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Donald Trump quiere guerra Por Jorge Argüello

En estos días se cumplieron dos décadas desde que un casi desconocido Osama Bin Laden declaró la guerra a Estados Unidos con una fatwa de 30 páginas. Desde entonces, ese conflicto no hizo más que escalar, golpear salvajemente el 11 de septiembre de 2001 y, después, extenderse por el mundo.

La actual campaña para las elecciones presidenciales del 8 de noviembre ha vuelto a poner al terrorismo en lo más alto de la agenda política estadounidense, según las últimas encuestas solo superado en la preocupación de los votantes por la situación económica.

La sociedad estadounidense vuelve a ser invadida por una sensación ambivalente. Por un lado, siente orgullo de su indiscutible superioridad como potencia, en un mundo en el que ningún otro país pudo concentrar el mismo poder de confrontación que ostentaba la ex Unión Soviética.

Pero, al mismo tiempo, los discursos políticos reflejan una antigua aprensión estadounidense por el mundo exterior y sus riesgos. Ello incluye el renovado recelo hacia la inmigración y a las transformaciones económicas de la globalización, tan evidente en Donald J. Trump. “Vivimos una crisis de empleo, de fronteras y de terrorismo”, simplificó. Si antes era Bin Laden, hoy es el ISIS.

Aunque no se hayan repetido tragedias como las del 11-S, la evolución de esta “Guerra de los 20 años” contra el terrorismo marcó a fuego al país. Pese a sus intentos, el presidente Barack Obama solo pudo torcer parcialmente el rumbo marcado por su antecesor republicano, George W. Bush, tanto respecto de las invasiones militares de Irak y Afganistán como de la vigilancia y el control de los propios estadounidenses.

La pax de los drones
Las intervenciones en Irak y Afganistán costaron al menos 6 mil vidas estadounidenses y las de otros 100 mil civiles, según estimaciones independientes, además de billones de dólares, en parte destinados a maltratar presos sospechosos de terrorismo, todavía hasta hoy en las cárceles de Guantánamo (Cuba) y Abu Ghraib (Irak).

Es cierto: la administración Obama, durante seis años con Hillary Clinton como jefa diplomática y arquitecta de esa política exterior, replegó parcialmente las tropas. “No podemos usar la fuerza en todos lados. La guerra permanente será contraproducente, y traerá complicaciones a nuestro propio país”, dijo Obama.

Sin embargo, con un Congreso dominado por los republicanos, mantuvo el presupuesto militar, convalidó el poder del espionaje interior y reemplazó la invasión territorial por una letal “guerra de los drones”. Según el Bureau of Investigative Journalism, al menos 325 civiles habían muerto como “daño colateral” del uso de drones hasta mediados de 2016.

En su campaña como candidata presidencial demócrata, Hillary prometió continuar la actual política exterior. “Estados Unidos no tiene que recuperar su grandeza, ya la tiene”, expresó, para oponerse a la consigna “Make America Great Again” de su rival republicano Donald J. Trump. El camino para enfrentar el terrorismo y demás amenazas actuales a la primera potencia mundial, según Hillary, es reforzar el sistema tradicional de alianzas, en especial cerca de sus socios europeos de la OTAN y lejos de Moscú.

La novedad para las elecciones presidenciales de noviembre es que los estadounidenses tendrán una opción. Trump la resumió así: “Medio Oriente está peor que antes. Obama y Hillary terminaron creando el ISIS” en Irak y Siria, allí donde antes solo existía Al Qaeda. Así que ahora, sin guardar apariencias, “hay que rodearlos y quedarnos con su petróleo”.

El giro de Trump –y no sólo la brutalidad de su discursos– espantó a los viejos líderes republicanos, como los dos ex presidentes Bush, que se sienten herederos de la tradición geopolítica conservadora, pero fueron aplastados políticamente en las primarias por el inexperto magnate.

Que paguen otros
Declarado admirador de la mano dura del líder ruso Vladimir Putin, Trump promete romper con la vieja escuela diplomática republicana, abandonar los declarados intentos de Washington por refundar las instituciones de países como Irak o Afganistán y, en cambio, anteponer crudamente los intereses económicos de Estados Unidos.

Trump pretende exigir a los aliados occidentales que compartan el multimillonario costo de mantener la seguridad mundial. En otras palabras, que el contribuyente norteamericano deje de financiar el costo de ser una superpotencia militar. Y que el país se concentre en restringir la inmigración desde países donde hace pie el fundamentalismo islámico.

La estrategia de Trump, al igual que sus demás proposiciones económicas y políticas, alteraría radicalmente las relaciones con Occidente, en particular con aliados europeos como Alemania, Francia y Gran Bretaña, que han sufrido graves ataques terroristas y que, hacia el este, ya tienen suficiente con el expansionismo que la Rusia de Putin ensayó en Ucrania.

Estados Unidos abandonó su aislacionismo en la II Guerra Mundial y terminó proveyendo recursos a la reconstrucción de sus enemigos Alemania y Japón, sin confiscarles recursos, aunque obteniendo beneficios económicos y militares evidentes.

El terrorismo global de inspiración musulmana puede parecer un enemigo más definido que el nazismo o el fascismo, incluso moralmente. Sin embargo, plantea un escenario muy distinto y, como se ve en Europa, sus ataques desparraman un temor que deforma las ventajas de un mundo más abierto, en favor de reacciones autoritarias como las de Trump.

El terrorismo ha vuelto ahora a lo más alto del debate electoral estadounidense y se colará en las urnas de Estados Unidos. Pero, al menos a corto plazo, ninguna de las opciones que ofrezcan los dos grandes candidatos dejará del todo tranquilos a los norteamericanos. La Historia demuestra que ser una gran potencia y sacar provecho de ello tiene un precio, aun el más brutal e injusto que se cobra el terrorismo.