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El nuevo pacto europeo Por Jorge Argüello

Primero París, luego Bruselas y Estambul, más tarde Niza y Munich. El miedo y la inseguridad aportados por la reciente cascada de atentados terroristas perturban la vida cotidiana del Viejo Continente y obligan a sus líderes a definir nuevas prioridades.

Así como en la física dos cuerpos no pueden nunca ocupar el mismo espacio al mismo tiempo, en la política hay siempre una urgencia más apremiante que las demás. Para dedicarse al combate contra el terrorismo algunos de los más influyentes gobiernos europeos tuvieron que, por primera vez en mucho tiempo, relegar las cuestiones económicas y financieras a un segundo plano. Un cambio que, aunque forzado y probablemente temporal, necesariamente se multiplicará en la Unión Europea.

En este campo nadie hasta ahora fue más claro que el presidente François Hollande cuando en noviembre pasado decretó que “el pacto de seguridad prevalece sobre el pacto europeo de estabilidad y crecimiento”. La declaración fue pronunciada ante el Parlamento francés, pero el verdadero destinatario era la autoridad económica de Bruselas. Y la esencia del mensaje fue que hay nuevos imperativos que justifican una reasignación provisoria de las cuentas públicas.

Este regreso, aunque tímido, a la primacía de la política sobre las finanzas no significa que los desequilibrios económicos de la Unión Europea súbitamente se disiparon o que la desventura neoliberal iniciada con Maastricht haya terminado. Nada de eso. El desempleo juvenil sigue en niveles alarmantes. La deuda pública sigue siendo insostenible en varias geografías. Y la brecha entre las economías ricas y pobres se ve cada vez más cóncava. Sin embargo, no hay déficit más aflictivo que el déficit de seguridad. “El mundo está en guerra”, asumió hace días el papa Francisco.

De hecho, ya no vivimos en el tiempo en que las fluctuaciones de los mercados financieros llenaban las portadas de los diarios, en los días en que cualquier desviación presupuestaria hacía sonar las alarmas comunitarias. Los riegos que rodean a la Unión Europea son ahora sobre todo de naturaleza política, son riegos originados en viejos conflictos, rivalidades y equívocos que han dominado las relaciones internacionales a lo largo de los últimos siglos. Como un día señaló Mark Twain, “la historia no se repite, pero rima”.

Es por lo tanto hora de que Europa se dedique a los focos de tensión que se han multiplicado a su alrededor. Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, comencemos con una breve referencia al norte, donde el anunciado divorcio con el Reino Unido promete dejar marcas. El Brexit es una decisión sin precedentes, pero la propensión británica a la insularidad voluntaria nada tiene de nuevo. Su deseo de participación mínima en los negocios europeos viene al menos desde el “espléndido aislamiento” del siglo XIX.

Desde el este se avizora el más complejo de los frentes de batalla. En una primera línea se han agravado las dificultades de diálogo con el nuevo gobierno conservador de Polonia, a quien Bruselas señala con el dedo por haber aprobado leyes sobre el control de los medios y sobre el nombramiento de los jueces que pellizcan el principio de separación de poderes. En las cercanías también se mantiene la retórica xenófoba de Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que se regocija por repeler a los refugiados. Se trata de comportamientos que parecen síntomas de un darwinismo social y expresión renovada de los nacionalismos que florecieron después del Tratado de Versalles y que tantos males trajeron a Europa.

Al mismo tiempo tenemos, en una segunda línea del frente del este, una Turquía que acaba de dar un paso determinante para no ingresar en la Unión Europea. El reciente acuerdo celebrado con Bruselas sobre los refugiados parecía un atajo para concretar una adhesión que espera luz verde desde 1987. Sin embargo, la dimensión de la purga, que incluyó rectores y periodistas, con que el presidente Tayyip Erdogan respondió al intento de golpe de Estado, representa un enorme retroceso en las relaciones de Turquía con la Unión Europea.

Seguimos un poco más hacia el este y llegamos a una tercera línea de fricción ocupada por la permuta de sanciones económicas con Rusia, un inesperado nuevo capítulo que parece escapado de la vieja guerra fría.

En el sur el panorama no resulta más alentador. El principal denominador común del norte africano es hoy la precariedad institucional y la escasez de interlocutores creíbles. Hay además muestras cada vez más intensas de militarización de la política, variante que rara vez termina bien. Esta inestabilidad ayuda a explicar, pero no a aceptar, que el Mediterráneo se haya convertido en un cementerio marítimo donde solo este año sucumbieron más de tres mil vidas que buscaban un refugio y una oportunidad en suelo europeo.

La situación se deterioró hasta el punto en que ni el oeste ofrece hoy descanso a la Unión Europea. Es que un eventual triunfo de Donald Trump en las presidenciales norteamericanas podría ocasionar un terremoto en la relación transatlántica con repercusiones que irían más allá de las negociaciones en curso sobre el acuerdo de libre comercio. Estamos ante un candidato que aplaudió efusivamente el Brexit y para quien “a la Unión Europea solo le interesa superar a los Estados Unidos cuando de hacer dinero se trata”.

Diferentes en su naturaleza y complejidad, todos los elementos que componen este auténtico cerco europeo amenazan el futuro de la Unión, la estabilidad de sus fronteras, la sustentabilidad de sus libertades internas y su propia paz interior. La mayor amenaza de todas, como siempre, consiste en negarse a utilizar las herramientas de la política para resolver problemas políticos.

Publicado en Veintitrés