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Los riesgos de perder la provincia de Buenos Aires

La conflictividad y la pobreza son hijas de la inflación descontrolada y el ajuste sobre los ingresos. La encerrona de Cristina y la encuesta que muestra el deterioro de la gestión Kicillof.

El Frente de Todos en particular y la dirigencia en general tendrían que agradecerlo. Con una inflación que se estaciona en torno al 7% mensual, en los últimos 12 meses superó el 80% y todavía no llegó a su techo, la conflictividad es de lo más baja. Sin embargo, en una nueva demostración del micromundo en que habitan las clases dirigentes, la mayor parte de la coalición de gobierno y las voces empresarias coincidieron en los últimos días en fastidiarse con las manifestaciones de descontento y confabularse contra el síntoma. El conflicto con el sindicato del neumático delató a ministros, voceros y funcionarios con pasado gremial como un coro en defensa de un sector de altísima rentabilidad.

La amenaza de Sergio Massa, abrir las importaciones para debilitar el reclamo de recomposición salarial, fue desautorizada por la confesión de su mano derecha en el Congreso. La comparación de Gabriel Rubinstein entre salarios, tarifas y ganancia empresaria fue un sincericidio: “Hay algo que sí está adelantado a nivel macro, lo que llamamos un residuo, que son los márgenes brutos empresariales, que han quedado altos en general. Hay que buscar la manera de ser eficiente y que los márgenes generales de las empresas vuelvan a lo que eran hace cuatro o cinco años atrás porque se han desfasado”. Con semejante confesión, el fiscalista Rubinstein le dio la razón al clasista Alejandro Crespo.

La mediación de Pablo Moyano sacó al presidente del mundo de fantasía en que lo envuelve Héctor Daer y le permitió al gobierno de los Fernández correrse del lugar de abogado de Javier Madanes Quintanilla. El aumento del 66% en 5 tramos se da en un sector que, en los últimos siete años, incrementó los precios mayoristas (2600%) tres veces más los salarios (804%), según los números del Instituto de Pensamiento y Política Públicas de la CTA.

Son muy pocos los sindicatos que, como La Bancaria del neocristinista Sergio Palazzo, pueden cerrar una paritaria de 94,5% con un bono de 185 mil pesos. Palazzo defiende a sus afiliados y negocia con los bancos, ganadores permanentes que acaban de beneficiarse con el bono dual que les firmó Massa.

Aunque después buscó relativizar su definición, la readaptación que Rubinstein hizo del hit de Cristina “la juntan en pala” se inscribe en un contexto muy distinto al de los años dorados del kirchnerismo en el poder. Se agotó hace rato el modelo de todos ganan y la transferencia de ingresos deja claros ganadores.

Massa logró una relativa estabilidad gracias al dulce del dólar soja y superó sus propias expectativas. Con la devaluación a medida del dólar a 200, los sojeros liquidaron US$ 7.678 millones en un mes y el Banco Central pudo comprar US$ 4.968 millones. Hacia adelante, será difícil que liquiden sin una nuevo premio. Las grandes cerealeras no se proclaman autoras ideológicas de la medida que les permitió incrementar sus ganancias con precios récord pero siempre quieren más. Nunca menos.

El contraste lo marcan los números del INDEC, que hablan con una claridad que no abunda en el oficialismo. En julio el salario real volvió a perder con la inflación y acumulaba, en los primeros siete meses del año, una caída del 3%.

Con un mosaico laboral astillado, el informe de la consultora ACM dio cuenta de la grieta entre asalariados. La pérdida del sector registrado en promedio desde enero fue de un 1,57%, pero la del sector privado no registrado llegó a 10%. Desde que los Fernández aterrizaron en el poder, dice ACM, los ingresos de los trabajadores informales sufrieron una pérdida fenomenal y cayeron un 16,13%. Ese universo que, según muchas mediciones, representa ya a la mitad de la población económicamente activa, es el que más sufre la crisis, como lo indica la demostración de fuerzas permanente de los movimientos sociales que salen a la calle.

Con más de 17 millones de personas bajo la línea de pobreza y la indigencia que crecía hasta afectar a más de 4 millones ya antes de la salida estruendosa de Martín Guzmán, el impacto que puede tener la inflación descontrolada sobre el electorado histórico del peronismo cristinista es todavía un enigma. Que ese continente de pobres haya sido naturalizado por las elites es precisamente lo que explica que la dirigencia -no solo política- esté cuestionada como nunca en las últimas dos décadas y que el malestar penetre en los barrios, muchas veces sin distinguir entre gobierno y oposición.

El aumento de la indigencia fue muy fuerte en el Norte, en La Plata y en el conurbano bonaerense, donde subió en apenas 6 meses del 10,5 al 11,9% y en ese lapso 190.000 personas se convirtieron en nuevos indigentes. En la provincia que gobierna Axel Kicillof, el 42% de habitantes estaba bajo la línea de pobreza, antes de que la inflación llegara al pico de 7% mensual. Eran alrededor de 5,3 millones de personas pobres bajo del umbral de dignidad.

Salvo que venga un shock distributivo, la pobreza seguirá creciendo en las próximas mediciones según coinciden Agustin Salvia y Claudio Lozano. Las carencias se sienten en todo el país, lejos de la endogámica ciudad de Buenos Aires, pero se concentran en los grandes centros urbanos.

