Chubut Para Todos

El derecho: Un viejo remedio al alcance de todos Por Fernando León

El de las derechas y las izquierdas es un paradigma anquilosado, que en estos tiempos tan complejos parece aclarar menos de lo que oscurece, pero cabe señalar que algunos think tanks del progresismo intelectual, a nivel global, postulan que las derechas se han apropiado del discurso y de las apelaciones emotivas de la izquierda para oponer, a cada manifestación espontánea, una equivalente. Una táctica así parece creíble, suponiendo que fuese digitada desde algún oscuro círculo de poder, porque como estrategia es inteligente: si ellos conquistan la calle, nosotros lo haremos con los nuestros, que aunque sean menos… serán mejores (desde su modo de ver).

La realidad es más compleja, porque el recurso de movilizar a los propios ya está al alcance de todos. Se puede sospechar que hay una relación inmediata entre la posibilidad de ganar la calle y la inmediatez de los intercambios, sujetos a las contingencias del estado de ánimo colectivo, que con lapidarias frases virales provee, a quienes defienden una causa, la inmediata reacción a cualquier gesto que provenga del bando enemigo.

El resultado de esta pulseada de tendencias virales que se traducen velozmente en multitud ¿no es un juego de reemplazar la democracia del sufragio? ¿No se vuelve un acto reflejo que nos permite empardar al enemigo en cualquiera de sus gestos, neutralizando a la calle como estrategia y transformando las manifestaciones en un desfile de simulacros, desde uno u otro bando, en el que los números ya no importan –porque en última instancia sólo los míos, aunque fuesen menos, serían mejores-?

¿No estamos al borde de caer en una falsa democracia de la opinión pública, de los trolls, de las fake news y de los memes, en la que el pueblo sólo está donde cada uno cree que está? Nadie tiene ya el privilegio de contar con la masa espontánea, porque ya no hay masa espontánea. La movilización popular, tal como la conocíamos, no existe más.

Frente a este psicodrama de banderas y carteles que escenifica una simulación de “mayorías”, tenemos, todavía, el remedio de la democracia del sufragio, que delega poderes a representantes idóneos -al menos en teoría- y nos exime de tener que ser diariamente los jueces, escribanos públicos y performers de cada decisión que afecta a la comunidad.

¿Vamos a terminar añorando las multitudes espontáneas cuando este juego, ya transformado en “evento Facebook”, pierda sentido? Tal vez. Los juegos de poder, desde un bando o del otro, no hacen otra cosa que abrir aún más las heridas y ensanchar las grietas existentes.

Es posible que estemos ante el origen de un nuevo renacer democrático, más directo y preciso, en el que las mayorías tengan mayor participación. Pero el camino hacia ese ideal, por lo menos ahora, parece lejano. El remedio con el que insisto una vez más, como en varios de mis artículos más recientes, es antipático en estos días y peca de legalista porque lo es: consiste en volver a las leyes y a la Constitución. Porque en ese marco podemos hallar una instancia superior que nos permite, provisionalmente, cerrar las discusiones interminables para salvar al conjunto.

De antemano lo reconocemos: la ley por sí misma no resuelve las cuestiones -nunca lo hizo ni lo hará, pues la política es precisamente un eterno despliegue de fuerzas que no admite una estabilidad definitiva, al menos en democracia-. Menos aún en tiempos de crisis de representatividad en los que los poderes del Estado nunca están a la altura -ni a la velocidad- de los cambios que atraviesa la sociedad. Pero aún así, a riesgo de parecer anacrónicos, insistimos en el perogrullo de anteponer la ley a la lógica del hashtag y de los memes. Eso nos permite asegurar un marco de convivencia en el que sea posible la discusión, en el que los líderes reemplazan, con ideas, el aullido beligerante de las tribunas y empieza a ser factible la negociación.

Me permito soñar con que el Derecho aún sigue vigente.

Stay tuned!

*Abogado -UBA-. Analista internacional, especialista en Asuntos públicos.

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