El oficialismo tiene su dogma preelectoral, pero Carrió lo desafía. El radar vigila a los candidatos.
Para Jaime Duran Barba, si bien la sociedad se mueve por todo, el item corrupción no constituye un elemento importante ni determina el voto de la gente. Declara: es la nata de la leche. Sin embargo, si uno debe describir el fundamento del exitoso marketing de Elisa Carrió en la Capital, admite que se alimenta de la denuncia por corrupción al gobierno de la viuda de Kirchner.
Tanto que la diputada de Exaltación de la Cruz, embebida en su vanagloria, opípara, ya se deglutió el banquete antes de que lo sirvan el 22 de octubre. Y avanza con historias de antaño, cuando nadie se ocupaba de la venalidad K que hoy obsesiona a los medios que la ignoraban, los casos del subsidio al transporte, la pesca, Greco, Skanska o el yacimiento carbonífero de Río Turbio con la familia Taselli, parte inicial del frondoso prontuario de Néstor & Cía que se multiplicó con la hotelería, la energía, la construcción, las comunicaciones y mafias adyacentes. O con la cruzada de destitución de todos los jueces de Comodoro Py, esa asociación ilícita en su intimidad como los magistrados de Cámara, fiscales ad hoc, o desafueros y expulsiones en Diputados con la cabeza de Julio de Vido. Con ese emblema sanador del dominico Savonarola, la mujer ha trepado en las preferencias porteñas. En este caso, su ascenso pulveriza la teoría Duran Barba de que la corrupción no rinde en los comicios.
Mas curiosa resulta otra derivación de la campaña electoral contraria al ecuatoriano más famoso: debido a que las encuestas recogen una insuficiencia del oficialismo en la provincia de Buenos Aires, que corre el riesgo de perder, se decidió que la propaganda se concentre casi en exclusividad en la malversación kirchnerista de la década pasada, en la diferencia metafórica entre el bien y el mal que representan ambos sectores políticos.
Oídos sordos. Como si no escucharan los mensajes del consultor presidencial, justo el protagonista de la última cumbre oficialista en la Costanera, al que le asignan la responsabilidad de alinear voz y conducta de Mauricio Macri, de lo poco que deben hablar los candidatos (con la exigencia de “jamás confrontar con Cristina”), de ir siempre de a dos a la tele, y de condicionamientos mayores al equipo de Cambiemos, que hasta modifican la personalidad de sus integrantes, los remite a un rol de autómatas bajo la vigilancia del ojo del hermano mayor. Un Orwell para todos, sale con fritas.
Rígida escuela de la que nadie puede salirse, libreto inflexible a desarrollar solo en medios amigables y con una latente persecusión interior que llega al extremo de investigar, en lugares insólitos, la aparición de noticias o trascendidos. Como el almuerzo de economistas con la cúpula del Banco Central –nota de Mariano Gorodisch en El Cronista–, que desató una pesquisa paranoica en la propia entidad del anfitrión, Federico Sturzenegger, para saber cómo y quiénes habían despachado el relato periodístico sobre la calidad del menú, el jamón, el queso brie y el salmón, por no mencionar las impresiones profesionales sobre la política monetaria, las tasas de interés y, sobre todo, la consistencia de una core inflación que devasta el propósito del indice anual de l5% (entre 12 y l7, había prometido el Gobierno) y que amenaza subir a 25%.
Por Roberto García - Perfil

