de los tres sistemas de escritura japonesa- en el patio de un hotel de Recoleta. “Vine acá para estar tranquila y estudiar a fondo los kanjis; si estoy en mi casa van, vienen, me llaman -dice a LA NACION-. Ya conozco el hiragana y el katakana, pero los kanjis son imprescindibles para conocer la literatura japonesa”. También revisa, junto con la abogada Claudia Farías Gómez, las correcciones del libro que ambas publicarán en diciembre, La divisa punzó, donde para sorpresa de muchos se reivindica la figura de Juan Manuel de Rosas. “En el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas están como locos con nosotras”, revela con una sonrisa.

A los 85 años, Kodama sigue al frente de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges, coorganizadora de las Jornadas Borges que se inauguran esta tarde en el Centro Cultural Borges con el lema Confabulaciones: escrituras plurales y lecturas colectivas. “Lleva mucho tiempo prepararlas y confirmar la presencia de tantos investigadores que tiene su obra -señala-. No pudimos hacerlas en la sede de la Fundación porque están haciendo arreglos”. En el canal de YouTube del centro cultural, desde esta tarde se puede ver y escuchar el interesante diálogo virtual “La experiencia mística de Borges”, con Kodama y los investigadores Luce López Baralt (de la Universidad de Puerto Rico) y Lucas Adur, de la Universidad de Buenos Aires, coordinado por el periodista Fernando Flores Maio.

-¿Cómo era la relación de Borges con la mística?

-Está muy presente en casi toda su obra. Supongo que se debe a que él creció con dos religiones, la católica por parte de su familia materna y la protestante por parte de su abuela inglesa. También yo crecí con dos religiones: la católica por parte de mi madre y la shintoísta, por mi padre que era japonés. Así que tenemos una base en común. La religión le interesaba no tanto como una creencia sino como creación humana, lo que los hombres hicieron para comprender la relación con la divinidad y lo absoluto. Para mí, por ejemplo, el espacio ilimitado es Dios. ¿Cómo pensar que somos los únicos en el espacio infinito? Borges creía que había una fuerza superior que había creado el mundo. Al crecer con dos religiones, se abre el espacio para la duda. Desde chica entendí que las religiones monoteístas tienen una obsesión con el sexo y que la fe ciega alimenta el odio de unos hacia otros. Mi padre me enseñó que la libertad es conocer las consecuencias de la libertad y asumirlas, y no fastidiar al prójimo.

-¿Y creés que en el más allá se reencontrarán con Borges?

-Nadie sabe. Nosotros hablábamos de la teoría de los eones, según la cual hay un mundo espiritual paralelo al nuestro, en el que algunos eones quieren investigar cómo es la vida terrenal, que no es la suya, y quedan castigados en la Tierra hasta que otro eón se lo lleva con él. Es muy linda la teoría. Él y yo somos dos eones.

-¿Cómo festejaban los cumpleaños de Borges?

-Hacíamos fiestas y reuniones muy divertidas. Yo nunca conmemoro las partidas, siempre celebro el nacimiento. Invitábamos a amigos y, en lugar de poner el “Happy Birthday”, que a él le parecía una tontería y lo odiaba, poníamos The Wall, de Pink Floyd. A Borges le gustaba la música que yo escuchaba, y a mí me encanta el rock: Elvis Presley, los Beatles, los Rolling Stones. Vi hace poco la película de Elvis y es genial. A Borges le gustaba recibir regalos. Mis amigos al principio lo odiaban.

-¿Por qué?

-Primero por la diferencia de edad que había entre él y yo, y en segundo lugar por celos, porque yo prefería estar con Borges. Nos divertíamos mucho; le contaba que les decía: “¿Para qué voy a estar con ustedes que hablan de cosas espantosas todo el tiempo?”. Escuchaba los comentarios en contra que me hacían, pero cuando él entró en el “gran mar”, una imagen preciosa de los florentinos para referirse a la muerte, les dije: “Sé lo que ustedes pensaban de él y lo entiendo porque sé que me quieren, pero a partir de ahora al que le haga una crítica lo corto de mi vida”. Nunca más me dijeron nada.

“Un día le avisé que iba al cine y que luego me encontraría con él a cenar. “Nos vemos después”, le dije. Me respondió que venía conmigo. Fue genial porque escuchando las palabras siguió la trama. Él escribía una columna sobre cine en la revista ‘Sur’, le encantaba, íbamos muy seguido.”

-¿Y pensás en tu propia muerte?

-No. Yo soy fatalista. Pienso que soy libre y que la única posibilidad es elegir algo, pero a la vez creo que lo que elijo ya está elegido. El destino ya está escrito, mi única libertad entre comillas es elegir, pero eso ya está elegido para mí. Rechazarlo es inútil.

-Desde ese punto de vista se podría decir que el vínculo entre Borges y vos estaba predestinado.

-El otro día encontré un libro de Estela Canto, Borges a contraluz, que ella me regaló con una dedicatoria preciosa que decía algo así como que cuando yo leyera el libro tal vez podría no gustarme, pero que de todos modos ella quería regalármelo porque yo era la única persona que había conseguido el amor y la felicidad de Borges. Precioso. Ella era una mujer muy libre, imaginate en esos años cuando era joven, un escándalo total. Él una vez la mencionó, la recordaba con afecto. A diferencia de Borges, yo no soy celosa. Una vez en que él demostró sus celos le dije que si llegaba a suceder que me enamoraba de otra persona, antes de tomar un café con esa persona yo iba a decirle a él que lo dejaba porque había encontrado a un eón que lo superaba. Se reía pero sabía que era cierto.

