Chubut Para Todos

La guerra comenzó mientras seguimos durmiendo

  Durante décadas se nos enseñó a leer la política de adentro hacia afuera: elecciones, gabinetes, internas partidarias, índices de inflación. Esa lectura tiene una falla de origen, porque toma por causa lo que casi siempre es efecto. Las decisiones que moldean la vida de un país, como el costo de la energía, la tasa a la que se financia, la tecnología que puede comprar, con quién comercia y bajo qué amenaza, se toman en buena medida fuera de él. La política doméstica es el lugar donde esas decisiones llegan, se administran y se discuten. Rara vez es el lugar donde nacen. .      

 La geopolítica es la matriz de todo lo demás porque controla las variables de las que todo lo demás depende. La energía define el costo de producir, de transportar y de calefaccionar: quien domina la extracción, las rutas y los precios del petróleo, el gas y los minerales críticos condiciona a quienes los consumen. El comercio depende de rutas marítimas, aranceles y cadenas de suministro que ningún gobierno local diseña. La moneda es poder: el dólar como unidad de cuenta, reserva y sistema de pagos otorga a quien lo emite una capacidad de sanción que pocos ejércitos igualan. La seguridad ordena alianzas, bases y despliegues. La tecnología, con los semiconductores, la inteligencia artificial y las telecomunicaciones a la cabeza, cumple hoy el papel que tuvieron el acero y el petróleo en el siglo XX. Y la ideología, con sus relatos sobre democracia, soberanía y orden, funciona como instrumento de legitimación entre bloques antes que como debate de ideas. .      

El escenario en que todo esto ocurre dejó de ser unipolar. El momento estadounidense, que sucedió al colapso soviético, permitió durante treinta años una arquitectura de reglas, instituciones y flujos financieros con un centro indiscutido. Ese centro sigue siendo enorme, pero ya no es el único. China pasó de ser la fábrica del mundo a competidor sistémico: concentra la mayor capacidad industrial del planeta, amplía su poder naval y tiende infraestructura a lo largo de tres continentes. Rusia, con una economía mucho menor, conserva dos palancas decisivas, el arsenal nuclear y la energía, y demostró que puede sostener una guerra prolongada bajo sanciones. Entre esos polos y Occidente se mueve el Sur Global, un conjunto heterogéneo de países que ya no acepta elegir bandos y negocia con todos. Los BRICS ampliados, imperfectos y sin doctrina común, expresan ese hartazgo y exploran mecanismos de pago y financiamiento alternativos. Potencias intermedias como India, Turquía, Arabia Saudita, Emiratos o Brasil practican una diplomacia de alineamientos múltiples. .      

La disputa tiene objetos concretos. Los corredores: la Franja y la Ruta, el proyecto que une India, Medio Oriente y Europa, las rutas árticas, y los estrechos de Ormuz, Malaca y Bab el-Mandeb, por donde pasa una parte sustancial del comercio y la energía del mundo. Los semiconductores: Taiwán fabrica la inmensa mayoría de los chips más avanzados, y los controles de exportación sobre esa tecnología se volvieron una herramienta de contención estratégica. Las divisas: el congelamiento de reservas rusas mostró a muchos bancos centrales que un activo en moneda ajena puede dejar de ser propio, y desde entonces crecen las compras de oro, los acuerdos en monedas locales y los sistemas de pago paralelos.

 Visto en conjunto, el mundo ya se encuentra en una guerra de carácter híbrido y fragmentado. No tiene declaración, frente único ni armisticio previsible, y esa es su característica principal. Se libra en el terreno comercial, con aranceles, cuotas y restricciones de acceso a mercados. Se libra en el tecnológico, con vetos a empresas, bloqueos de insumos y carreras por la inteligencia artificial. Se libra en el financiero, con sanciones, exclusiones de los sistemas de pago y activos inmovilizados. Se libra en el informativo, donde la desinformación, el control de plataformas y las campañas de influencia buscan moldear la opinión de sociedades enteras. Y se libra en el militar, con la guerra en Ucrania, el conflicto en Medio Oriente y sus ramificaciones regionales, los ataques a la navegación en el Mar Rojo y las maniobras en torno a Taiwán, a menudo mediante actores interpuestos: milicias, contratistas, aliados con agenda propia. Ninguno de estos frentes agota el conflicto, y todos se alimentan entre sí. .      

Esa guerra distribuida llega a cada país por canales que parecen domésticos: el precio de los fertilizantes, el seguro de un flete, el costo del crédito, la disponibilidad de un componente electrónico, el tono de un debate público. Quien interpreta esos efectos como fenómenos puramente locales, producto de la habilidad o la torpeza de un gobierno, se equivoca de escala. Los gobiernos importan, y mucho, pero actúan dentro de un margen que otros han trazado. .      

 Hay países que lo entienden. Singapur, Vietnam, Turquía, India o los Estados del Golfo leen el tablero, calculan el precio de cada alineamiento y negocian su lugar con paciencia. Otros reciben los acontecimientos como se recibe el clima: inflación importada, deuda en moneda extranjera, dependencia tecnológica, exposición a sanciones que no decidieron. Esos países no son neutrales. Son espectadores, y los espectadores pagan la entrada sin elegir la función. Entender la lógica geopolítica no obliga a alinearse con nadie. Obliga, en cambio, a saber qué se está pagando, a quién y por qué, antes de que la cuenta llegue.

Por Ignacio Stankewitsch