Bajo el discurso de la libertad y la flexibilidad, las plataformas digitales transformaron el mercado laboral mientras profundizan la precarización y el control sobre millones de trabajadores.
Cuando Marx pensó en un gobierno de los trabajadores, pensó en un término polémico: “La dictadura del proletariado”. Según Lenin, esta definición representa la mayor democracia para la clase obrera y el peor rigor para la burguesía que luego de ser expropiada, pasaría a ser clase trabajadora y se terminaría toda opresión. El futuro resultó bastante distinto de lo que pensaron Marx y Lenin.
Ahora el proletariado precarizado por las aplicaciones de reparto, llamado “precariado” por el economista británico Guy Standing, lejos de pelear por su liberación internaliza la propaganda de los dueños de estas empresas y defiende el modelo del capitalismo de plataformas que retrocede un siglo en materia de derechos laborales.
¿Cuándo somos libres? Cuando podemos hacer lo que queremos, se podría contestar rápido o por lo menos, dentro de las normas y leyes de una sociedad civilizada. “Mi libertad termina cuando empieza la del otro”, respondería Kant. ¿Puede suceder que creamos que somos libres y en realidad sea exactamente lo contrario?
Actualmente, bajo el discurso de mayor libertad, manejar tus propios tiempos e incluso ser tu propio jefe, el capitalismo de plataformas representado en empresas como Pedidos Ya, Rappi, Uber y DiDi está llevando la explotación de sus trabajadores, a quienes no reconoce bajo relación de dependencia, a niveles previos al surgimiento del Estado de bienestar, es decir a principios del siglo XX.
Últimamente, trabajadores de las apps de reparto tuvieron que empezar a endeudarse con la propia aplicación para reparar la moto o bicicleta que utilizan para repartir con el objetivo de no quedarse fuera del sistema. Pagan intereses astronómicos del 700% anual, porque las mismas condiciones de precarización, es decir la falta de un recibo de sueldo por estar en blanco, les imposibilitan tener acceso al crédito.
Entonces, la cadena de pérdida de libertad, paradójicamente, en la Argentina libertaria, para muchos argentinos es la siguiente: una persona pierde un trabajo producto de la destrucción que hay del entramado productivo del país, empieza a trabajar en una app de reparto con una moto o bicicleta y su celular, el dinero que gana no le permite costear un arreglo y en algún momento cualquiera de estas herramientas se rompe.
Ahí, por la falta de crédito se endeuda con la aplicación a tasas más altas que el mercado y luego, debe trabajar más tiempo para pagar su deuda con la app. Esa persona que podría ser una de los miles de casos de estas características en el país, ¿es libre de “manejar sus tiempos” como dicen en las propagandas de estas aplicaciones?
La difusión de la propaganda de este tipo de aplicaciones cambió. Ahora, los argumentos de “ser tu propio jefe” o “manejas los tiempos” se hacen a través de videos que parecen más caseros y son difundidos por cuentas de redes sociales que se dedican básicamente a hacer propaganda por estas empresas. Vamos a ver uno en particular.
Esta pieza de rompecabezas es clave. Realmente, para que se sostenga este nivel de explotación y retroceso de derechos hacia principios del siglo XX se necesita que sea embanderado como un aumento de la libertad y la autonomía, evidentemente un valor universal, pero también en boga en la época. Si hiciéramos una simplificación, podríamos decir que la izquierda internacional con la imagen de romper las cadenas de la opresión o inclusive bajo la consigna feminista actual de “mi cuerpo, mi decisión”, logró interpelar a esa sensibilidad mundial alrededor de la libertad y la autonomía. Pero ahora este tipo de aplicaciones se sirvieron con inteligencia de ese sentir para aumentar los niveles de ganancias, tener menos gastos frente al trabajador y encima redoblar la dependencia y la rentabilidad a través de estas líneas de crédito.
A comienzos del siglo XX, miles de peones rurales de la Patagonia trabajaban en condiciones de extrema precariedad. Además de soportar jornadas extenuantes, muchos cobraban parte de su salario en vales que solo podían canjearse en los almacenes de las propias estancias, donde los precios eran fijados por los patrones y las deudas se acumulaban hasta convertir a los trabajadores en rehenes de un sistema del que era casi imposible escapar.