-¿Iban al cine incluso cuando él ya estaba perdiendo la visión?

-Totalmente. Un día le avisé que iba a ver El silencio de Ingmar Bergman y que luego me encontraría con él a cenar. “Nos vemos después”, le dije. Me respondió que venía conmigo. “Borges, yo no le puedo traducir porque está en sueco”, le contesté. “Voy a ver cuánto sé de sueco”, me dijo. Fue genial porque al final me preguntó si la película era más o menos sobre tal cosa y tal otra, y así era; escuchando las palabras siguió la trama. Él escribía una columna sobre cine en la revista Sur, le encantaba, íbamos muy seguido.

-¿Qué pensaría sobre el reconocimiento internacional que alcanzó su obra?

-Era una persona muy humilde. Atribuía los elogios a la generosidad de la gente, pero no lo decía como una pose, era así realmente. Adonde íbamos nos encontrábamos con admiradores de su literatura. El agente literario Andrew Wylie, al que llaman el “Chacal”, un día hizo una comida en Nueva York con críticos y escritores y me invitó. Al final se paró e hizo un brindis por mí. “Hay muchos escritores tan importantes como Borges”, dijo, “pero el hecho de que todo el mundo hable de él es porque vos das conferencias, viajás por el mundo para difundir su obra, presidís la Fundación, con todo esa tarea hacés que sintamos que Borges está vivo”.

-¿Notás que hay una reivindicación de tu persona? Durante mucho tiempo fuiste un poco criticada.

-¿Un poco? La gente se ha dado cuenta de que fui difamada y también se dio cuenta de dónde venían las críticas: de María Esther Vázquez, una loca de la guerra que no sé qué obsesión tenía con Borges y conmigo, de Alejandro Vaccaro, de Roberto Alifano, al que Borges le puso un apodo muy divertido que no te puedo contar. Una vez fuimos con Borges a la casa del escritor español Juan Goytisolo en Marruecos, donde Borges se hizo leer la suerte en la plaza Jeema el-Fna. Goytisolo le traducía lo que decía la vidente, fue tan divertido. La cuestión es que ahí tuve una experiencia increíble en el desierto, donde estuve varios días con algunas personas que me cuidaban. Un día estaba viendo el atardecer en el desierto, con unos colores maravillosos, y de pronto sentí que algo se movía dentro de mí. Lo atribuí a la soledad de ese momento. Pasaron diez años y un día me llama María Adela Renard para contarme que se había muerto María Esther Vázquez. Mi amiga pensó que iba a alegrarme, pero no sentí nada. “Me hace recordar lo que hace diez años me pasó en el desierto -le dije-. Gracias a vos me doy cuenta de que soy totalmente libre, porque si hubiera sentido algo es porque hubiera quedado presa de lo peor que puede sentir una persona, que es el odio”. Finalmente, la gente se dio cuenta del trabajo que hice por la obra de Borges.

-¿Tenés previsto qué va a pasar con los derechos de la obra de Borges cuando vos entres en el “gran mar”?

-Está todo planeado. Una parte estará a cargo de una universidad estadounidense, donde él daba conferencias, y otra parte, a cargo una universidad japonesa, donde enseñan español y la obra de Borges. No puedo decir cuáles son esas universidades porque los van a volver locos y no van a querer saber nada.

-¿Por qué no a una universidad argentina?

-¿Te parece que pueden quedar a cargo de una universidad argentina? No quiero que pase lo que pasó con el legado de Victoria Ocampo. Acá conocés a alguien en un momento y te parece que es una persona correcta, pero después la cambian por otra que no lo es tanto.

-¿Es cierto que vas a publicar un libro sobre Juan Manuel de Rosas?

-Es una historia genial. ¿Viste que a todos nos criaron con la historia de que Rosas era un monstruo? De ahí nacieron unitarios y federales, peronistas y antiperonistas. Eso no es democracia. En democracia, todos los partidos son los que tienen que gobernar a un país, hablando y llegando a acuerdos. Una amiga, Claudia Farías Gómez, que es abogada, recibió de su hermano un libro de Adolfo Saldías que recoge la obra de Juan Bautista Alberdi, que es el que hizo nuestra Constitución y era enemigo acérrimo de Rosas. Pero lo va a ver a Rosas a Inglaterra para ofrecerle ser su abogado, para que pueda recuperar sus propiedades en la Argentina. Y le ofrece sus servicios gratuitamente. Rosas lo abraza a Alberdi pero rechaza la propuesta porque eso hubiera sido el fin de la carrera de Alberdi en la Argentina. “Un hombre que piensa en el otro en ese momento”, dijimos con mi amiga, “no es lo que nos contaron de Rosas”. Y entonces empezamos una investigación con mucha bibliografía, las cartas entre José de San Martín y Rosas que están en el Museo Histórico Nacional y otros documentos. El libro se va a llamar La divisa punzó. Rosas hizo que esa divisa la usaran los indios que trabajaban para él, pero luego pasó a ser un símbolo político de división. En la editorial están fascinados con el proyecto y el padre del ministro de Cultura de la nación, Tristán Bauer, que es rosista, siempre que me ve me pregunta cuándo va a salir el libro. Sale en diciembre.

Por Daniel Gigena