Presentación de la doctora en Psicología Gisela Untoiglich en la Cámara de Diputados en el marco de la reunión de la Comisión de Familias, Niñez y Juventudes sobre un posible proyecto de ley conjunto para regular las redes en infancias y adolescencias.
Como representante del Forum Infancias, asociación con 36 forums en el país y en el exterior, colectivo interdisciplinario que trabaja por los derechos de las infancias y adolescencias, queremos plantear nuestra preocupación sobre algunas temáticas que están alrededor de la regulación del uso de redes en las infancias y adolescencias y la protección de niños, niñas y adolescentes, en relación a los riesgos que se intensifican en estos espacios y realizar algunas propuestas.
Para comenzar, es necesario aclarar que no hay dos realidades que se contraponen, la tangible y la virtual, porque cada una tiene efectos en la otra. Cuando el avatar de una niña es abusado en un juego “infantil” de supuesta realidad virtual, los efectos traumáticos en su cuerpo y en su psiquismo son similares a si esto hubiese sucedido en la realidad tangible. Cuando un niño es chantajeado por un pedófilo en un chat de una comunidad virtual y es exigido a mandar fotos íntimas, esto genera consecuencias devastadoras en su subjetividad. Antes los pedófilos acechaban a los niños y niñas en los parques, hoy los encuentran mayoritariamente en las pantallas, las redes, los videojuegos.
En los últimos años, es significativo cómo han bajado considerablemente las consultas en traumatología (los niños cada vez se golpean menos) y han crecido de forma exponencial las consultas en salud mental por infancias y adolescencias por autolesiones, intentos de suicido, trastornos alimenticios, déficit de atención, autismos, problemas en el acceso al lenguaje, comunicación, dificultades en el lazo social, depresión, ansiedad, trastornos del sueño, obesidad y un larguísimo etcétera de padecimientos psíquicos. A partir de 2023, el suicidio en los jóvenes se instaló como la principal causa de muerte violenta en el territorio nacional, desplazando a los siniestros viales y a los homicidios. Las chicas tienen más intentos y los varones más suicidios consumados.
La infancia y adolescencia son los momentos de mayor vulnerabilidad, la subjetividad se está construyendo y ciertos modelos que se encuentran en las redes son absolutamente nocivos para su salud mental, además de la interferencia constante que generan las notificaciones incesantes en la atención, en la capacidad de aprender, de leer y de construir pensamiento crítico. Por otra parte, estudios recientes vinculan el uso excesivo de dispositivos en la infancia con una disminución del grosor de la corteza cerebral en regiones relacionadas con la atención, la memoria y la regulación emocional.
Es importante destacar que, si bien nosotros creemos que procuramos información en la web, el algoritmo nos busca y nos modela constantemente. La finalidad es que las personas pasen cada vez más tiempo en las pantallas para extraer sus datos y poder venderles cada vez más productos. Sabemos que el algoritmo absorbe la atención, condiciona la subjetividad, enferma la mente que luego diagnostica a través de “influencers” de tal o cual diagnóstico para luego intentar venderles “curas milagrosas”.
Una cuestión que nos preocupa especialmente a los profesionales de la salud mental es escuchar lo solos que se sienten los pibes y pibas, y cómo las pantallas parece que acompañan, pero en realidad refuerzan la soledad digital, abriendo las puertas al grooming, el ciberacoso, el consumo de pornografía temprano, las apuestas y los discursos de odio.
Destacamos que las plataformas tienen un diseño adictivo, que se retroalimenta con la sensación de infinitud y el FOMO (miedo a estar perdiéndome algo), siempre hay alguien creando nuevo contenido para ser consumido y esto no acaba nunca; otra condición es el aislamiento, cada uno está con su propio dispositivo/auriculares metido en un mundo con el cual parece ser más sencillo lidiar que con los pares o las familias; y la velocidad del scrolleo que va generando más y más secreción de dopamina en la sorpresa de cuál será el próximo video que aparezca, quién y cuántos te darán likes o verán tu publicación. Cada ciclo dopamínico genera adicción y se quiere más y más.
