Qué es la neorreacción, de dónde salió y por qué conviene entenderla antes de que se imponga.
En 2012, el filósofo británico Nick Land, exprofesor de la Universidad de Warwick y por entonces radicado en Shanghái, publicó una serie de textos bajo un título que hoy suena a profecía: «La Ilustración Oscura». El nombre era una provocación deliberada. Si la Ilustración europea prometía emancipar a la humanidad mediante la razón, la versión «oscura» sostenía que esa promesa fue un error. Según Land, la igualdad es un espejismo, la democracia una ilusión costosa y el único orden estable es el que descansa sobre la jerarquía, la propiedad y la fuerza.
Land fue el bautista de la corriente, no su arquitecto. Este ror le tocó a un programador estadounidense, Curtis Yarvin, que desde 2007 escribía en el blog Unqualified Reservations bajo el seudónimo de Mencius Moldbug. Entre digresiones interminables sobre historia, formuló las ideas que el movimiento ya no abandonaría.
La primera es la «Catedral»: la red informal de universidades, prensa y burocracia estatal que, según Yarvin, fabrica el consenso progresista y lo hace pasar por verdad. Todo lo que no encaja en ese consenso sería, para él, censurado o ridiculizado. La segunda es el «neocameralismo»: el Estado debería administrarse como una sociedad anónima, con un soberano que actúe como director ejecutivo, sin elecciones ni división de poderes. Los ciudadanos serían clientes. Quien no esté conforme, que se vaya: esa es la «salida» (exit), la única forma de participación política que el sistema admite. La tercera es una consigna administrativa con nombre de arenga: RAGE, por Retire All Government Employees, es decir, despedir a todo el funcionariado y reemplazarlo por lealtades personales.
A esto se suma un componente que sus defensores suelen minimizar. La corriente se apoya en la llamada «biodiversidad humana», un barniz de pseudociencia para sostener que existen jerarquías raciales y cognitivas innatas. De ahí que el nombre mismo del movimiento («neorreacción») no sea metafórico. Reacciona contra la modernidad política entera: sufragio universal, derechos laborales, descolonización, feminismo.
Conviene recordar de dónde viene, porque la historia desmiente a quienes hoy la presentan como si fuera una escuela filosófica respetable. En sus orígenes, la neorreacción fue un fenómeno marginal. Vivía en blogs, secciones de comentarios y foros de la cultura «racionalista» anglófona, entre lectores que se creían más inteligentes que el resto del planeta y se sentían maltratados por un mundo que no valoraba su genialidad. Era un caldo de cultivo de varones jóvenes, aislados, fascinados por la ingeniería y resentidos con la política, a la que veían como una molestia que se interpone entre el talento y el poder.
Tenía además un rasgo que explica buena parte de su éxito posterior. Era una ideología hecha a la medida de quienes ya tenían dinero. No ofrecía al desposeído nada que el desposeído pudiera querer. Le ofrecía al millonario una teoría de por qué merece lo que tiene y por qué nadie debería poder cuestionárselo con el voto en la urna.
Hay tres razones por las que esta filosofía merece el adjetivo «nefasta».
La primera es que disuelve al sujeto político. Si el «pueblo» es un mito fabricado por la Catedral, no hay nadie con derecho a reclamar nada. Quedan individuos desagregados, clientes, usuarios. Los derechos pasan a ser privilegios revocables por el propietario del servicio.
La segunda es que convierte la desigualdad en naturaleza. Toda la tradición emancipadora, desde las revoluciones del siglo XVIII hasta las independencias africanas y las luchas obreras latinoamericanas, partió de la idea de que las jerarquías son construcciones históricas y, por lo tanto, modificables. La neorreacción invierte el razonamiento: lo que existe es lo que debía existir, y quien manda es quien merece mandar.
La tercera es que despoja al poder de toda responsabilidad. En una democracia imperfecta se puede protestar, votar en contra, organizarse. Frente a un CEO soberano no se puede hacer nada, porque no hay instancia a la cual apelar. Solo se puede huir, y huir exige recursos que la inmensa mayoría de la humanidad no tiene.
La crítica dominante en Europa y en la academia anglosajona trata este fenómeno con una mezcla de sorpresa y condescendencia. Se lo presenta como una anomalía de internet, un «extremismo online» o una recaída en los años treinta. En todos los casos hay un supuesto compartido: que la historia moderna era un camino de progreso y que esto es un desvío inexplicable.
Esa lectura es cómoda, y es falsa. El Sur global no necesita sorprenderse, porque lo ha vivido. El «Estado como empresa con un soberano que no rinde cuentas» no es una idea nueva de Silicon Valley. Es, casi literalmente, la Compañía Británica de las Indias Orientales, que gobernó subcontinentes con ejército propio y balances trimestrales. Es el Estado Libre del Congo, propiedad personal de Leopoldo II de Bélgica, cuyo régimen de extracción de caucho dejó millones de muertos. Es la Peruvian Amazon Company en el Putumayo, que a comienzos del siglo XX esclavizó y masacró a pueblos indígenas por el látex. Cada una de esas empresas tuvo sus intelectuales, sus periodistas amigos y su teoría de la superioridad natural de quien manda.
El pensador martiniqueño Aimé Césaire lo dijo en 1950 con una claridad que Europa todavía no digirió: el nazismo fue la aplicación en suelo europeo de métodos que Europa ya había ensayado en sus colonias. Lo que escandalizó a Occidente no fue el crimen, sino que las víctimas fueran blancas. Desde esa perspectiva, la Ilustración Oscura no inventa nada. Recupera, con vocabulario de startup, el sustrato colonial de la modernidad, y lo recupera ahora para aplicarlo también a las metrópolis y a sus clases medias, que hasta ayer creían estar a salvo.
Hay que evitar aquí la simplificación inversa. La Ilustración no fue un bloque homogéneo ni una mera coartada imperial: la Revolución haitiana tomó sus ideas y las llevó más lejos que sus autores europeos, que preferían no ver las consecuencias. Pero esa es justamente la cuestión. La universalidad de los derechos fue siempre una disputa, y la Ilustración Oscura es el bando que quiere cerrarla de una vez eliminando todo derecho salvo para una élite privilegiada.
En las próximas entregas veremos cómo esa secta de comentaristas de redes sociales llegó a ocupar despachos de gobierno y directorios, y qué papel juega hoy en la lógica de extracción que gobierna las plataformas, las guerras con inteligencia artificial y la economía de los datos. La pregunta de fondo no es por qué algunos multimillonarios leen a Yarvin. Es por qué su lectura les resulta tan útil a sus intereses.
Por Ignacio Stankewitsch