Por lo pronto el gabinete albertista es otra vez un tembladeral. Miguel Pesce no es el único cuestionado por el tándem Massa-CFK. Juan Zabaleta actualiza el “me quiero ir” que inmortalizó Hernan Lorenzino y a Claudio Moroni lo quieren jubilar hace años desde el cristinismo. Sondeada para asumir en Desarrollo Social, la diputada Victoria Tolosa Paz mira los números de inflación y pobreza y ve al ministerio como una emboscada. A ese cuadro hay que imprimirle los resultados del ajuste que conduce a la recesión, tal como lo marca el informe titulado “El giro contractivo de Massa enfría la actividad”, de la consultora Analytica de Ricardo Delgado, un economista que fue parte del Frente Renovador.

Casi dos años después de haber pedido en La Plata alinear precios y salarios, la vicepresidenta se encuentra en una encerrona de difícil salida. No solo la inflación arrasa con los ingresos de los sectores más leales al peronismo de Cristina. Además, ella misma se encuentra rendida al rumbo que fija Massa, mucho más agresivo en su ortodoxia que el que le prohibía a Guzmán.

El mensaje en el que CFK reclamó mayor intervención para frenar los precios es una primera alerta para el superministro, dirigida por ahora a sus subalternos. Sin embargo, la deriva del Frente de Todos confirma que hay demasiadas cosas que Cristina no puede y que sus demandas en público contrastan con la realidad efectiva. Como dice un gobernador de los que suele hablar con ella para dar cuenta de la encrucijada: “Cristina no tiene otra. Si apoya el ajuste sin hablar, pierde lo que le queda de capital simbólico. Pero si cuestiona demasiado el rumbo de Sergio, desestabiliza al gobierno y se expone a terminar con un ministro propio, que además no tiene”.

Un trabajo de las últimas semanas de la consultora Circuitos, que hace mediciones centradas en la provincia de Buenos Aires, da cuenta del malestar general. El 70% de los entrevistados califica como negativa la situación del país, el 38,6% dice que el aumento de los precios es el problema más grave y el 58,8% considera que el gobierno es el principal responsable de la inflación. Además, el 60,6% considera que su situación económica puede empeorar en los próximos meses.

Consultados por las expectativas que se abrieron con la llegada de Massa al gabinete, el 53,1% piensa que el ministro no tiene un plan económico, el 13,8% opina que implementará un ajuste mayor y apenas el 8,3% piensa que buscará mejorar los ingresos de los sectores vulnerables y la clase media.

Con 1290 entrevistas realizadas en los últimos días de septiembre en los tres cordones del GBA y el interior bonaerense, la medición sugiere que incluso el Plan B cristinista de refugiarse en la provincia a partir de 2023 no está exento de riesgos. En un marco en el que el 80,3% considera que la gestión del Presidente es muy mala (33,5%) mala (29.4%) o regular (17,4%), el gobernador Kicillof atenúa apenas esa visión negativa. El 74,1% expresa críticas al gobierno provincial: el 41,7% dice que la gestión de Kicillof es muy mala, el 22,5% la define como mala y el 9,9% la considera regular. Solo el 22,5% la juzga buena (7,3%) o muy buena (15,2%).

Para el director de Circuitos, Pablo Romá, entre los factores que explican la opinión negativa con respecto al gobierno provincial se destaca la dificultad para modificar el humor social de pesimismo e incertidumbre producto de la crisis económica. “Los niveles de evaluación negativa coinciden con la evaluación de la situación económica del país y con las expectativas negativas. A eso hay que sumar el factor político ideológico y los niveles de evaluación negativa de la gestión Kicillof son coincidentes con los de imagen negativa de los principales referentes del kirchnerismo”.

Romá llama la atención sobre el alto porcentaje de consultados (25,1%) que no se sienten representados con ningún dirigente ni con ningún espacio. Es una cifra superior a la que se identifica con el kirchnerismo (el 22,1%), el PRO (18,2%), el radicalismo (13,9%), los libertarios (8,1%), el peronismo no kirchnerista (4,8%) y la izquierda (4,1%). El grado de indefinición es lo que para el director de Circuitos deja abierto el escenario 2023 e indica que el escenario actual es más un punto de partida que un techo. ¿La polarización puede favorecer al cristinismo en la provincia? Más que eso, tal vez, la eliminación de las PASO.

El trabajo confirma que Cristina tiene en el FDT una preeminencia que nadie logra en Juntos. El 55,3% de los bonaerenses que votaron a los Fernández en 2019 piensa que ella es la que está en mejores condiciones para encabezar la fórmula presidencial el año que viene, seguida por Massa, con el 20,8% de las preferencias. En cambio, en Juntos, la que lidera es Patricia Bullrich (29,3%) seguida por Macri (26,7%) y por el porteño Horacio Rodríguez Larreta (20,1%).

Pese a todo, Diego Santilli suele decir en privado que no lo ve mal a Kicillof. Afirma que mide bien en bastiones del cristinismo en el conurbano y sigue conservando los 23 puntos que tenía en Vicente López hace cuatro años. Sin embargo, el kirchnerismo admite que necesita en la cancha al mismo Javier Milei que es insumo de las bandas de neonazis que quieren matar a Cristina y crecen con críticas a la casta y a la democracia. Es el retrato precario de un país al que le falta todavía un año de gobierno de los Fernández. La crisis es profunda, prolongada y de consecuencias impredecibles. Pero el oficialismo sigue apostando a la aritmética de ganar por un voto.

El fin de las PASO que promueven Juan Schiaretti, Sergio Uñac y algunos gobernadores cercanos a la vice podría alterar la cuenta en todo el país. Aunque Macri siempre dijo que eran un gasto innecesario -y aún lo piensa-, eliminarlas sería un enorme trastorno para un Juntos que no puede sin ellas para dirimir sus liderazgos.

Por Diego Genoud – LPO