Por otra parte, sabemos que los discursos de odio, el pensamiento radicalizado o el contenido más depresivo generan más visualizaciones y atraen más tiempo en pantalla. Los adolescentes suelen entrar a las redes buscando consejos sobre su cuerpo, sus vínculos, explicación para sus emociones, para sus sufrimientos, pero estas búsquedas no ocurren en espacios neutros y seguros, estas redes conocen sus vulnerabilidades y sus inseguridades y las alimentan. En la investigación C.A.R.A. se ve que el algoritmo no solo muestra contenido, sino que construye trayectorias que se van intensificando. Por ejemplo, la llamada “machosfera” no es el destino al que llegan jóvenes por ser odiadores de mujeres, sino que van siendo guiados progresivamente por el algoritmo a contenidos más radicalizados y extremos, disfrazados de sentido de pertenencia, lo que a su vez va influyendo en la construcción de sus identidades. Las redes van armando una cámara de eco donde cada quien se extremiza más y más y va encontrando otros que lo validan y un enemigo a quien odiar o incluso pueden terminar odiándose a sí mismos y consumiendo material de autolesiones o encontrando confirmación en un chatbot para suicidarse (Caso Sewell, New York Times, 2024).
Los problemas de salud mental aumentaron exponencialmente a partir del 2010, plantea J. Haidt (2024), año en que aparecen los smartphones, las selfies y los likes en las redes sociales, la intimidad expuesta, cada vez más riesgos en el espacio público y una supuesta seguridad en el mundo digital. Cada vez más miedos, cada vez más ansiedad: 145 por ciento de aumento de depresión en jóvenes.
Es el Estado el que tiene la posibilidad y la responsabilidad de legislar sobre estas cuestiones y generar mecanismos protectores. No podemos darle un arma cargada a un niño, niña o adolescente y pedirle que aprenda a cuidarse. Sabemos que las plataformas tienen un diseño adictivo, entonces no les podemos requerir a los pibes y pibas que se autorregulen, o tan solo promover que tengan actitudes responsables y conscientes con respecto al uso de dispositivos digitales; tampoco cargar de esa responsabilidad a la familia en soledad, o solicitarle a las plataformas que lo hagan por su propia consciencia social, cuando ya está demostrado que archivaron informes que daban cuenta de su nocividad.
Por lo antedicho, es imprescindible regular desde el Estado: la protección de datos de niños, niñas y adolescentes, que no pueda utilizarse la información para venderles objetos y es fundamental exigirles la obligatoriedad de demostrar la identidad y la edad de las personas que acceden a las redes sociales. También proteger la información que internet toma de nuestros niños, muchas veces habilitada por fotos y datos que suben sus padres (sharenting) o incluso las propias escuelas a las que concurren.
Con respecto al uso de dispositivos, algunas sociedades de pediatría, como la argentina y la española con mayor énfasis, están proponiendo: de 0 a 6 años evitar el uso de pantallas, salvo alguna situación familiar precisa y constantemente acompañados. De 7 a 12 años, menos de una hora diaria, siempre con supervisión adulta, que no haya pantallas que interfieran el descanso, la hora de comer o los momentos de charla familiar. De 13 a 16 años menos de 2 horas al día de internet, retrasar el acceso a los smartphones, pactos colectivos en las comunidades educativas de no uso de redes sociales. La utilización de dispositivos siempre en lugares comunes.
A partir de todo esto, desde el Forum Infancias presentamos algunas ideas:
* campañas de concientización para familias y escuelas
* más Juego, menos pantallas
* más Juego al aire libre en compañía, menos encierro en las pantallas en soledad
* alfabetización digital para estudiantes, familias y docentes
Y unas propuestas concretas.
Que los dispositivos electrónicos vengan con advertencias, al modo de las marquillas de cigarrillos, sobre los efectos nocivos de su uso en niños, niñas o adolescentes (deteriora cerebros: estadísticas de los perjuicios del uso prolongado de pantallas).
Crear espacios de conversación con los pibes que les den proyectos y sentidos y contrarresten la soledad y el desamparo. Se trata de que los adultos puedan estar más presentes, escuchar y acompañar más, no de delegar la responsabilidad y el cuidado en dispositivos de control que los chicos siempre encuentran cómo eludir, si solo lo viven como una sanción por parte de los adultos. Los chicos y las chicas necesitan proyectos participativos, colaborativos, solidarios, muchas más experiencias de encuentros presenciales, espacios recreativos, tanto dentro de las escuelas como fuera de ellas, así como generar espacios y tiempos familiares libres de pantallas, tanto para los pequeños como para los adultos.
Se trata de más comunidad y menos soledad.
Gisela Untoiglich es doctora en Psicología. Miembro fundadora de Forum Infancias.
Por Gisela Untoiglich-P/12

