El Mundial dejó dos teorías terraplanistas enfrentadas. Una, que “nos robaron la copa”; y otra, que los jugadores y los argentinos somos violentos, xenófobos y racistas.
La primera se basa en la presunción de que la Selección difícilmente podía ser vencida y que, si España resultó tan superior, fue por la intervención de una “mano negra”. Es una hipótesis avalada por una supuesta supremacía no solo dentro del campo de juego (con “el mejor jugador de la historia”) sino fuera de él, autopercibiéndonos como los mejores hinchas, los más pasionales y hasta los que componen las canciones de cancha más creativas.
La segunda se respalda en el juego fuerte durante la final, en las agresiones de algunos jugadores tras el partido, en los cánticos xenófobos de los hinchas y en el racismo de un seleccionado que “no tiene ningún negro en el equipo”.
El terraplanismo subsiste porque la estupidez es peor enemiga de la verdad que la misma mentira.
Cierto y falso. Pero, como en todas las teorías conspirativas, para hacerlas verosímiles se requieren datos verdaderos para sostener tantas falsedades.
Es cierto que la Selección fue avasallada de una forma inesperada, que un jugador argentino fue echado por una falta fuerte y que, al final, hubo algunas agresiones hacia los españoles (nada muy distinto a lo que se ve en otros partidos internacionales).
También es cierto que los hinchas argentinos corean cánticos que a veces resultan tan creativos como discriminatorios (que se justifican como parte del folclore futbolístico) y que la pasión de jugadores e hinchas supera ampliamente lo que ocurre en países europeos como España (producto de un maravilloso “ADN argento” o, quizás, de un vacío que las sociedades empobrecidas como la argentina intentan llenar con añorados éxitos deportivos).
Todo lo demás que dio sustento a este terraplanismo mundialista es falso.
Que lo sea y que millones de personas lo hayan dado por verdadero es parte de un fenómeno global que aplica polarización extrema a cualquier debate de dimensión social y política, acelerado por el poder de los algoritmos para sumar likes y clics sin importar las consecuencias.
Pero también es resultado de que una de las máximas figuras polarizantes del mundo, estrella de las redes y que más controversias despierta, es presidente de la Argentina. Lo que facilita la confusión entre prejuicios y realidades.
Una porción de lo que el Gobierno llama “campaña anti-Argentina” surge de aquellos que, con cierta lógica, entienden que una mayoría de argentinos se debe parecer al mandatario que eligieron. Un hombre que relaciona la homosexualidad con la pedofilia y a los inmigrantes con delincuentes, que insulta a quienes no coinciden con él, que instiga a odiar a los periodistas y que en marzo pasado fue uno de los tres jefes de Estado (los otros fueron Trump y Netanyahu) que en la ONU votó en contra de declarar a la esclavitud como crimen de lesa humanidad.
La asociación entre un primer mandatario y sus representados parece razonable, pero la generalización es absurda. Incluso, muchos de los que votaron a Milei son críticos de algunas de esas actitudes.
En todo caso, que una mayoría haya aceptado la conducción de alguien que nunca ocultó lo que era y pensaba no contradice el hecho de que la Argentina sigue siendo uno de los países más abiertos a la inmigración y en el que no existen enfrentamientos raciales ni religiosos.
Lo que sí existen son los conflictos devenidos de la puja de intereses entre los que más y menos tienen, típicos de sociedades empobrecidas que, en algunos casos, incluye un destrato manifiesto hacia los inmigrantes de países más pobres que el nuestro.
La verdadera campaña. La “campaña anti-Argentina” sirve para entender el funcionamiento de los algoritmos, la ignorancia de quienes creen que lo que leen en sus redes es la verdad y el aprovechamiento político del caos que genera la desaparición de límites entre lo real y lo ficticio.
El especialista Maximiliano Firtman lo escribió en PERFIL: “La red aprende de lo que provoca reacciones. Una mentira genera respuestas y tiempo de lectura. Si miles interactúan para refutarla, el sistema interpreta interés y se la muestra todavía a más gente. No penaliza que cientos de cuentas repitan la misma historia falsa. Si alguien se queda leyendo publicaciones anti-Argentina, incluso para criticarlas, el algoritmo aprende que el tema interesa”.
Firtman señaló que se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos que nunca existieron, y sostuvo que las mentiras generan más interacciones que las verdades. “El algoritmo –finalizó– no obliga a Milei a publicar ‘No odiamos lo suficiente a los periodistas’ ni a un usuario a inventar una cita de Messi. Lo que sí hace es convertir cada agresión en materia prima para nuevas agresiones y nos presenta el resultado como una expresión espontánea de la plaza pública”.
Por otro lado, Julián Tovar, especialista español y coordinador del sitio “Pandemia digital”, tras analizar 107 millones de redes, foros y medios digitales, concluyó que las menciones positivas y negativas sobre el país prácticamente se mantuvieron estables. Antes, durante y después del Mundial.
No existió tal boom antiargentino que la subjetividad terraplanista creyó haber visto.
De manual. Como en la alegoría de la caverna, los habitantes de las distintas burbujas comunicacionales están convencidos de que lo que ven es lo verdadero y es lo mismo que ve el resto del mundo.
Pero lo cierto es que solo ven las sombras de los algoritmos alimentando los prejuicios de unos y otros.
En este caso, mientras unos creyeron que la Argentina era el país más racista y violento del mundo, otros dieron por probado que le robaron la copa a la Selección.
Después está el uso que de ese caos hace la política.
Creo que Milei es instinto en estado puro, pero después de años junto a Santiago Caputo, entendió que sus particularidades psicológicas pueden ser funcionales a la locura de las redes.
Porque si ya no importa si una persona cree ver cosas que no existen o piensa que habla con seres muertos, entonces hay una oportunidad para aquellos líderes que corporizan esta comunión de época entre ficción y realidad.
Los Milei, los Trump, los Orbán, los Beppe Grillo de este mundo son los cuerpos que usa la historia para exponer el malestar de este tiempo. Detrás de ellos están los ingenieros que alimentan el caos para aprovecharlo política y económicamente, como bien estudió Giuliano da Empoli.
Lo que dicta ese manual es que Milei aprovechará el clima para profundizar la polarización entre el “ellos” y el “nosotros”. Y se mostrará como el adalid que, además de enfrentar a los zurdos y kukas hdmp que infectan el país, batallará contra la campaña mundial que amenaza los intereses nacionales.
En el medio, intentará sumar electoralmente al chovinismo que cruza a políticos y comunicadores de otros partidos y tendencias, y pondrá el foco en nuevos enemigos externos de la mítica batalla cultural que Dios le encomendó.
Empezando por poner coto a los extranjeros que se aprovechan de la gratuidad de nuestros sistemas de salud y de educación.
El truco funciona hasta que deja de funcionar.
Que suele ser cuando la realidad real nos saca de la caverna a empujones y nos hace ver que lo que parecía tan normal en verdad no lo era.

Por Gustavo González - Perfil

