Chubut Para Todos

La disputa por la hegemonía: el uso político de la fé

El sionismo, como proyecto político de Estado ejecutado hoy en Gaza, es genocida. No es una metáfora. Es la conclusión a la que llegó, en septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, que determinó que Israel cometió cuatro de los cinco actos genocidas de la Convención de 1948 e incriminó por incitación al primer ministro Netanyahu, al presidente Herzog y al exministro Gallant. Es también la conclusión de Amnistía Internacional y de una larga lista de especialistas, entre ellos historiadores israelíes y estudiosos del Holocausto. La Corte Internacional de Justicia ordenó en 2024 medidas para prevenir actos de genocidio, y la Corte Penal Internacional emitió órdenes de arresto contra Netanyahu y Gallant por crímenes de guerra y de lesa humanidad, entre ellos el hambre como método de guerra. Casi 65.000 muertos al momento del informe, según cifras que la ONU considera fiables, hambruna declarada, más del 90 % de las viviendas destruidas.

 El alto el fuego de octubre de 2025 no detuvo los bombardeos: en septiembre Sudáfrica presentó ante la Corte pruebas de que Israel incumple sus órdenes, y el 3 de octubre un ataque aéreo mató a civiles junto a una iglesia de Gaza. La demora de la Corte revela quién protege a quién: Washington sanciona a quienes colaboran con la Corte Penal Internacional. Hay antecedentes: la Nakba de 1948, con unos 750.000 palestinos expulsados; la ocupación desde 1967, declarada ilegal por la Corte en 2024; el apartheid documentado por Amnistía, Human Rights Watch y B’Tselem. Y hay expansión: Israel ocupa el sur del Líbano desde marzo y, junto a Estados Unidos, ataca a Irán.

Irán fue atacado en plena negociación nuclear. El 28 de febrero Washington y Tel Aviv lanzaron cientos de ataques, mataron al líder supremo y bombardearon, entre otros blancos, una escuela en Minab con decenas de víctimas, la mayoría niñas. Teherán respondió con misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses y vecinos árabes, y cerró Ormuz, su arma de mayor alcance. Hoy el estrecho está cerrado por la Guardia Revolucionaria y bloqueado por la armada de Estados Unidos, y mediadores como Pakistán y Qatar buscan una salida. Ningún pueblo merece ser bombardeado para ser «liberado».

Emiratos Árabes Unidos es el espejo de las contradicciones. Socio de Estados Unidos e Israel desde los Acuerdos de Abraham de 2020, miembro del BRICS junto con Irán, una de las sedes posibles de las negociaciones sobre Ucrania, y el país más atacado por Irán: hasta abril, más de 2.000 drones y 400 misiles balísticos, según su propio Ministerio de Defensa. Fuera de sus fronteras sostiene milicias aliadas: informes de la ONU consideran creíble su apoyo con armas a las Fuerzas de Apoyo Rápido de Sudán, acusadas de atrocidades en Darfur, y respalda fuerzas en el sur de Yemen.

La fe como arma

Toda religión tiene dos historias: la de quienes creen, aman y cuidan, y la de los aparatos que se sirven de ellos. Distinguirlas es una cuestión de justicia con los creyentes, que son mayoría, y de precisión con los poderosos, que son pocos, y que vamos a enumerar aquí.

Cristianismo evangélico estadounidense. No tiene nada que ver doctrinalmente o teológicamente con el protestantismo original europeo, a quienes también se denomina evangélicos. Pero es imprescindible separar en este análisis a los Luteranos y a los Reformados de otras expresiones originadas en Estados Unidos a partir de sectas expulsadas de europa por incompatibles con el cristianismo. Desde la Guerra Fría, Washington vio en las iglesias evangélicas pentecostales un contrapeso a la teología de la liberación; el Documento de Santa Fe de 1980, base de la política de Reagan hacia América Latina, proponía combatirla expresamente. Está documentado el respaldo de redes evangélicas concretas, como las que apoyaron al general Ríos Montt en Guatemala, y el de un «sionismo cristiano» que, según Haaretz, destinó 65 millones de dólares entre 2008 y 2018 a proyectos en asentamientos de Cisjordania, mientras organizaciones como CUFI promueven esa causa en América Latina.

