Adiaphoria y el costo de estar informado
Son las nueve de la noche y Pedro no se sienta. Se queda parado en la cocina, con los zapatos de trabajo puestos. Diez horas de pie, dos colectivos, una discusión con el encargado. No es un tonto. Lee, pregunta, vota siempre. Esta noche quiere entender una sola cosa: si la reforma laboral lo beneficia o lo perjudica.
Abre el celular. Cuarenta y siete notificaciones. Cinco versiones que se contradicen. Tres economistas que dicen cosas opuestas con la misma seguridad. Un influencer que grita a cámara. Un meme que parece un argumento y es un mamarracho. Un dato del INDEC, y debajo otro que asegura que el INDEC miente.
Siente un peso en los ojos, después en la nuca, después en algo más hondo. Cierra el celular. Enciende la tele. Un partido. Se queda ahí y ya ni se pregunta si la reforma laboral lo beneficia o lo perjudica.
No es apatía. Es defensa. Es un cuerpo que se retira de una pelea que no puede ganar.
Los estoicos tenían una palabra para las cosas que no eran buenas ni malas: adiophoria. Indiferencia. La salud, la riqueza, el dolor ajeno: cosas que el sabio debía aprender a mirar sin moral, como los 3 monitos sabios que no ven, no hablan, no escuchan. Zygmunt Bauman tomó la palabra y la volvió contra la modernidad. Adiaforización, escribió, es el proceso por el cual ciertos actos quedan fuera del campo del juicio moral. No se vuelven buenos. Tampoco malos. Se vuelven técnicos.
El mecanismo es conocido. Se divide el trabajo hasta que nadie ve el final de la cadena. El empleado que firma no mata: procesa. El que procesa no decide: cumple. El que cumple no responde: obedece. La responsabilidad queda flotando en el pasillo, sin dueño. Bauman mostró, en su estudio sobre el Holocausto, que la burocracia nazi no necesitó monstruos. Necesitó planillas, distancia y vocabulario neutral.
Hannah Arendt había visto lo mismo en Jerusalén, en el juicio a Adolf Eichmann. Esperaba un fanático. Encontró a un funcionario meticuloso que casi no sabía pensar por su cuenta. Lo llamó banalidad del mal: el mal como ausencia de reflexión, hecho de rutina. En “Los orígenes del totalitarismo”, Arendt había escrito que el súbdito ideal de la dominación no es el fanático convencido sino aquel para quien ya no existe la diferencia entre hecho y ficción, entre verdadero y falso.
Lo que cambió es el instrumento. Hoy la adiaforización no viene del escritorio, viene de la pantalla. Y ya no dice "obedezca". Dice: nada de lo que hagas cambia algo, y todo es igual de dudoso, entonces todo da lo mismo. No es "no me importa". Es "ya no hay dónde sostener la importancia".
Arendt lo anticipó en una entrevista de 1974: si todos te mienten siempre, la consecuencia no es que creas las mentiras, sino que nadie crea nada. Un pueblo que no cree nada no puede ser persuadido, pero tampoco puede resistir. Cuando todo es escándalo, nada es escándalo. Cuando todo es mentira, la verdad deja de importar.
Esa es la victoria final. Y no se obtiene con una mentira. Se obtiene con mil, que se anulan entre sí.
En 1957, el economista Anthony Downs publicó una idea que ningún manual de educación cívica repite: en una democracia, informarse bien es irracional. Su cuenta es simple. Tu voto vale una porción minúscula; la probabilidad de que defina una elección se parece a la de ganar la lotería. Informarte, en cambio, cuesta tiempo, energía y salud mental, y se paga caro. El beneficio es casi nulo; el costo es seguro. Quien razona con frialdad concluye que lo sensato es saber poco. Downs lo llamó ignorancia racional. Es racional ser irracionalmente ignorante.
