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La “no” crisis

No todo el cristinismo desembarca del Gobierno: sigue en las grandes cajas.

Cristina inauguró una nueva modalidad: aislar a Alberto para que se quede solo con la responsabilidad de lo mal que anda su gobierno. Cuando todo se caiga contraatacará. Por eso se fue Feletti y se iría Bernal tras el anuncio del tarifazo. ¿Sería como desangrarlo de a poco? Relativamente, porque es difícil que se vayan Wado, Raverta o Volnovich. Las grandes cajas seguirán al servicio del proyecto.

Como ya lo hemos comentado en esta columna, Alberto es un presidente aislado porque nadie está conforme con él, ni los propios, ni los críticos, ni la sociedad, ni los factores de poder. Curiosamente, más aislamiento no lo ayuda, pero tampoco lo desvanece, porque al final nadie quiere que se caiga. Unos por temor a un mal mayor, y otros porque lo necesitan como culpable. Cabe decir que el Presidente tampoco tiene intenciones de abandonar el barco. Mucho menos luego de jugársela por Guzmán. De modo que las hipótesis de crisis institucional tienen muy poco sustento… por ahora. Como dijimos también aquí, practica la Resistencia Pasiva. Martin Luther King seguramente lo querría de compañero de fórmula.

Pero la estrategia de Cristina tiene patas flojas. Por empezar, porque Alberto no la está pasando bien con la gente, pero Ella tampoco. Ninguno de sus muchachos rinde bien: Kicillof, Máximo, Wado o Capitanich. De modo que en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Y aquí el tuerto (como lo llamaba Pepe Mujica a Néstor) sigue siendo el Presidente, ya que es el menos malo dentro del bloque oficialista. Están todos dentro del mismo barco –más Massa, Manzur, Uñac, Scioli, por ejemplo– y es muy difícil no zozobrar en conjunto. Ella fue la creadora de la obra, y ahora es difícil que no “cobre” los derechos de autor.

El Presidente se equivoca mucho cotidianamente, en sus declaraciones y en sus decisiones, pero tampoco se queda de brazos cruzados. Mientras se fue Feletti y nadie lloró su partida, el tándem Alberto-Guzmán finalmente pudo materializar un gesto promercado con el aflojamiento del cepo para las petroleras, cuyo subtítulo debería ser “prendiéndole una vela a Vaca Muerta”. ¿Gesto tardío para que dé frutos? Puede ser, pero en todo caso es mejor ahora que nunca, no solo por la efectividad concreta de la medida, sino por el valor simbólico que puede tener. ¿Cuántos otros sectores que generan dólares pedirán un régimen semejante? ¿Alguien del campo estará pensando en hacer un “copy paste” de la propuesta ofreciendo rebajar precios locales de los alimentos? ¿Qué otro sector se puede llegar a movilizar?

Pero Alberto no debería quejarse por los conflictos que le presenta Cristina, ya que Juntos por el Cambio está compitiendo por el rating con las peleas de box que se transmiten desde Las Vegas. Motivos no le faltan. El señor de los pelos desordenados los está poniendo nerviosos a todos: efectivamente, Milei se instala mejor en sectores medio y medio altos, con preferencia por debajo de los 30 años, y entre votantes con perfiles actitudinales competitivos con la principal oposición. Es todo un interrogante que va recolectando dirigentes de todo tipo y color a lo largo y a lo ancho del país. ¿Dirigentes que se convirtieron en libertarios? En absoluto. Algunos son personajes extraviados que están viendo en el economista un décimo de un billete de Lotería del Gordo de Navidad: quizá se hacen ricos por el azar a muy bajo costo. Otros son quintas columnas enviadas por los dos partidos tradicionales a ver si pescan algo y luego se retirarán para vaciarlo de estructura. 

Una estrategia vieja como el mundo. El punto es la administración de todo ese “capital” político para que no se convierta en un fugaz amor de primavera. Esas son amenazas. Pero por el lado de las oportunidades, la vigencia de Milei la están alentando referentes del Frente de Todos que creen que pueden dar vuelta un partido que luce para la derrota. O sea, si conviene que haya un tercero en discordia, entonces llegará al menos a las semifinales de la copa. 

Después se verá. Esa constelación de intereses compartidos le garantiza al libertario un lugar expectante durante bastante tiempo.

Mientras Milei se entona, los radicales se juntan en La Plata, en su mejor momento desde la renuncia de De la Rúa en 2001. Pasaron 20 años, pero acá están, prestos para “tomar el cielo por asalto”, como los comuneros de París. Recordemos que la metáfora homérica alude a los titanes que tuvieron la osadía de irrumpir en el Olimpo reservado a los dioses. La UCR es uno de los mejores ejemplos de por qué no hay que dar a nadie por muerto políticamente, muchos menos a algo que ya lleva 130 años. Si se tiene construida la planta baja de una casa, siempre se puede inaugurar una terraza con quincho y parrilla arriba. Es solo una cuestión de oportunidad de recursos. 

Se juntaron para definir un párrafo clave: ¿solo hay que mencionar vocación aliancista anti K, o también hay que profesar Juntos por el Cambio? No importa mucho la letra escrita, importarán los hechos posteriores, las íntimas creencias y las oportunidades que presente el juego. Lo curioso es que los redactores del documento tratando de hacer el bien, dejando un marco amplio, se las tuvieron que ver con los insidiosos de siempre que leyeron una jugarreta (que hace rima con Larreta, aunque no tenga nada que ver). En el radicalismo, el “todos unidos triunfaremos” es no quedar atrapados en el juego de Macri, que curiosamente es casi idéntico al de Cristina dentro del Frente de Todos. El ex presidente y Cristina, con pocos días de diferencia, le han dicho a sus respectivas coaliciones algo semejante: que la unidad no es lo importante, sino mantener la pureza ideológica y actitudinal. 

Pocas veces ha habido tanta desesperanza en la opinión pública, digna de procesos que desembocaron en crisis espantosas. Sin embargo, ningún economista sensato cree que pueda haber un 1989. Quizá la Argentina esté por inventar un nuevo tipo de crisis: la que se anuncia todo el tiempo, pero nunca se termina de producir. La “no crisis”, la que molesta a los halcones de ambos bandos.

Por Carlos Fara – Perfil