Entrevistamos al Diputado por el Parlasur, Alberto Asseff, del partido UNIR, en relación al acuerdo arribado con Jose Luis Espert en el marco del proceso electoral vigente con el fin de comprender la síntesis histórica que han podido lograr ambas posiciones: liberalismo y nacionalismo
P: Queremos consultarle respecto del acuerdo al que ha arribado el partido UNIR que Usted preside con el liberalismo representado por Jose Luis Espert en términos electorales para este año? Usted cree que el nacionalismo como tal necesita ser profundamente desmistificado?
AA: La Argentina, en una de sus variopintas paradojas, se caracteriza por ser vanguardista, pero con ideas atrasadas. Por un lado parece dejar en el arcón conductas y comportamientos propios del pasado, pero por el otro se aferra a juicios y sobre todo a prejuicios que han producido el fenómeno singular del planeta: es el único país que en el balance general se ha estancado en el último medio siglo. Hasta Nepal ha crecido.
Para entender esta dualidad es imprescindible hacer un ejercicio desmistificador sobre una de las corrientes políticas más ancestrales, el nacionalismo. Las otras líneas políticas ameritan un análisis en otra ocasión. El nacionalismo es un de esas contradicciones. Vamos por las postrimerías de la segunda década del s XXI y el mundo muestra inequívocamente que el nacionalismo de los pueblos y Estados está más vivo que nunca. No hay exclusión en esta categoría, entendiendo, como Kant, que ‘categoría’ es un concepto que hace posible el conocimiento de la experiencia.
P: En función de lo que Usted relata es evidente que NO son incompatibles las ideas de la Libertad con las ideas del Nacionalismo. Entendi correctamente? Que sería entonces el Nacionalismo?
Nacionalismo es amor por lo nuestro. Tradiciones, terruño, identidad, geografía, acervo cultural, las luchas por conquistar la libertad y organizar la nación, el progreso, la convivencia ordenada y pacífica. El nacionalismo asimismo apuesta por la unión nacional, supremo mandato de la Constitución señera de 1853. Ese amor posee incontables aspectos. Polifacético, generoso, derrama bondad.
También es empeñosa defensa de los intereses comunes del país. Desde cuidar nuestro anchuroso mar hasta preservar el ambiente pasando por asegurar horizonte de trabajo a los integrantes de la Nación y darnos una moneda, expresión superior de la soberanía.
Como somos una nación producto de vertientes originarias, del criollo y de la inmigración, nuestro nacionalismo no se vincula a raza alguna, pero si a lengua madre que nos unifica y nos brinda identidad cultural. Ortega lo decía, “la lengua es la instalación de la cultura”. Si bien la religión mayoritaria es la católica, la libertad de cultos es un valor incorporado a nuestra nación. Por ende, el nacionalismo abraza a todas las confesiones y también a los agnósticos.
P: Que NO sería entonces el Nacionalismo? Insisto en este tema justamente para comprender bien los términos del acuerdo que yo mismo he leído.
AA: Buena pregunta, el Nacionalismo justamente No es demagogia, populismo, autoritarismo, caudillismo, estatismo, corrupción. No es fanatismo ni chauvinismo - ¿cómo podría serlo en un país como el nuestro?- y no es, como dijese Samuel Johnson, “el último refugio de los canallas”. Esta runfla tiene demasiados cobijos en vastos sectores de la política vernácula como para que el nacionalismo se contagie.
Cuando existe genuino amor no hay engaño. La demagogia es mentira en estado puro. O impureza absoluta, para decirlo con claridad.
Populismo es el peligrosísimo modo de crear el espejismo de que se trabaja a favor del pueblo, pero en rigor se lo está desamparando. Nunca más adecuado aquel sabio dicho ‘pan para hoy, hambre para mañana’. El populismo encierra un desprecio por el pueblo al quien se lo lleva, mediante imposturas, hacia el abismo o, en el mejor de los casos, a la degradación y pobreza.
Autoritarismo es el abuso de la autoridad. Es el capricho en el mando. Nada tiene que ver con su ejercicio razonable en el marco de la ley. El autoritarismo fuerza a que la sociedad no madure nunca, viva en una pubertad perenne. El caudillismo es gemelo del autoritarismo y es la antítesis de sistema republicano democrático de gobierno.