Esa arquitectura ya es mucho, pero existe y funciona. Hoy el estímulo no causa reacción. Lo que ayer hubiera engendrado una revolución hoy se naturaliza como normalidad. La guerra híbrida la volvió industria. No te censura. Censurar es caro y deja huella: alguien nota el hueco. Hace algo más eficiente: encarece el saber. Un informe del centro de estudios RAND describió en 2016 el modelo ruso de propaganda como una manguera de falsedades: volumen enorme, canales múltiples, repetición, ninguna lealtad a la coherencia. Steve Bannon había resumido la táctica, en una frase que aquí conviene suavizar, como inundar la zona. Sobreproducir ruido. Contradecirse. Responder cada acusación con otra acusación, el viejo whataboutism soviético, y rematar con el argumento universal: ambas partes mienten. El mecanismo nació en la Guerra Fría: ante la denuncia de los gulags (campos de concentración), la réplica soviética era otra denuncia, la del racismo en Estados Unidos.
Hagamos la cuenta. Verificar una noticia lleva veinte minutos. Si llegan cien por día, harían falta más de treinta horas diarias. No existen. Y aun verificando, ¿contra qué? Cada fuente que se consulta ya fue desacreditada por otra, de modo que la verificación se vuelve una regresión infinita. El Instituto Reuters, de Oxford, mide cuántos eligen cerrar la puerta a la información: en 2023, el 36 por ciento de los encuestados en decenas de países decía evitar las noticias a veces o con frecuencia, contra el 29 por ciento de 2017. No son perezosos. Son personas que hicieron la cuenta. Y el stres se acumula.
La estrategia ganadora del cerebro es entonces no verificar ninguna y votar por intuición, bronca o identidad. Es exactamente lo que el operador quiere. Y lo consigue sin censurar a nadie.
Ahora mirá cómo se induce la adiaphoria. Una granja de trolls no quiere convencerte. No le hace falta. Le alcanza con que, frente a cualquier escándalo, alguien escriba "son todos iguales" y otros mil lo repitan hasta volverlo sentido común. Un medio funcional a esa estrategia no busca que creas su versión. Busca que desconfíes de la posibilidad misma de una versión verdadera. El trabajo previo es largo y paciente: desacreditar a cada árbitro posible, al periodista, al científico, al estadístico, al juez, al cura, al rey de bastos y al estafador hasta que ya no quede nadie a quien creerle.
Hay una frase que lo resume: "yo ya no creo en nada, voto al que me cae mejor". Ahí ganaron. No porque ese votante sea ingenuo, sino porque la simpatía es lo único que se fabrica en serie. El carisma se produce en un estudio. El interés real, en cambio, hay que investigarlo. Quien elige al que le cae bien es el votante más fácil de dirigir.
Pensá en el ciudadano que sabe perfectamente que lo están perjudicando y dice: “sí, pero los otros también robaban”. Esa frase no es una defensa. Es una rendición con argumento. Ya no vota intereses: vota resignación.
Y tiene sus razones. En la Argentina, entre 2007 y 2015, el INDEC difundió cifras de inflación que casi nadie creía; en 2013 el FMI censuró al país por ello. Cuando hoy alguien dice que el INDEC miente, no inventa la sospecha: la hereda. La mentira real de ayer paga la duda universal de hoy.
La trampa más sofisticada no necesita que creas la mentira. Solo necesita que dejes de creer que la verdad existe y que vale la pena saberla. No gana la mentira. Gana el cansancio, que no vota por convicción: vota por alivio. La adiaphoria es el voto contra los propios intereses por agotamiento: no se vota mal por no saber, se vota mal por no poder pagar el costo en tiempo que se necesita para saber.
Entonces la pregunta, mientras el teléfono vibra otra vez con más notificaciones: ¿cuánto cuesta hoy, en horas de vida, estar lo bastante informado como para votar por tus propios intereses sin equivocarte? ¿Y quién puede pagarlo?
Por Ignacio Stankewitsch

