Detenido el pasado viernes 5 de mayo por supuesta responsabilidad en crímenes de lesa humanidad, el Tte. Cnel. Emilio Guillermo Nani suma un hito más a la tragedia de la que fueran víctimas y victimarios una generación de jóvenes oficiales en los ´70.
En diciembre de 1966, a su egreso como subteniente del Ejército Argentino, no contaba con la madurez necesaria como para apreciar un mal presagio: en la hoja de su sable, junto al “Oíd Mortales” y los laureles, lucía grabada la firma del presidente de facto Gral. Juan C. Onganía y no la del presidente Dr. Arturo Illía, derrocado por las FF.AA. y la complicidad dirigencial civil el 28 de junio de ese año. En “Ejército y Semi-colonia”, una recopilación de artículos de 1964 a 1967, Jorge Abelardo Ramos advertía al lector: “En un país semi-colonial las fuerzas armadas tienden a sustituir a uno o varios sectores de las clases dominantes, generalmente aquellas que como la burguesía nacional carecen de suficiente homogeneidad social y autoconciencia como para defender el desarrollo del capitalismo nativo frente a sus adversarios de la oligarquía terrateniente o el imperialismo extranjero”. Literatura subversiva vedada a cadetes y oficiales que sin embargo podía comprarse hasta en kioscos de revistas. El Colorado Ramos ubicaba su pensamiento (de base teórica trotskista) en el amplio espectro de la “izquierda nacional” filo-peronista. Para él la ideología del ejército golpista de 1966 era una mezcolanza contradictoria entre quienes respondían a un “nacionalismo laico”, o “desarrollista”, o “católico”, en tensión con oficiales antinacionales “democráticos”, “occidentales” y “liberales” vinculados familiarmente con intereses imperialistas o viejas dinastías agrarias. Entre los últimos descollaría el último presidente de la “Revolución Argentina” Gral. Alejandro A. Lanusse. Eran las facciones que se habían enfrentado en 1962/1963 bajo la identificación de “colorados” y “azules” respectivamente. Lo que, según Ramos, no les impedía compartir el temor a la acción del pueblo, la soberbia autoritaria, la confianza ciega en los tecnócratas y la desconfianza hacia las ideologías que obturaban la unión Pueblo y Ejército y los alejaba de los ideales sanmartinianos y bolivarianos. En su actividad política posterior a la carrera militar Nani se manifestará afín a un nacionalismo católico de raigambre integrista (familia, tradición y propiedad). Junto a sus camaradas había escuchado las charlas obligatorias en el Colegio Militar de la Nación, del provicario castrense (1960 y 1982) monseñor Víctor M. Bonamín, justificador de torturas y desapariciones.
Cuando se produce el fatídico 24 de marzo de 1976, triunfo de la “Doctrina de la Seguridad Nacional” acicateada por la guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria, Nani revistaba como teniente primero; en 1978 asciende a capitán. Jerarquías subalternas al comando de las “subunidades” (compañías, baterías, escuadrones) bajo mando de los jefes de regimientos o unidades. En ese rol de subjefe táctico participa del terrorismo de Estado y guerra antisubversiva revistando en el Grupo de Defensa Aérea 601 de Mar del Plata y otras unidades del arma. En la “Perla del Atlántico” la represión será letal e impiadosa, una ciudad con menos de 400.000 habitantes a mediados de los ´70. Tres muertes lo marcarán profundamente. En febrero de 1975 combatiendo al ERP bajo mandato del gobierno de Isabel Perón, habían fallecido en Tucumán dos de sus compañeros de promoción, los Ttes. 1ros. Héctor Cáceres y Carlos Casagrande. Y en octubre de 1976 es acribillado por la espalda su pareja operativa, el Tte. 1ro. Fernando Cativa Tolosa. Lo mata la custodia de un jefe montonero a quien pretendían identificar en un restaurant. El dolor se transformará en rabia. Son los caídos “del otro lado” ausentes del relato políticamente correcto. Aunque sus familias sí pudieron velarlos de cuerpo presente serán “desaparecidos” pero con lugar de entierro en la historia oficial. Cerca de un millar sin contar heridos y mutilados de por vida.
