Chubut Para Todos

La deconstrucción de la zoncera

Una historia de emancipación, parricidio y alianzas estratégicas

I. El Parricidio de 1776: El origen del odio íntimo
Vivimos habitando una escenografía gastada. El ciudadano de a pie enciende el televisor o consume el flujo
digital bajo una premisa decimonónica que la realidad ya ha convertido en cenizas: la ilusión de que
Washington y Londres comparten la misma sangre e idénticos intereses, y que Rusia es el ogro eterno
apostado al otro lado de la cortina. Nos han enseñado a leer la geopolítica como una mala película de
Hollywood, ignorando que los imperios no tienen amigos, sino coordenadas de supervivencia.

La verdad es mucho más incómoda para las almas bellas del progresismo de salón y del nacionalismo de
cotillón: la Declaración de Independencia de 1776 no fue un trámite burocrático, fue un parricidio ontológico. La
hija rebelde norteamericana rompió amarras con la Corona Británica y, desde entonces, el alma de la vieja
metrópoli no ha hecho más que buscar el modo de debilitar el músculo de su heredera. Hoy, en pleno octubre
de 2026, esa venganza fría de la Corona se disfraza de diplomacia multilateral, pero opera bajo una lógica
implacable: utilizar el ascenso industrial de China y el desgaste militar en las estepas ucranianas para asfixiar
la soberanía material de los Estados Unidos.

II. La Venganza Híbrida: El petróleo como campo de batalla
La realidad fáctica de estos días expone los hilos del titiritero con una grosería que asusta. El reciente y
espectacular giro en el tablero global es la prueba de este divorcio de sangre. El presidente estadounidense
Donald Trump acaba de sellar un pacto histórico de urgencia con Vladímir Putin, liberando millones de
toneladas de diésel y petróleo ruso al mercado global a cambio de un alivio temporal de sanciones.
Washington necesita bajar el combustible; Moscú necesita aire financiero. Es el pragmatismo puro del eje de la
emancipación.

Pero el contraataque del espectro no se hizo esperar. Acto seguido, desoyendo las advertencias frenéticas de
la Casa Blanca, Volodímir Zelenski ordenó una ola de bombardeos masivos contra las refinerías y terminales
de crudo dentro de territorio ruso. La furia de Trump fue explícita, llegando a declarar que "es hora de que
Ucrania tenga un nuevo presidente". ¿Quién sostiene la espalda de Kiev para semejante desacato contra su
principal proveedor de armas? La respuesta no está en el Pentágono; habita en los pasillos del MI6 y el ala
dura de la inteligencia británica. Sabotear el pacto petrolero Trump-Putin bombardeando la infraestructura
energética es la jugada quirúrgica de Londres para mantener la asfixia tanto sobre Washington como sobre
Europa Occidental. Prefieren incendiar las refinerías del mundo antes que convalidar un mapa diseñado por la
voluntad de la hija rebelde.

III. La Anomalía Continental: De Groenlandia a Malvinas
La historia actual no se escribe en los tratados de paz, sino en la geografía del desalojo. Mientras la opinión
pública argentina permanece adormecida por una fobia cultural inoculada —esa que nos obliga a mirar a
América del Norte con un recelo automático—, el tablero de Washington ejecuta movimientos de una claridad
meridiana. La administración estadounidense ha iniciado un proceso de profilaxis hemisférica: la expulsión
sistemática de cualquier vestigio de poder no americano dentro del continente.

Cuando Washington posa sus ojos sobre la gélida Groenlandia, hoy en manos de Dinamarca —histórico peón
de la diplacia británica—, o cuando tensa la cuerda con una Canadá que todavía rinde pleitesía formal a la
Commonwealth, no está jugando al imperialismo de manual. Está declarando que el suelo americano
pertenece, por derecho de existencia, a los americanos.

Es en este preciso pliegue de la historia donde el inconsciente argentino debería despertar de su letargo
dogmático. Si el Norte ha identificado a la Corona Británica y a sus aliados europeos como la anomalía
geográfica que amenaza su seguridad, las Islas Malvinas dejan de ser una nostalgia soberana de bandera y
trinchera para convertirse en el nudo gordiano de la geopolítica continental. El usurpador que militariza nuestro
Atlántico Sur es el mismo titiritero que asfixia el norte del mapa. La emancipación de la hija rebelde
norteamericana encuentra así un eco perfecto en la necesidad de liberación del Sur argentino: limpiar el
continente es, antes que nada, extirpar el tumor colonial de la Corona. Malvinas es nuestra oportunidad
histórica, no para jugar a la guerra en soledad, sino para sellar una pinza continental que clausure el siglo de la
humillación inglesa.

IV. La Deconstrucción de la Zoncera: Despertar de la colonización
pedagógica
Para que el pueblo comprenda esta simetría, primero debe desarmar el software mental que le instalaron las
elites culturales del siglo pasado. ¿Cuál es el origen de este colonialismo británico de nuestro pensamiento?
Es una operación de pinzas multifacética que ha parasitado el cerebro de nuestra intelectualidad.

Por un lado, opera el marxismo cultural e iluminismo de café que impera en nuestras universidades.
Formateados bajo un antiimperialismo romántico pero ciego, concentran toda su pirotecnia retórica contra
Washington. Al hacerlo, se convierten en los idiotas útiles más eficientes de la City de Londres: nos inoculan
una fobia abstracta hacia el Norte que paraliza cualquier alianza estratégica hemisférica, dejando el Atlántico
Sur libre para el pirata real. Por el otro lado, la pinza se cierra con el nacionalismo berreta de campanario
impulsado históricamente por las logias; un patriotismo de manual escolar, chauvinista y claustrofóbico, que
nos enseña a desconfiar del vecino y a replegarnos sobre nuestras fronteras mientras los bancos ingleses
diseñaban nuestra deuda y remataban nuestros ferrocarriles.

Ambas corrientes confluyen en libros de historia colonizados, una estructura pedagógica diseñada para que el
Sur y el Norte se den perpetuamente la espalda. Incluso las acciones concretas de sometimiento financiero y
político que nuestro pueblo ha sufrido históricamente bajo el rótulo de "órdenes de Washington", no han sido
más que la manipulación de agentes británicos enquistados dentro del propio aparato de poder profundo
norteamericano. Usan el músculo estadounidense como escudo para que odiemos al ejecutor y jamás
descubramos al autor intelectual.

Como enseñaba Arturo Jauretche en su inmortal Manual de zonceras argentinas, la zoncera madre
—"Civilización y Barbarie"— fue el punto de partida de una colonización cultural invisible que nos hizo mirar el
mundo con ojos ajenos. El colonialismo mental británico opera hoy como un espectro del pensamiento: no
necesita soldados en las esquinas de Buenos Aires porque ya tiene a los intelectuales defendiendo sus
premisas en los cafés.

El pueblo que expulsó dos veces al invasor británico por la fuerza de las armas y el aceite hirviendo, terminó
rindiéndose ante el fantasma de su pedagogía. Desarmar la zoncera de la fobia norteamericana no es
sumisión; es el acto de mayor rebeldía emancipatoria posible. Es hora de romper el hechizo del espectro
colonial, entender el parricidio del Norte y asumir nuestro destino americano. Solo una mente emancipada
podrá recuperar las islas y fundar, definitivamente, la Unión Continental.

Por Facundo Gélvez Jaureguy