Chubut Para Todos

Ilustración Oscura (segunda parte)

De los foros al poder: cómo una idea marginal conquistó a la oligarquía tecnológica

Dinero, plataformas y laboratorios en el Sur: la ruta de la neorreacción hacia el centro del poder.

Ninguna ideología llega a ser influyente porque tenga razón. Llega porque alguien con recursos la necesita. La historia de la Ilustración Oscura es, en lo esencial, la historia de un encuentro: el de un puñado de textos marginales con una clase social que había acumulado más poder y dinero del que ninguna otra generación había tenido, y que empezaba a sentir que la democracia le estorbaba.

Los puentes personales son conocidos y están documentados. Peter Thiel, cofundador de PayPal y de Palantir e inversor temprano de Facebook, escribió en 2009 un ensayo en el que afirmaba que ya no creía que libertad y democracia fueran compatibles. Es una de las frases fundacionales de la política de la oligarquía tecnológica. Thiel financió, a través de su fondo, la empresa de software de Yarvin, Urbit, y es considerado una figura de enlace entre la neorreacción y el mundo del capital de riesgo.

Otros capítulos fueron apareciendo con los años. En 2023, el inversor Marc Andreessen publicó su «Manifiesto tecnooptimista», un texto en el que presentaba la tecnología como fuerza moral absoluta y señalaba como enemigos a los «expertos», la «precaución» y la regulación. En 2021, J. D. Vance, antes de ser senador y luego vicepresidente de Estados Unidos, había citado a Yarvin en una entrevista al hablar de reemplazar masivamente al funcionariado, y su carrera política fue impulsada con dinero de Thiel. En 2025, la ofensiva de recortes y despidos del llamado «Departamento de Eficiencia Gubernamental», bajo la figura de Elon Musk, se pareció demasiado a la consigna RAGE como para ser casualidad, aunque conviene evitar el error de atribuirle a cada decisión una filiación intelectual. Lo que importa es el patrón: lo público es tratado como un costo, y el Estado, como una empresa que debe ser desmantelada o capturada.

 Preguntarse por qué una doctrina tan marginal pasó a ser tan influyente exige mirar más allá de los nombres. Y quizá también tengamos que considerar que el 1 % más rico de la humanidad, que es a quienes les conviene elevar la Ilustración Oscura a la escala de filosofía, son marginales de la sociedad en general, el otro 99 %. Pero poseen los medios para imponer su visión, por convicción o mediante engaños, a un considerable porcentaje.

Hay varios factores a tener en cuenta. En primer lugar, la crisis de 2008. Mientras los bancos eran rescatados con dinero público y millones de familias perdían sus casas, la promesa del capitalismo democrático quedó herida. El resentimiento era real y masivo. Había dos maneras de leerlo: como prueba de que el poder económico escapaba a todo control, o como prueba de que la democracia es ineficiente. La oligarquía tecnológica eligió, con enorme habilidad, la segunda.

 En segundo lugar, la concentración inédita de riqueza. Cuando un puñado de personas controla plataformas de las que dependen la comunicación, el comercio y la información de miles de millones de personas, le resulta natural pensar en su empresa como un Estado, y en el Estado como una empresa mal gestionada. Los propietarios de plataformas ya ejercen poderes que antes eran soberanos: fijan reglas, juzgan conductas, expulsan a usuarios, acuñan monedas virtuales. La neorreacción solo les entrega un nombre elevado para lo que ya hacen.

En tercer lugar, la derrota cultural de las alternativas. Décadas de desmantelamiento del sindicalismo y de privatización del sentido común dejaron a las sociedades sin vocabulario para pensar el poder económico como problema político. En ese vacío, la propuesta de que la política es un servicio y el ciudadano un cliente no resultó extraña. Resultó natural.

Se discute la influencia de la Ilustración Oscura como si fuera un asunto de Washington y Silicon Valley. Pero sus experimentos más tempranos, y más reveladores, se hicieron en el Sur.

El caso más claro es Honduras. Allí, tras el golpe de 2009, el Congreso aprobó las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE), enclaves con autonomía fiscal, jurídica y administrativa. En una de ellas, Próspera, en la isla de Roatán, participaron inversores vinculados a Thiel y Andreessen. La idea era literalmente neocameralista: una jurisdicción privada donde los residentes eligen un «proveedor de gobernanza». Las comunidades garífunas y campesinas cercanas denunciaron amenazas a sus tierras. Honduras derogó el régimen de las ZEDE en 2022 y su Corte Suprema las declaró inconstitucionales en 2024. La respuesta de la empresa fue demandar al Estado hondureño ante el CIADI, el tribunal de arbitraje del Banco Mundial, por cifras superiores a 10.000 millones de dólares. Es decir, una empresa pretende cobrar a un país por haber ejercido su soberanía democrática. Pocas escenas muestran mejor lo que está en juego.

Otro laboratorio, de naturaleza diferente, es El Salvador. El presidente Nayib Bukele ha construido un modelo de gobierno personalista, con estado de excepción permanente y una megacárcel, que admiradores de la tecnoderecha presentan como ejemplo de eficiencia. En 2025 el país aceptó recibir en esa cárcel a migrantes enviados por Estados Unidos, sin proceso judicial en muchos casos: un Sur convertido en depósito de lo que el Norte no quiere ver. Hablamos de un mecanismo y no de una identificación doctrinaria: hay admiración, hay intereses coincidentes, y hay un ecosistema que celebra el modelo del soberano sin límites.

En Argentina, el presidente Javier Milei, admirador declarado del anarcocapitalista Hans-Hermann Hoppe, quien a su vez rechaza la democracia, ha recibido el aplauso entusiasta de figuras de esa misma galaxia empresarial y ha hecho de la motosierra su emblema. Hay que reconocer una convergencia: el desprecio por lo público, la fascinación por el empresario-héroe y la idea de que quienes no producen ganancia sobran.

Hay un último aspecto que explica la eficacia del mensaje. La coartada de la «meritocracia». La Ilustración Oscura ofrece a sus seguidores una narrativa muy atractiva: sos parte de una minoría lúcida, el sistema te tiene atrapado y los que mandan son corruptos. Es una narrativa de pertenencia a una élite del entendimiento, que no exige ningún cambio estructural más que quitar de en medio a quienes obstaculizan. A los poderosos les da una moral. A los jóvenes resentidos, un enemigo. Y a los políticos oportunistas, un vocabulario.

Y de esta manera llega el Guasón a gobernar Ciudad Gótica, que aunque no estamos en el universo de Batman, en algún punto se está pareciendo bastante.

Por Ignacio Stankewitsch