Ese esquema de dependencia económica no era exclusivo del sur: en el norte santafesino, los obreros de La Forestal sufrían un mecanismo similar, con proveedurías de la empresa, salarios insuficientes y un férreo control sobre la vida cotidiana. En ambos casos, la combinación de explotación, endeudamiento y ausencia de derechos laborales terminó por hacer estallar grandes conflictos sociales.
En la Patagonia, las huelgas de 1920 y 1921 comenzaron con reclamos relativamente moderados —mejores salarios, pago íntegro en efectivo, condiciones dignas de alojamiento, alimentación y reconocimiento de los delegados obreros—, pero la negativa de los grandes estancieros a negociar y la posterior intervención del Ejército derivaron en una de las represiones más sangrientas de la historia argentina, con centenares de peones fusilados por orden del teniente coronel Héctor Benigno Varela.
En La Forestal, por su parte, las protestas obreras también fueron respondidas con una brutal represión ejecutada por fuerzas estatales y por la Gendarmería Volante, una fuerza parapolicial creada por la propia empresa, que dejó un saldo de decenas —y, según algunos historiadores, centenares— de trabajadores muertos.
Es decir, estos niveles de explotación llevaron en otros momentos de la historia a grandes estallidos sociales. Actualmente, gran parte de los mismos trabajadores defienden las condiciones que estas apps plantean. Vale preguntarse nuevamente, ¿cuando hablamos de libertad, estamos hablando todos de lo mismo?
En Esperando a los robots (2020), el sociólogo italiano Antonio Casilli afirma que esa libertad es, en buena medida, una ficción construida para ocultar una relación de dependencia que adopta formas diferentes a las del empleo tradicional.
Para Casilli, el jefe no desapareció: se volvió invisible. En lugar de un supervisor de carne y hueso, el trabajo queda organizado por un algoritmo que asigna pedidos, calcula tarifas, establece incentivos, mide tiempos, registra cada movimiento mediante GPS, procesa las calificaciones de los clientes y puede reducir la cantidad de viajes asignados o incluso desactivar la cuenta de un repartidor sin que exista una instancia clara de negociación. El trabajador conserva la libertad formal de conectarse o desconectarse de la aplicación, pero una vez que ingresa al sistema son los algoritmos los que determinan buena parte de su actividad cotidiana.
Esa es, para Casilli, la gran paradoja del capitalismo de plataformas. Las empresas presentan el vínculo laboral como una relación entre dos partes independientes, pero al mismo tiempo ejercen un grado de dirección y control comparable —e incluso superior— al de muchas empresas tradicionales. La diferencia es que ese control ya no se expresa mediante órdenes directas, sino a través de incentivos, puntajes, recompensas y penalizaciones programadas. El algoritmo no obliga explícitamente a trabajar más horas, pero premia a quienes aceptan más pedidos, se conectan en los horarios de mayor demanda o mantienen una alta tasa de aceptación. De esa manera, termina moldeando el comportamiento de los trabajadores sin necesidad de impartir órdenes explícitas.
Por eso, Casilli sostiene que las plataformas externalizan casi todos los costos del trabajo sin renunciar al control sobre él. El repartidor aporta la bicicleta o la moto, paga el combustible, afronta el mantenimiento del vehículo, compra su teléfono celular, financia la conexión a internet y asume los riesgos de accidentes o enfermedades. La empresa evita los costos asociados a una relación laboral tradicional, pero conserva la capacidad de organizar el proceso productivo mediante el algoritmo. La figura del empleador no desaparece: simplemente se vuelve menos visible, más automática y, en muchos casos, más difícil de cuestionar. Para Casilli, la promesa de "ser tu propio jefe" no elimina la subordinación; apenas la disfraza bajo el lenguaje de la flexibilidad y la innovación.