Al ocurrir la recuperación de las Malvinas el 2/4/82 e iniciarse el traslado de tropas para enfrentar a la fuerza aeronaval inglesa, el entonces Mayor Nani (ya oficial jefe) ruega a un antiguo superior que lo incluya como voluntario entre los combatientes. Así, por azar, es asignado al Grupo de Artillería 4 de Paso de los Libres al mando del Tte. Cnel. Martín A. Balza (futuro embajador kirchnerista). Disgustado y desalentado ante órdenes arbitrarias de su jefe circunstancial, logra trasladarse desde las posiciones del GA 4 a retaguardia, cerca de Puerto Argentino, a primera línea junto a la infantería, como coordinador de los “observadores adelantados” del fuego de apoyo artillero. Siempre sufrirá como propia culpa la muerte en combate de uno de sus jóvenes tenientes que manda a reglar el tiro desde la posición elevada de un regimiento bajo feroz ataque enemigo. El mismo Nani es gravemente herido en una pierna por una explosión de mortero. Tirado e inmovilizado entre la turba y con hipotermia, a temperatura bajo cero y al borde de la muerte, es descubierto y cargado por un soldado en retirada que ayuda a trasladarlo hasta el hospital de sangre.
Finalmente, en enero de 1989, siendo Tte. Cnel. Jefe del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 101 de Ciudadela, ataca fusil en mano, a la vanguardia de sus hombres, la guardia de La Tablada tomada por asaltantes de “Todos por la Patria”. Horrorosamente herido por un balazo que le destroza el ojo derecho y su cuenca ósea, salva milagrosamente de nuevo su vida. Una década después devolverá al presidente De la Rúa la medalla al valor por la recuperación de esa guarnición, en repudio a la liberación de los guerrilleros sobrevivientes. Cae en desgracia en diciembre de 1990 cuando un grupo de suboficiales del GADA 101, bajo su mando, se pliega a la última rebelión “carapintada”, a pesar de impedirle al sargento líder, a punta de pistola, que le copase el cuartel. El Gral. Balza, premiado con la jefatura del ejército por el presidente Carlos S. Menem por su éxito en la represión de los rebeldes alentados por el Cnel. Seilneidín, toma revancha. Le impone a Nani un sumario y lo elimina de la lista de ascensos a coronel. Este retiro anticipado hace arder sus heridas.
A 40 años de su participación institucional como cuadro subalterno de unas FF.AA. usurpadoras del poder republicano, es sorpresivamente imputado junto con otros tres ex oficiales del GADA 601 por violación a los DD.HH. Luego de intentar asilarse sin éxito en el Estado Vaticano –apelando al Episcopado justo cuando los prelados emprendían el difícil intento de la reconciliación nacional- Nani dará su penúltimo combate adelantándose, como en Malvinas y La Tablada, a la comisión policial con la orden de detención que tardaba en llegar a su casa. Fiel a la regla de oro del buen combate, se niega a dejar en soledad a aquellos oficiales más “modernos” (menor jerarquía o antigüedad) previamente detenidos, que revistaban con él en Mar del Plata. Y se lanza a manos de los jueces federales marplatenses que considera meros verdugos del enemigo. Ejemplo vergonzante para los oficiales “jefes” como el ex Tte. Cnel. Balza, y los oficiales “superiores” (coroneles y generales) de la dictadura, apresurados a descargar de toda la culpa de sus desatinos sobre quienes comandaban lavándose las manos como Poncio Pilatos. La foto del canoso y mutilado guerrero Nani al salir del juzgado, rodeado de guardia cárceles y cual delincuente esposado a la espalda, sugiere más que mil palabras sobre el pasado, el presente y el futuro de la Argentina. Sin memoria, verdad y justicia completas, y sin compasión desde ambos lados de la guerra civil fratricida, la reconciliación es una utopía.
Gustavo Druetta : Sociólogo, periodista y Ex teniente de Artillería (1965-1970).