El estatismo es una degeneración – en el lenguaje aristotélico – de nacionalismo. El genuino amor por la nación la quiere fuerte en su base, no sólo en su estructura burocrática. Una nación es poderosa porque lo es su gente. El progreso no deviene del ahorro estatal – que rara vez se produce ya que los recursos son siempre escasos ante las crecientes necesidades – sino del privado. El Estado está para brindar los servicios indelegables, no para entorpecer y muchísimo menos para expoliar. La nación privada es la que reabrirá el rumbo. Ciertamente ayudada por políticas públicas virtuosas como la de reducir el gasto estatal, como mínimo, al 30% del PBI.
No es que el Estado sea tendencialmente corrupto y la sociedad honesta. Es la perversión de una nación débil con un Estado cada vez más grande y entrometido la que induce primero a la ineficacia en la asignación de los recursos, al desequilibrio entre una mitad que trabaja y la otra que subsiste con lo que produce la que labora, y luego al desorden generalizado. Cuanto más mastodónico, menos control y ninguna garantía. El Estado argentino se triplicó en una década y media y la pobreza se duplicó simultáneamente. Otra perplejidad argentina: un Estado superpoderoso y cada vez más ausente e inútil. El ejemplo del plan para construir jardines de infantes en todo el país lo prueba: por donde voy veo instalaciones a medio construir, en situación de literal abandono. Están las partidas, pero el estatismo es tan desbordante que se autofagocita.
La corrupción es incompatible con el sentimiento propio del nacionalismo. Sería como una madre desalmada, una excepción. El amor veda toda conducta corrupta. Sería como robarnos a nosotros mismos. Esto lo practican los otros, los anómicos, los que se inspiran en cualquier cosa, menos en el cuidado de la cosa pública.
P: Entiende Usted entonces que existe en la Argentina algun cierto prejuicio respecto de la palabra “nacionalismo”?
AA: Abunda el prejuicio en nuestro país. A medida que crece la desconfianza, aumenta el preconcepto. Es que en este clima la gran derrotada es la verdad.
Por eso hasta es posible, asombrosamente, que algunos crean que la idea-ideal de nacionalismo implica colectivismo. Es un dislate. El nacionalismo fue el primero en enfrentar al colectivismo marxista y al llamado socialismo utópico. El nacionalismo tiene repulsión por la masa amorfa o por el sistema que ignora la propiedad privada. Por eso alguna vez se levantó la buena consigna de ‘un país de propietarios, no de proletarios’. Ese país donde el obrero, el empleado, todos se realizan comenzando por esa primera meta: la casa propia. Aunque podríamos revisar ese objetivo a la luz de la experiencia de otros lares: quizás el capital inmovilizado en el bien raíz podría ser usado para emprender y multiplicar bienes y oportunidades para muchos. Empero, en estas líneas no abordamos la economía sino un plano del pensamiento político-social.
P: Es compatible entonces el liberalismo con el nacionalismo? Es la síntesis perfecta que necesita la Argentina?
AA: Todo debe ser bien entendido y mejor interpretado. El nacionalismo tal como lo concebimos es compatible con la libertad. Necesita de la libertad y de sus ideas. Es el mejor pasaporte para la integración inteligente en y con el mundo. La apertura del comercio coadyuva fuertemente para el desenvolvimiento de la Nación, desplegando el horizonte del trabajo y del crecimiento económico. La libre competencia es un colosal motor del avance. El constante desarrollo de la tecnología es una prueba.
Lograda la Independencia y la Organización, nuestra Nación tuvo pensadores y ejecutores, como Alberdi y Roca, que nos legaron su obra y, sobre todo, una inspiración valiosa en horas de crisis como la actual.
El nacionalismo no es el cuco, sino el amor que ineludiblemente necesitamos para poner en marcha otra vez al país nuestro estancado por décadas. No es un pensamiento económico, sino político-social. Es, sí, un fenomenal auxiliar para restaurar la confianza, factor ineludible de la buena praxis económica.