En poco más de una década, las plataformas de movilidad y reparto pasaron de ser startups disruptivas a convertirse en algunos de los gigantes tecnológicos más grandes del mundo. En 2025, Uber facturó US$ 52.000 millones, un crecimiento de casi el 19% respecto del año anterior, consolidándose como el principal actor global tanto en transporte como en delivery. Por su parte, DiDi, el gigante chino, informó ingresos equivalentes a unos US$ 28.500 millones.
En el negocio del reparto de comida, Delivery Hero —la multinacional alemana dueña de PedidosYa, Glovo, foodpanda y Talabat— registró un GMV (valor bruto de mercadería) cercano a los US$ 59.300 millones durante 2025 y unos ingresos de aproximadamente US$ 14.800 millones, confirmándose como uno de los líderes mundiales del sector. PedidosYa no publica balances propios porque opera como una unidad regional de Delivery Hero, aunque la empresa destacó que Latinoamérica fue uno de los motores de su crecimiento y convirtió a Montevideo en uno de sus principales polos tecnológicos globales.
Rappi, en cambio, continúa siendo una empresa privada y no divulga estados contables auditados. La compañía tampoco informó ingresos correspondientes a 2025. Distintas estimaciones del mercado la ubican entre las mayores plataformas de América Latina, con operaciones en nueve países y una valuación superior a los US$ 5.000 millones, aunque sus cifras de facturación permanecen reservadas.
La consolidación del sector quedó en evidencia con la mayor operación de su historia. En julio de 2026, Uber anunció la compra de Delivery Hero por US$ 14.800 millones, una adquisición que incorporará a marcas como PedidosYa, Glovo, foodpanda y Talabat y dará origen al mayor grupo de delivery del mundo fuera de China. La empresa combinada tendrá presencia en 99 países y gestionará US$ 236.000 millones en pedidos (gross bookings) durante 2025, casi duplicando la escala internacional de Uber Eats.
La operación también reavivó las especulaciones sobre el futuro de Rappi. Analistas de Reuters sostienen que, tras la absorción de Delivery Hero, la plataforma colombiana figura entre los pocos grandes jugadores regionales que aún podrían convertirse en objetivo de una nueva ola de adquisiciones dentro de un mercado cada vez más concentrado.
Detrás de esas cifras hay millones de viajes y entregas realizadas por trabajadores que, lejos de participar del éxito económico de las compañías, suelen asumir cada vez más costos y riesgos para mantener sus ingresos.
El crecimiento del trabajo mediado por plataformas digitales en Argentina fue explosivo. Un estudio elaborado por CIPPEC, BID Lab y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estimaba que en 2018 unas 160.000 personas obtenían ingresos mediante aplicaciones, una cifra equivalente a alrededor del 1% de todos los ocupados del país. Ocho años después, las estimaciones del sector hablan de más de un millón de personas trabajando a través de estas plataformas digitales: alrededor de 900.000 conductores y 200.000 repartidores.
Aunque no existe un registro oficial de trabajadores únicos y las metodologías utilizadas en ambos relevamientos no son directamente comparables, la magnitud del fenómeno permite dimensionar su expansión. Si se toma como referencia el universo de 12,765 millones de trabajadores registrados que tenía Argentina en abril de 2026, quienes generan ingresos mediante aplicaciones equivalen aproximadamente al 8% del empleo registrado.
En otras palabras, en menos de una década el peso de este tipo de trabajo pasó de representar alrededor del 1% de los ocupados a una magnitud cercana al 8% de los trabajadores registrados, consolidándose como una de las transformaciones más profundas del mercado laboral argentino.
El fenómeno no es exclusivo del país. A nivel global, el Banco Mundial estima que entre el 4,4% y el 12,5% de la fuerza laboral obtiene ingresos a través de plataformas digitales, lo que representa hasta 435 millones de personas.