Islam. Al igualk que en el caso del Cristianismo, no se puede englobar a todo el Islam como si se tratara de una corriente única. En su mayor parte y en casi todas sus corrientes, se condena la violencia. Solo unos pocos fanáticos generan una desviación del Islam hacia la violencia y el terrorismo. Es el salafismo militante, que se financió durante décadas con petrodólares del Golfo y se entrelazó con la alianza de Washington con Arabia Saudita desde la guerra de Afganistán. Informes oficiales estadounidenses señalaron a donantes privados de Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y los Emiratos entre los financistas de grupos yihadistas, y los Estados del Golfo se acusan mutuamente. Lo más firme sobre Emiratos hoy es que arma milicias. Los musulmanes, en su inmensa mayoría, fueron las principales víctimas del yihadismo.

Judaísmo. El sionismo religioso de los colonos, y de dirigentes como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, recibe donaciones deducibles de impuestos desde Estados Unidos: Haaretz contó más de 220 millones de dólares entre 2009 y 2013 a través de unas cincuenta entidades. Pero confundir al Judaísmo con solo una expresión extrema, violenta y sionista del judaísmo sería una exageración y una mentira, ya que al igual que en los casos anteriores existen en esta religión muchas corrientes, mayoritariamente opuestas o críticas a las políticas genocidas del estado de Israel.

Lo que observamos es un patrón: el uso político de corrientes extremas de las tres religiones mayoritarias para un fin convergente: defender las alianzas entre Estados Unidos, Israel y los Emiratos Árabes, y atacar a todo cristiano, judío o musulmán que cuestione a estas desviaciones religiosas. Frente a ello, las grandes mayorías cristianas, musulmanas y judías, desde la fe sincera y la teología interpretada seriamente a favor de la humanidad, alzan su voz.

 León XIV, primer papa estadounidense y también peruano, reaccionó al ataque contra Irán con un llamado a detener la espiral de violencia, lamentó los bombardeos sobre Gaza, incluido el de la iglesia de la Sagrada Familia, y ofreció a la Santa Sede como sede de diálogo entre Kiev y Moscú. El 16 de octubre, recuperándose de una cirugía, llamó a Putin para pedirle una tregua que permita llevar alimentos y evacuar civiles. Su encíclica Magnifica humanitas propone «desarmar» la inteligencia artificial, y su exhortación Dilexi te denuncia la economía que mata. Su límite es evidente: no puede obligar a nadie. Pero ocupa un lugar que nadie más ocupa, el de una autoridad moral que habla con todos.

Frente a este tablero, el Sur no es espectador. El 25 de marzo, 123 países, impulsados por una coalición de países africanos, caribeños y latinoamericanos liderada por Ghana, declararon la trata de esclavos el crimen más grave contra la humanidad. El Grupo de La Haya, que reúne a unos cuarenta países bajo el liderazgo de Sudáfrica y Malasia, respalda las decisiones de la Corte Internacional y de la Corte Penal. En septiembre, el BRICS reunió en Nueva Delhi a once miembros plenos y una decena de socios, entre ellos Cuba, con cerca de la mitad de la población mundial, y una agenda de reforma del FMI, del Consejo de Seguridad y de pagos en monedas locales. La desdolarización, con todo, avanza de modo incremental y lento.

El Sur, además, no es un bloque: Irán y Emiratos integran el mismo BRICS mientras se disparan misiles, India y China compiten, y hay gobiernos, como el argentino, que votan junto a Washington y Tel Aviv. Hace falta construir lo que falta: sistemas de pago y financiamiento propios, un frente jurídico común que sostenga a las cortes internacionales, soberanía sobre el litio, el agua y los datos, y alivio de deudas. Y hace falta un principio: el diálogo Sur-Sur vale si es entre iguales. Si se convierte en una fila detrás de Pekín o de Moscú, repite la dependencia con otro idioma. La hegemonía no se disputa solo entre potencias, sino en cada voto y cada relato; por primera vez en siglos, el Sur puede decidir de qué lado de la mesa se sienta.

Por Ignacio Stankewitsch