“Un Gobierno que gasta casi 50 millones de pesos por operativo para custodiar el ajuste, pero abandona a su suerte a las familias que ya no llegan a fin de mes”
La distancia entre la calle y el poder se mide en presupuesto. Mientras millones de familias argentinas recortan comidas básicas para llegar a fin de mes, los recursos públicos se dilapidan en un destino insólito: blindar el Palacio Legislativo contra los propios ciudadanos.
Esta obsesión por el control expone una contradicción violenta. Una gestión que declama austeridad extrema no duda en financiar despliegues descomunales ante cualquier plaza que se llene. No es solo un desvío de fondos que debieran ir a comedores o jubilaciones; es una confesión de degradación institucional. Si tenés que reprimir para sacar una ley, es porque no gobernás para el pueblo argentino.
Cuando la única respuesta al descontento social es el gas pimienta, el vallado y el palazo, la democracia se vacía de contenido. Un liderazgo sano se sostiene con escucha y consenso, no con asfixia policial. El uso de la fuerza pública como primera opción no demuestra autoridad ni firmeza; es el reflejo del miedo político y de un peligroso desprecio por la voluntad popular. Porque un país no se refunde sembrando el desamparo en las mesas ni el temor en las calles; se reconstruye con la gente adentro, sanando el dolor de su sociedad y nunca dándole la espalda.
Detrás de cada cifra, de cada valla levantada y de cada químico lanzado en la plaza, hay rostros concretos. Son los de nuestros abuelos que vuelven a contar las monedas en la farmacia, los de los padres que se acuestan con el estómago apretado de angustia por el futuro de sus hijos, y los de una comunidad entera que, a pesar del cansancio, se niega a perder la dignidad.
Las decisiones económicas pueden justificarse con teorías frías o debatirse en despachos cerrados, pero las verdaderas consecuencias se sufren en la piel y en el alma. Conducir una nación no puede ser un ejercicio de resistencia contra sus propios habitantes; debe ser el acto humano de cuidarlos, de tenderle la mano al que se cae y de garantizar que nadie quede a la deriva. Al final del día, las leyes pasan y las administraciones terminan, pero la memoria de cómo nos tratamos queda grabada para siempre en el corazón de la patria
Por Matías Pintos