Para la OIT, este tipo de gestión algorítmica del capitalismo de plataformas cumple funciones equivalentes a las de un empleador y no exime a las empresas de sus responsabilidades. Por eso sostiene que la naturaleza de la relación laboral debe definirse por los hechos y no por el nombre del contrato: no alcanza con llamar "colaborador" o "socio" a un trabajador si la plataforma organiza y controla su actividad. En junio de 2026, la OIT dio un paso histórico al aprobar el Convenio 193 sobre Trabajo Decente en la Economía de Plataformas, el primero dedicado específicamente a este sector. La norma impulsa garantías como transparencia en el funcionamiento de los algoritmos, revisión humana de decisiones automatizadas, acceso a la seguridad social, protección frente a accidentes, remuneraciones claras y el derecho de los trabajadores a organizarse y negociar colectivamente. El objetivo no es frenar la innovación, sino asegurar que la flexibilidad de las plataformas no se convierta en un mecanismo para eludir derechos laborales.
Durante el Argentina Week en marzo de este año que se desarrolló en Nueva York, el CEO de Uber, Dara Khosrowshahi participó de un panel y hizo elogios a las políticas económicas del gobierno de Javier Milei. Luego, fue entrevistado por José del Rio para La Nación y respondió lo siguiente.
Evidentemente, tienen nociones de libertad parecidas.
Durante buena parte del siglo XX, el filósofo Michel Foucault sostuvo que Occidente estaba organizado en torno a sociedades disciplinarias. El poder ya no se ejercía principalmente mediante la violencia directa, sino a través de instituciones capaces de moldear la conducta de los individuos: la escuela, la fábrica, el cuartel, el hospital y la cárcel. En todas ellas había un rasgo común: horarios estrictos, vigilancia constante, jerarquías visibles y autoridades claramente identificables. El trabajador obedecía a un capataz; el alumno, a un maestro; el soldado, a un oficial. El poder tenía un rostro y un lugar físico desde donde se ejercía.
Décadas después, el filósofo Gilles Deleuze sostuvo que ese modelo estaba siendo reemplazado por las sociedades de control. Las viejas instituciones cerradas comenzaban a perder centralidad y el control dejaba de ejercerse únicamente entre cuatro paredes. Gracias a las tecnologías digitales, la supervisión se volvía continua, distribuida e invisible. Ya no era necesario fichar una entrada para ser controlado: tarjetas de crédito, teléfonos celulares, cámaras y bases de datos permitían seguir el comportamiento de las personas en tiempo real. El individuo dejaba de pasar de un encierro a otro para quedar inmerso en una red permanente de monitoreo.
Sobre esa transformación trabaja también el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, aunque introduce un cambio decisivo. En libros como La sociedad del cansancio sostiene que el poder contemporáneo ya no necesita imponerse mediante la prohibición o la disciplina. Su eficacia radica en que logra que las personas se exploten a sí mismas creyendo que actúan libremente. El trabajador ya no escucha la orden de un patrón que le exige producir más; es él mismo quien se autoimpone jornadas interminables convencido de que cada hora extra lo acerca al éxito. La obediencia cede lugar a la autoexigencia.
Las plataformas digitales representan con claridad esta nueva lógica. El repartidor puede conectarse cuando quiera y nadie le grita órdenes. Sin embargo, un algoritmo premia a quienes aceptan más pedidos, permanecen más tiempo conectados o trabajan en horarios de alta demanda. El control no desaparece: cambia de forma. Ya no se basa en la coerción visible, sino en incentivos, calificaciones y métricas que orientan el comportamiento sin necesidad de un supervisor. Para Han, esa es la característica distintiva de nuestro tiempo: la dominación se vuelve más eficaz precisamente porque se presenta como libertad. El sujeto cree que trabaja para sí mismo cuando, en realidad, participa voluntariamente de un sistema que convierte su propia autonomía en un mecanismo de explotación.
Un repartidor o chofer de Uber puede pensar que todo lo que acabamos de decir en esta columna es cierto y aún así tener que seguir con su tarea. Es decir, hay miles que pueden saber esto y no tienen la libertad de trabajar en una empresa en la que tenga una mejor situación laboral, pero al menos el hecho de ser libre de mente permite pensar en cómo las cosas podrían ser mejor y distintas. Si ni siquiera se es capaz de pensar porque se internaliza el discurso del capitalismo de plataformas, difícilmente se pueda avanzar hacia algo mejor, porque ni siquiera se lo puede ver.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
Por Jorge Fontevecchia - Perfil


